Qué semana áspera, qué duro que se pone. Siento que es una cuesta y un abismo al mismo tiempo. Ya no sé si estoy cansada, harta, angustiada, asustada o solo triste y se me pone difícil observarme y quedarme ahí, en ese mirarme y verme sin pestañear siquiera, sin que se me caiga una queja, un soplido, un grito.
Tengo el alma en el peor estado que recuerdo. Estoy sola y estas no son mis paredes, ni mis muebles, ni toda mi vida.
Soy yo misma en el más mudo y agónico silencio, en el más vacío y frío de todos los infiernos y en un estado de dolor e incertidumbre desconocido y eterno y sin siquiera café y cigarrillo, mis laderos de siempre, ni ellos me soban la espalda para que lo que siento sea más llevadero.
No me queda nada de lo que tuve. A mi alrededor las cosas, desconocidas y desprovistas de afecto, son cosas sin peso que están sin que entre ellas y yo haya más que la mera necesidad y nada del amar tenerlas.
Tampoco están alrededor mis amados hijos, porque ya son grandes y no tengo que atenderlos, ellos se fueron hace tiempo y están recorriendo sus propios cielos y sus únicos infiernos.
Hay gente a la que quiero orbitando mi existencia sí, pero en este momento, justo ahora, cuando siento que estoy cayendo no hay nadie que me sostenga. No porque ellos no quieran sino porque no saben que lo que me pasa es denso, que lo que siento es un agujero justo en el centro de mi pecho, un agujero lleno de no saber qué hacer, lleno de un silencio de púas con gusto feo y olor a encierro.
Hace dos días que riego con lágrimas mi camino, dos días largos, eternos, duros. Dos días de interrogantes y certeras dudas. Dos días sin sol, sin ventanas y con un viento negro soplando las paredes de mi alma y de mi endeble cuerpo.
Leo desde que abrí los ojos y entre párrafo y párrafo la pluma de mi alma va intercalando palabras y voy desvariando entre amores y odios, entre la vida y la muerte y entre dioses y diablos para llegar al fin a entender que lo importante está en el espacio que hay entre esta palabra y esta otra.
23 de marzo de 2021
22 de marzo de 2021
Hoy me pasa
Hoy es un día raro, un día de ropa y uñas negras, de cansancio, de ardor de ojos y de pies sin tacos.
Hoy extraño el cigarro y extraño mi casa. Extraño el abrazo largo, la ausencia de historia, la ignorancia de mis jóvenes años. Hoy bajaron del desván y sin permiso más recuerdos de los que caben en mis manos y cada canción que sonó en el auto llenó el espacio de cosas que ahora no sé bien en donde acomodar.
Hoy siento el peso innegable de la realidad, la fuerza inequívoca de la experiencia y el hipnótico canto de mis tripas cada vez que estoy por renunciar.
Pero igual voy a bajar los brazos un ratito y a soñar que prendo un cigarrillo y que me siento en el banco de plaza que había al lado de la puerta de mi casa con las piernas cruzadas y el sol de la mañana en la cara.
Hoy me voy a regalar un suspiro largo y una sonrisa sin motivo mientras agarro todo lo que me pasa y sin mucho trámite lo tiro por la ventana.
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14 de febrero de 2021
Mezcla perversa
Son las dos de la tarde y acá estoy, vestida hasta el cuello de negro y extrañando como nunca a mis laderos.
Quiero decir que me duele escribir esto porque todavía no lo puedo creer y porque resuenan en mis oídos la “mezcla perversa” que origina este relato, de palabras bonitas y destrato.
He pasado estos últimos ocho años (y mis escritos no me dejan mentir) justificando cada palabra, cada decisión, cada opinión, cada comportamiento, cada gusto, cada kilómetro entrenado, cada dolor, cada kilo, cada calor menopáusico, cada cambio, cada lágrima y créanme que una vez tuve que justificar mis carcajadas.
Siempre sentí que era una mujer con todas las letras pero esto me movió el piso y me hizo dudar de mi valor, de mi amor propio, de mi dignidad, de mi fortaleza, de mi determinación, de mi inteligencia, de mis habilidades, de mis decisiones y de mis elecciones.
Creo que haber dudado de mí es lo que más lamento, de ahí la angustia, de ahí mi desconsuelo.
Quiero decir que me duele escribir esto porque todavía no lo puedo creer y porque resuenan en mis oídos la “mezcla perversa” que origina este relato, de palabras bonitas y destrato.
He pasado estos últimos ocho años (y mis escritos no me dejan mentir) justificando cada palabra, cada decisión, cada opinión, cada comportamiento, cada gusto, cada kilómetro entrenado, cada dolor, cada kilo, cada calor menopáusico, cada cambio, cada lágrima y créanme que una vez tuve que justificar mis carcajadas.
Siempre sentí que era una mujer con todas las letras pero esto me movió el piso y me hizo dudar de mi valor, de mi amor propio, de mi dignidad, de mi fortaleza, de mi determinación, de mi inteligencia, de mis habilidades, de mis decisiones y de mis elecciones.
Creo que haber dudado de mí es lo que más lamento, de ahí la angustia, de ahí mi desconsuelo.
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12 de febrero de 2021
Ésta soy hoy
Descalza, con la uñas pintadas de rojo, un café bajo mi nariz y el sol sobre mi cabeza reconozco que estoy pasando el momento más feo de mi divorcio.
Hoy siento que las descalificaciones constantes, la dureza en las palabras y en las miradas, los silencios pesados, los juicios y las faltas de respeto destruyeron mi vida.
Tanto fue y tan normal lo tomaba yo que hoy, a tres meses de haberme ido, siento que de la piel para adentro desaparecí.
Hace tres días que no paro de llorar, tres días del dolor más profundo que puede uno tener que es el dolor por uno mismo, por no haber hecho algo al respecto, por no haber puesto un límite a tanto avasallamiento.
Estoy triste, enojada e inestable. Me acuesto y me despierto cada día con recuerdos dolorosos que había guardado en ese desván del que hablo en otros relatos, recuerdos densos que van a terminar de derrumbarme si no los bajo.
Ando por la vida medio perdida, con los ojos llenos de lágrimas y el alma entre los dedos buscando un lugar en donde sentarme para poder abrazarme.
Estoy agobiada y cansada, por momentos saco la cabeza del agua pero después de ocho años parece que el olvido no es sencillo.
Hoy siento que las descalificaciones constantes, la dureza en las palabras y en las miradas, los silencios pesados, los juicios y las faltas de respeto destruyeron mi vida.
Tanto fue y tan normal lo tomaba yo que hoy, a tres meses de haberme ido, siento que de la piel para adentro desaparecí.
Hace tres días que no paro de llorar, tres días del dolor más profundo que puede uno tener que es el dolor por uno mismo, por no haber hecho algo al respecto, por no haber puesto un límite a tanto avasallamiento.
Estoy triste, enojada e inestable. Me acuesto y me despierto cada día con recuerdos dolorosos que había guardado en ese desván del que hablo en otros relatos, recuerdos densos que van a terminar de derrumbarme si no los bajo.
Ando por la vida medio perdida, con los ojos llenos de lágrimas y el alma entre los dedos buscando un lugar en donde sentarme para poder abrazarme.
Estoy agobiada y cansada, por momentos saco la cabeza del agua pero después de ocho años parece que el olvido no es sencillo.
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27 de enero de 2021
Ni título
Estoy sentada frente al teclado. No llevo puestos los tacos, no tengo las uñas pintadas y desde hace más de un año me falta y extraño, como jamás he extrañado, mi taza con el café vestido de riguroso luto amargo y el mudo y cómplice humo del cigarro.
Me cuesta escribir sin ellos, no sé cómo empezar sin nombrarlos, no sé qué hacer con los labios, ni cómo leer sin el cigarro entre los dedos y la sien apoyada en esa mano.
Mil cosas me han pasado en todo este “mientras tanto”, cosas que sin duda hubieran sido tierra fértil para varios relatos, pero créanme que sin mis laderos sentía, cada vez que me sentaba, que me habían cortado las manos. Quiero decirles que decidí que sigamos mezclados, ellos y yo y las letras, y mi alma, y mis manos, y mis labios y mis lágrimas, y mis sonrisas, porque después de todos estos años juntos no podemos despegarnos, porque nos pusimos viejos y demasiado nostálgicos.
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18 de noviembre de 2020
18 meses de agua bajo el puente
Hace el tiempo del título del relato que no subo un
escrito, y hace el mismo tiempo que no prendo un cigarrillo.
Ha pasado desde aquel mayo un enorme abanico de estados
que huelga describir, pero gracias a los cuales me encuentro sin encontrarme
justo aquí.
Hoy estoy sola por primera vez en mi vida, sola para
dormir, sola para andar por ahí y sola para decidir solo por mí.
Desde el lunes 9 a las 16:16 horas, una casa diminuta que
no es mía contiene en su interior mis pertenencias en el mismo orden caótico en
el que se encuentra lo que hay y sucede de la piel cansada de mi cuerpo hacia
adentro.
No sé si este es mi olor y si estos son mis ruidos pero
desde hace unos días son ellos los que le ponen contexto a tanto incierto
desconcierto dejando en evidencia lo que ha sido y significado este largo trayecto.
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30 de mayo de 2019
Sencillo
Hoy hay té sobre mi escritorio y en el cenicero, el
segundo cigarro del relato se está yendo despacio, vaya a saber dios a qué
cielo trasnochado.
Suele sucederme esto de tener días malogrados, en los que
no solo no me hallo sino que hasta me catapultaría lejos de mí misma para no hacer
o decir lo impensado.
Sé que soy yo, a esta altura lo tengo más que claro.
Soy yo con los puños cerrados y los dientes apretados y con
todo lo que todavía no me he cuestionado sumado a que ya no tengo cómo
justificar mi estado mal barajado porque la “infantil excusa” de que afuera
está la causa ha desaparecido en el justo momento en el que decidí ponerme los
pantalones largos.
Hace un tiempo estos días no contaban, decía en mi
ignorancia que eran días sin destino y sin chistar me los tragaba.
Pero estoy más sosegada y un poquito más despierta y la
verdad es que no me trago nada que no quiera, pero solo porque me di cuenta de que
esas horas distraídas y por demás lentas me llevan a todo lo que estuve
guardando, a todo lo que “sin querer” puse a un costado y a todo lo que “olvidé”
y sin embargo sigo mascando como si fueran hojas de tabaco.
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24 de abril de 2019
No hay café
Ya es media tarde y no hay café sobre la mesa, pero el
silencio se instala, como siempre, cuando poso las manos sobre el teclado y
la inspiración se sienta a mi lado.
Hace tiempo que mis dedos no hacen el baile de la
catarsis, pero sólo porque estuve lejos de las teorías y cerca como nunca de mí
misma.
Este cerca de mí misma tiene que ver con haber dado
vuelta por completo la forma en que estaba percibiendo e interpretando mi
historia.
Nada de esto fue casual, sé que este camino lo hice con
consciencia y paso a paso hasta que hace unos meses, de madrugada y sentada en
la vereda de otra ciudad, escribí la última palabra del último renglón que me
quedaba y di vuelta la página.
En esa vereda supe que estaba presa de arraigados juicios
y que cada justificación que ponía mi mente intensificaba mi ceguera. Cansada
ya de tanto juego inútil que nunca iba a ganar, dejé de darle identidad a toda
elucubración mental y esperé que la vida, que se había mantenido aparte
mientras yo peleaba porque mi verdad fuera la única, me mostrara.
Pasadas ya las tres de la mañana y cuando al fin, muerta
de frío me paré, el panorama era hasta tal punto otro que la madrugada parecía
soleada y yo otra mujer.
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6 de noviembre de 2018
Desde mi alma
En estos últimos quince días todo lo que había se
escurrió por entre mis dedos y mis manos, ajadas y cansadas, quedaron vacías.
En este corto trayecto viajaron conmigo mis libros, mis
escritos, mi abedul, mi ropa, algunos pocos utensilios de cocina, dos banquetas
y una mesa ratona.
Hoy estoy sentada frente a otro paisaje, envuelta en otro
silencio, aceptando cada segundo y dejando pasar cada pensamiento sin
resistencia, sin sufrimiento y sin tristeza.
Entiendo que pensar en el pasado deprime y que elucubrar
el futuro sólo genera ansiedad, es por eso que elijo estar en este momento así
como elijo vivirlo sin reserva alguna y de manera incondicional.
Quiero decir que en estos últimos años he tenido tiempo
para verme y cuestionarme cada actitud, cada intención, cada emoción, cada
percepción, cada justificación, cada interpretación y cada juicio. Y también
quiero decir que nada de esto hubiera sido posible si la vida no me hubiera
puesto frente al maravilloso espejo que sigue siendo mi marido y a quien
infinitamente agradezco porque de no haber sido por él, mi ego seguiría siendo grande
como el mismísimo sol y hoy estaría viviendo esto como una terrible frustración.
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2 de noviembre de 2018
Hoy
Afuera llueve, yo sigo vestida hasta las uñas de negro y
mientras mis manos descansan en el mismo teclado de siempre, las letras que
siento están siendo paridas desde otro cielo.
En un rincón de este pequeño espacio mis amados libros
respiran apilados y mezclados, y a través de la ventana mi abedul en maceta desde
hacen veinte años, me mira desconcertado porque no entiende muy bien en qué
momento vinimos a parar a este espacio.
Hacen catorce días exactos, en lo que siento ahora fue un
segundo, un huracán me desvistió de todo lo que había y me
dejó desnuda, abrazada a mi abedul y a mis libros, en otra vida.
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19 de octubre de 2018
Soy yo
Siempre soy yo, nunca es el otro. El otro sólo está ahí
parado, mostrándome de cuerpo entero, vestida hasta las uñas de negro.
“Siempre soy yo, nunca es el otro” no es una frase
arbitraria ni egoísta, la elegí con un propósito claro para mí y que será claro
sólo para aquel que esté dispuesto a oír.
No es común escuchar esto del espejo y menos común
entenderlo, a mí me ha llevado tiempo ver
el reflejo y no sucumbir al instinto asesino de matar al cartero. Y es que
muchas de las imágenes no resultaron para nada agradables y se repitieron a lo
largo de los años dolorosamente insistentes e incansables hasta que, honestidad
brutal mediante, logré entender el mensaje.
Y ahora heme aquí sentada contándoles cómo algo que me
parecía complicado resultó simple en esencia cuando decidí hacerme cargo y
directamente responsable de que “siempre soy yo” la que cada segundo de cada
día elige qué hacer, entendiendo que de allí surja de forma innegable y con absoluta claridad el contundente “nunca es el otro” tan pero tan difícil de
tragar.
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18 de julio de 2018
Sujeto perdido
En realidad es “sujeta perdida”, objeto perdido, objetivo
perdido y hasta perdida, pero como el título no puede ser tan largo me detengo este
segundo nada más para aclararlo. Ahora al grano.
Me perdí a mi misma en cualquier lado. Me fui un momento,
salí del frasco, mis pies me llevaron y desaparecí de mis botas de taco alto.
No estoy acá, no soy la que escribe, no soy la del café,
ni la de las tazas, ni la de los anteojos negros, ni la del cenicero ni Ella.
No soy yo, yo me salí y ahora no me hallo.
Juro, y no en vano, que hace rato que me estoy buscando,
pero entre una cosa y la otra, entre el objeto y el sujeto, entre el observador
y lo observado, entre el verbo y “lo predicado”, entre adjetivos y
“adjetivandos”, entre juicios y condenados, entre la intriga y lo intrincado y
entre lo que digo y lo interpretado se me fue el hilo y vaya a saber en qué
cielo ando.
Creo que al bajarme de los tacos me deshice en pequeños
pedazos y sólo quedaron mis manos quietas sobre este silencioso teclado.
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16 de julio de 2018
Me equivoqué
Hoy voy a tirar por la ventana las analogías y las
parábolas y voy a ser directa porque estoy cansada de las vueltas.
No cometí en mi vida estupidez más grande, improductiva,
inconducente y desgastante que querer salvar de sí mismo a alguien.
Quiero decir que el peso que me eché en la espalda fue
imposible y doloroso de cargar y si a eso le sumo que justificaba mi acción
alegando “la mejor intención”, la receta perfecta para el desastre resultó.
Tuve que hacer acopio de mi mejor voluntad y con toda honestidad
mirarme a los ojos en el espejo, escuchar mis palabras desde la vereda de
enfrente y preguntarme “para qué” estoy haciendo esto para darme cuenta del
error garrafal que estaba cometiendo y de lo violento y nefasto que resulta
meterse en terreno ajeno.
Fui egoísta, irresponsable y hasta inocente, pero
reconocerlo no atenúa el dolor y la vergüenza que siento y tampoco me absuelve.
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10 de julio de 2018
18:23
No queda casi nada de café en la taza, no hay tacos desde
hace rato ni uñas pintadas y me saqué las pulseras y la cadena del cuello
porque me sentía ahogada.
No me sorprendió para nada la desnudez de adornos ni la
sensación de ahogo, pero el semáforo se puso en amarillo y si no miro qué pasa
y reflexiono puede pasar a rojo.
Primero y por las dudas busco al señor miedo, mi otrora creación
devenida en carcelero, pero no lo encuentro.
Entonces sigo indagando, esta vez más adentro, y descubro
que una espeluznante infinitud de palabras, por mí articuladas y que jamás
significaron nada, hacen ruido en el fondo de mi alma.
Me levanto como para espantarlas y apuro el último sorbo
de café que queda en la taza.
Si me hubiera hecho caso y cerrado la boca cuando mis
tripas me lo indicaron, hoy no me sentiría algo tonta ni tan atribulada frente
a esta enorme e inútil colección de letras gastadas.
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28 de junio de 2018
Silenciosa
Me siento silenciosa y ajena a palabras que definen sin
definir nada y que necesitan de más porque con una sola no basta.
Hoy estoy lejos del altar en el que las había puesto y ya
no me fío de ellas pues entiendo que son una opción empobrecida, una pomposa
asociación ilícita, las migas con las que se intenta explicar aquello que jamás
podría caber en un cuaderno.
Las letras fueron creadas para ser “un medio” y no “el
destino” de todo mortal alfabeto, por eso los significados han perdido mi
respeto, así como los constructos que pretenden alinear al vasto universo.
Hay que quitarle a la palabra el peso y la
responsabilidad que se le ha puesto en la espalda, porque a la realidad
señores, no la define un concepto, de la misma manera que no podemos tapar el
sol con un dedo.
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11 de junio de 2018
Real
Se hace fácil hablar del otro, tan fácil es que nos brota
como un yuyo y lo vemos como si fuera parte del paisaje de la vida. Hasta
parece barato hacerlo, como si no costara nada. Ni siquiera el precio nos
cuestionamos cuando en realidad de todo lo que hacemos a diario es el precio
más caro. Caro porque literalmente nos suicidamos con cada juicio y con cada
comentario y no sólo eso sino que lo hacemos sin siquiera ponernos colorados,
como si tuviéramos la vida resuelta o lo que es peor, como si estuviéramos
libre de “pecado”.
Ignoramos el hecho de que somos unos egoístas y vamos por
la vida dando lecciones o desparramando porquería cuando la triste verdad es
que no nos atrevemos a mirar para adentro porque ni siquiera tenemos la
valentía.
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5 de junio de 2018
A veces
A veces el camino se estrecha y se hace escarpada abrupta
y de los abismos negros que me abrazan, un aliento gélido tensiona mi nuca al
tiempo que el sol liba negrura y cualquier posibilidad de articular palabra se
esfuma.
Observo estos instantes con infinita paciencia porque sé
que mi péndulo, que otrora oscilaba peligrosamente y golpeaba los extremos con
una rudeza insoportable, hoy dibuja en el aire un ir y venir tranquilo, equilibrado y constante.
Entiendo que fue descubrir, muchas veces doblada de dolor, que
todo lo que con “vehemencia demente afirmaba y defendía” era sólo el pequeño
mundo en el que ciega me movía, el único que yo “creía” que existía lo que me
hizo sentir tanto abrumada como maravillada. Abrumada porque mi vida dio un
giro de ciento ochenta grados y maravillada porque se dibujó un universo de
infinitas posibilidades justo en donde el giro me dejó parada.
Hoy sigue “no siendo fácil”, la inercia de cincuenta años
hace que muchas veces la tortuga se me escape y sin darme cuenta vuelva a meter
los pies en ese pequeño terreno que yo “creía” era el mundo entero.
Y aunque recorrer este camino, vestida sólo con esa
sonrisa que no hace mucho me hice a mí misma tiene sus bemoles, encuentro que
el tesoro está al final del día cuando me acuesto y escucho que la orquesta
suena afinadísima.
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17 de mayo de 2018
Responsables
Rodeada del más amoroso de mis silencios y con la taza de
café bajo mi nariz se me ocurrió deshilvanar la responsabilidad.
Levanto la vista buscando inspiración y no tardan en
materializarse una infinidad de situaciones e igual cantidad de “dedos
acusadores”.
Hace un tiempo ya que observo, no sólo mis pensamientos,
actitudes e intenciones sino las del resto, y no deja de sorprenderme la
facilidad que tenemos para encontrar afuera al enemigo o amigo del momento.
Es tan vasto el universo que fabricamos que pasaría días
escribiendo, pero hoy no es la idea, hoy la idea es caminar silbando bajito,
con las manos bien adentro de los bolsillos mientras con cada paso ejercitamos
esto de hacernos cargo de nosotros mismos.
Quiero decir que afuera no vamos a encontrar al culpable
de nuestras desdichas, miserias y preocupaciones, así como tampoco al artífice
de nuestras sonrisas, porque lo único que hay afuera señores es el más fiel
reflejo de lo que tenemos dentro.
Ser consciente del espejo es entender que el otro no nos
hace nada sino que nos muestra, y que todas las consecuencias son por obra de causales
nuestras, así como todas las ganancias y pérdidas.
Y al fin cuando llega ese día en el que dejamos de lado
al niño malcriado que corre a los brazos de “mamá justificaciones y argumentos
varios” para calzarnos los pantalones largos, es que tomamos real dimensión de lo
hipócritas, egoístas y agresivos que hemos sido con “todas” las personas que por
nuestra vida han pasado.
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8 de abril de 2018
Preguntas para mí
Estoy vestida de negro, no llevo los tacos puestos y mis
uñas, pintadas de un blanco pálido, se igualan al color que hoy tiene mi cielo.
Hace unos meses me retiré del mundo y detuve la marcha. Mi
cuerpo me estaba avisando, con todos los dolores de la carne, que algo no
estaba viendo y que era por eso que mi alma no hallaba sosiego.
Sentada a la vera del camino me llamé a silencio y con
una conciencia de la que recién ahora sé que soy capaz, observé hasta el mínimo
detalle cada intrincado constructo mental.
Me llevó tiempo e infinita paciencia percibir y descorrer
cada velo y, cuando al fin cayó al suelo el último de ellos, frente a mí pude
ver a dos hombres, iguales en apariencia, pero completamente opuestos.
Uno de ellos era “el hombre que es”, el otro era “mi”
dibujo, “mi” deseo, “mi” imaginación, “mi” sueño.
Hoy, lejos de aquella ceguera, lejos de estar dormida,
lejos de la utopía, lejos de la expectativa que genera el estar afuera y más cerca
de mí y de la empatía para con el otro, estoy en condiciones de decir que no se
me había ocurrido pensar que la persona con la que dormía podía no ser como yo la veía.
Es tan sutil la trampa en la que caemos al no
cuestionarnos lo que vemos que si la aplicáramos a todo afirmaríamos
sin dudarlo que el sol no existe cuando está lloviendo.
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19 de marzo de 2018
Minutos
Hoy tengo para decir que sigo con las botas puestas, que ya
terminé el café y que entre los dedos tengo el segundo cigarrillo que acabo de
prender.
Había empezado este relato diciendo que tenía poco tiempo,
pero cuando lo releí mis dedos se paralizaron sobre el teclado como avisándome
que había que revisarlo.
Convengamos que por una cuestión de orden el mundo se
rige por horarios, pero el punto no es ese, el punto que hoy quiero señalar es
que cuanto más cuenten los minutos, más les van a faltar y si a eso le suman para
restar (nunca tan bien dicho) que cada segundo que pasa no vuelve y que cada
tic tac los acerca irreversible e inexorable, al final, entonces y sólo
entonces van a entender lo perversas que pueden resultar dos agujas, mirándolos
divertidas e imparables, detrás de un cristal.
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6 de marzo de 2018
Palabras
Languidece el último café del día y los tacos descansan
después del corto caminar de la mañana.
Hay ruido en el mundo en el que estoy, pero adentro mío habita
un hermoso y amable silencio que hoy me invita a la reflexión.
Siento que el medio siglo me paró frente a mí misma y me
dio a entender que para no morir sin haber vivido tenía que deshilvanar con
coherencia mi historia cambiando el eterno “porqué” por el “para qué” pasan las
cosas.
Así fue como abrí una enorme caja de Pandora de la que no
paran de salir a diario una variedad increíble de dioses y diablos que, a decir
verdad, no tenía ni peregrina idea de haber coleccionado.
De ahí a hoy me cuestiono cada situación, cada palabra,
cada lucha, cada lágrima, cada silencio y cada decisión.
El camino no es fácil, pero cuando veo que a cada paso
que doy hay alguien cavando un abismo a mis pies me digo: “Por acá es”.
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10 de febrero de 2018
Treinta y un años después
En el rincón de la mesa en donde armé mi refugio destaca
una pluma que encontré en la puerta de casa el día que volví de despedir al
último pichón que quedaba en el nido.
Me embarqué hace treinta y un años en esta maravillosa
travesía, en la que como madre tuve que cuidar que no se cayeran por la borda
mis tres tesoros mientras navegaba contracorriente más veces de las que
recuerdo, y más tal vez de las que hubiera querido.
Infinidad de situaciones marcaron a fuego nuestro barco pero
como capitán de la nave jamás dejé el timón ni permití que otro pusiera un dedo
en él.
Hoy, a varios días de ver cómo desplegaba el último de
mis hijos sus alas al sol y con lágrimas corriendo por mis mejillas puedo
escribir que el ciclo se cerró.
Hoy nuestro barco vacío descansa tranquilo en la arena mientras
yo, tranquila también, entiendo que nunca más volveremos a navegar en él.
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29 de enero de 2018
Viento
Al mirar por ventana se me ocurrió una analogía rara, algo
así como una especie de señalamiento amoroso en forma de parábola.
Hoy mi mirada y mi alerta no son las mismas, a diferencia
de otros tiempos ambas reposan tranquilas en este vacío inalterable que me hace
permeable a todo cuanto sucede, incluido este viento que hace meses que no ceja
en su esfuerzo de pelearse con todo lo que acontece.
Sobre mis pasos silenciosos y pausados mi presencia se
hace imperceptible y mis manos se vuelven tan ligeras que puedo sentir con
ellas lo incoherentes, confusas y alteradas que están las ráfagas.
Retiro mis dedos.
Yo alguna vez también fui viento pero entendí con el paso
del tiempo que soplar, gritar, luchar o especular porque “yo creo que así no debe
ser” no cambia lo que “es”. Lo que “es” cambia sólo si yo me corro.
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24 de enero de 2018
No supongo
El café está frío, el cenicero vacío y recién he escrito,
en la hoja de papel que tengo al lado del teclado, que lo que hay afuera no es
lo que me afecta, que lo que me afecta es cómo lo interpreto.
Hoy estoy en mi centro y como consecuencia me hallo lejos
de cualquier interpretación por eso me puedo permitir una descripción “casi” objetiva
de la situación.
Levanto la vista y veo que el ambiente es denso. No es
malo, no es bueno, es denso.
No me aparto ni me escapo, sólo miro.
Siento que al estar libre de juicio no hay reacción
porque no hay manera de que sea personal y al no darle identidad aparece ante
mí “lo que es y lo que hay” en su exacto lugar.
Entonces reflexiono.
“Lo importante” de la vida es simple y sutil y no hay que
ir a buscarlo porque pasa a cada instante. El error consiste en creer que debe
ser algo grande.
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12 de enero de 2018
Desandariego
Mis manos frías necesitan el calor de las letras para así
definir lo que las inquieta.
Hoy una lejanía solitaria alborota mi alma y el agobio
confundido me confirma que existen esos dichosos hilos de plata.
Los cuestionamientos quedaron en algún lado del pasado porque
la calesita que otrora se había convertido en recta, hoy volvió a ser lo que
era.
Siempre digo que no hay palabras para un montón de cosas
y ésta es una de ellas.
La vida es un sutil contraste de eternos y contradictorios
blancos y negros, feos y bellos, tristes y contentos, es por eso que no hay cuestionamientos y ahí me quedo. En
este balance perfecto de complementarios opuestos.
Si hoy se me presenta un tiempo de tristezas lo acepto
sin cuestionarlo, nunca se me ocurriría estrellarlo en el suelo porque sé que
si lo hago estaría rompiendo la alegría que está exactamente del otro lado.
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7 de enero de 2018
Querida culpa
Tan de cerca me ha tocado esta bizantina cuestión de la
culpa que llegué a sentirla en mi cuerpo como miles de piquetes de un enfurecido
enjambre de abejas.
Tuvo que pasar tiempo hasta que pude identificar a cada una
por su nombre para proceder luego a acomodarlas en su sitio, reconociendo que
durante este largo proceso cada acción, cada gesto y cada palabra lanzados sin
conciencia alguna y sin tan siquiera la más mínima reflexión me permitieron recorrer
mis abismos y atisbar los ajenos, algunos tan oscuros y densos que se me antojaron
pozos hechos del más duro cemento.
Por eso hoy mi querida, con otra de esas sonrisas que me
encantan dibujada en la cara y después de redescubrir la invulnerabilidad que
surge de no sentir miedo, puedo decirte que estuviste así de cerca de
arrastrarme con tus perversos métodos con el sólo objeto de doblegar mi
espíritu guerrero, pero no pudiste, al final la realidad me mostró que no eras
más que otro triste, absurdo e inútil concepto.
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28 de diciembre de 2017
Ya entendí
Hoy es un día de esos en los que al llegar a casa siento que
entre las mil espontaneidades que hubieron algo importante quedó por ahí
traspapelado y me llama a encontrarlo.
Cuando me pasa esto mi historia indica que los tacos,
igual que la ropa, tienen que volar y que yo tengo que enfrentarme, desnuda, al
reflejo que me devuelve el espejo.
Y esto fue lo que literalmente hice. Dejé los tacos en el
cajón y una a una me fui sacando de encima las horas del día.
Grande fue mi sorpresa cuando al mirarme desvestida nacieron
de mi alma dos palabras, como si no fuera yo la que me hablaba, y que obraron
la magia de mostrarme eso que me llamaba.
Jamás voy a olvidar aquella “mi cara”, ni ese par de “mis
ojos”, ni esas dos “mis palabras” que sonaron tan pero tan categóricas que
detuvieron para siempre cualquier impulso de volver a abrir la boca.
Me llevó muchos años entender que no sólo no hay manera
de explicar lo inexplicable, sino que no estoy loca.
Hoy, después de este maravilloso día de puras
espontaneidades lo único que puedo decir con convencimiento inexpugnable es que
“ya entendí” era todo lo que mis oídos necesitaban escucharme decir.
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14 de diciembre de 2017
Me confieso
Antes que nada aconsejo a todo aquel que se pasea por mis
letras que no se tome literalmente todo lo que escribo porque estoy lejos de
las palabras, lejos de la moralina absurda de los conceptos y cerca de los
silencios.
Aclarado esto “confieso que he pecado” pero no se hagan
ilusiones, no voy a contar nada escabroso, sólo que estuve ladrándole al árbol
equivocado o tirándole piedras a un árbol sin frutos, como ustedes prefieran.
La cosa es que quise ayudar pero hete aquí que tras
varios intentos fallidos se me dio por abrir los ojos y grande fue mi sorpresa
cuando me vi a mí misma con el “tántrico quise” deslizándose cansado de entre mis
dedos y encima parada sobre terreno ajeno.
Hoy confieso que mi pecado fue la incoherencia y que los “si
hubiera” no cuentan.
Hoy la realidad me mostró el precio dolorosamente alto
que cobra la incoherencia.
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27 de octubre de 2017
Partida en dos
Hace como un mes que venía rondando mi cintura un suave
pero persistente dolor que recién ayer me mostró su furia y me obligó a detener
la marcha para estudiar qué pasó.
Demás está decir que los tacos están arrumbados en un
cajón, el café corre a raudales y por mi cara cruza una mueca con cada
movimiento de mi pierna que evidencia la falta de tino al haber ignorado el
dolor cuando todavía era una pequeña advertencia.
Por eso decidí quedarme quieta. Sé que todo sigue
funcionando, sé que no hay nada más importante para mí que yo misma.
Hoy siento que el dolor en mi cadera no es más que la
consecuencia de haberme puesto, sin darme cuenta, en posición de defensa cuando
sé que sin dos no hay pelea.
Hoy, como nunca, el dolor me hizo entender que uno de los
inconvenientes del orgullo es que nos
vuelve vulnerables al ataque. Por eso entiendo que ceder no es perder, ceder es
dejar de lado el orgullo y retirarse para no tener que juntar los pedazos después.
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18 de octubre de 2017
Una mala pasada
El día se pinta gris, yo como siempre visto de negro, los
tacos volaron cuando llegué y hace un rato me bañé, con la esperanza de
calentar mi alma y apagar el infierno que escoce mi piel.
Hubieron cosas difíciles en mi vida, pero hay una en
particular que no logro todavía acomodar.
Es una negrura insondable que me abraza y me ahoga
negándome el aire, impidiéndome abrir los ojos y filtrándose en todo lo que
logro.
Es mi talón de Aquiles, mi parte débil, el lugar en donde
mi sendero se estrecha, se oscurece y se llena de espinas haciéndome imposible
la subida.
Cuando llega y se muestra pierdo el centro, y en la caída
siento cómo me devora hambrienta la tierra.
Hoy, acurrucada en un rincón de mi casa, hay una niña
asustada que esconde entre sus rodillas mi cara.
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13 de octubre de 2017
Resuena aquel eco (para mis padres)
El 13 de Julio de 2013 escribí Eco, relato que me permito
volver a citar.
Entro. La casa está vacía. Paseo los espacios y no hay
ladridos ni risas, sólo escucho el eco de mis pasos que confirman que los
recuerdos no están escritos en un ladrillo, sino adentro de mis bolsillos.
La verdad es que no siento el dolor la partida, pero debe
ser porque raramente me fui yendo sin irme con el cansancio de los días.
Hoy estoy sentada en “otra mi casa”, sola pero
acompañada, tengo las piernas cruzadas y descansan sobre la mesa la taza de
café vacía y el cenicero lleno de colillas. La luz que entra por los ventanales
ilumina mis manos y la lluvia bendita toca monótona una melodía que hace que de
a poco mi alma tullida vaya despertando de nuevo a la vida.
Se fueron hace
unos días más de veinticinco años de historia
y algo así como mil vueltas alrededor de la
tierra
de pasos en la
cocina.
Me llevo entre la
ropa
las lágrimas de
escuchar aletear fuera del nido a mis crías
las de ver partir
para siempre a mis negros
y las de haber
echado al río dos sortijas.
Se quedan en los
rincones
los susurros de
conversaciones dolorosas
la toma de duras
decisiones estando sola
y las risas más
hermosas de hasta acá esta historia.
Hoy la casa es la
cáscara de la jugada más larga,
es la mitad de mi
vida cerrada
y el jaque a la
reina que tanto esperaba.
Pasó mucho tiempo desde aquel día, pero se me sigue
cerrando la garganta cuando lo leo y sigo escuchando mis tacos en el piso de la
cocina.
Hoy la historia es parecida, pero son mis padres los
protagonistas.
La sensación es rara. Lágrimas, cansancio, sonrisas, un
“al fin” esperado y un “ya está” asustado.
Tengo que pensar mucho las palabras, pero porque las
sensaciones que tengo en el alma se mezclan igual que en el mar se mezclan la
sal y el agua.
Quiero decirles a ellos que los entiendo y que hace mucho
que los observo y otro tanto que los desmenuzo entre mis dedos.
Es por eso que hoy me tomo el atrevimiento de decirles que
nada se ha perdido y, si me permiten, también quisiera contarles que la mente
es una muchacha perversa que les va a mostrar sólo los recuerdos más lindos y
va pintar de rosa los no tanto y, que si no tienen cuidado, este juego macabro
va a matar sin compasión a este presente que tanto soñaron.
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10 de octubre de 2017
Cambio
Cambiar es correrse de lugar y volver a enfocar sin
interpretar.
Cambiar es de adentro y hacia adentro.
Cambiar es dejar de luchar. Es entender.
Cambiar es ser honesto con uno. Es no hacer juicio. Es no
poner adjetivos.
Cambiar es darse cuenta de que el enemigo no está afuera.
Cambiar es despertar y darle lugar a la magia amorosa de
la vida.
Cambiar es entender que la oportunidad de elegir es
continua.
Cambiar es no confiar en la iglesia de la suerte ni el
monasterio de la desgracia.
Cambiar no es decir “te entiendo pero no comparto”
mientras en mi cabeza te sigo juzgando.
Cambiar no es cuestión de tiempos o “destiempos”.
Cambiar se instala en el presente siempre. No existe el
“cambié” ni el “ya voy a cambiar.
Cambiar es perpetuo movimiento.
Cambiar vive en la libertad de los “quiero” y muere en la
cárcel de los “debo”.
Cambiar es ir por el mundo desnudo de caretas.
Cambiar no es negociable.
Cambiar es coherencia.
Cambiar es un estallido, un disparo.
Cambiar no es un hecho en sí mismo, es una consecuencia.
Cambiar es elegir abrir las manos y soltar, porque si las
cierro para que nada me lastime también las cierro a lo que me cura.
Cambiar no se explica, sucede. No se justifica, es.
Cambiar es saber que el dolor está pero que yo soy la que
elige cómo lo vivo. Si con sufrimiento, rencor, ira, resentimiento,
frustración, reproche y culpa o con sabiduría.
Cambiar es encender la luz en la habitación oscura del
alma y tirar por la ventana todas las porquerías que estábamos guardando para
resolver cuando llegara el cambio, o lo que es peor, para cuando los demás
cambiaran.
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25 de septiembre de 2017
Sueño
Anoche no pude conciliar el sueño y como si eso no fuera
ya bastante perturbador, me visitaron unos amigos de terror.
Hace unos años escribía en la noche y entre las letras y
el silencio de las estrellas, exorcizaba a los fantasmas que merodeaban mi
aura.
Hoy mi vida cambió. No duermo cuando hay que dormir y escribo
cuando el cielo recién parió al sol.
A veces logro la paz que lograba y a veces no. Hoy es un
a veces no.
Los fantasmas que me visitaron tiñeron la noche oscura de
infierno y no la pasé bien, tampoco me levanté y es que pensé que había más en
el living esperándome y no quise arriesgar la poca presencia de ánimo que aún conservaban
mis pies.
La mente es perversa, siempre lo he dicho y obstinada
también. Sigue mostrándome cosas, a horas trasnochadas, que yo no quiero ver.
Aún así me pregunto, como lo hice alguna vez: ¿No será
que en la noche oscura del alma es en donde se ven las cosas más claras?
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22 de septiembre de 2017
Yo interpreto, tú interpretas
Este título surge a raíz de una conversación, por demás
breve, con mi madre.
Para poner la cuestión en contexto les cuento que cuando
oí su interpretación acerca de un relato que escribí hace poco no pude sino
sonreír. Acto seguido quise explicarle, pero ella me dijo que no le dijera nada.
Pasaron ya un par de días de esta breve conversación y
tal parece que las letras se quedaron enganchadas en mi ropa hasta que hace un
rato, este hermoso silencio me puso frente al cuadro pero sólo para que lo viera, no para que lo
interpretara.
Sigo sonriendo, como estos últimos días. La verdad es que
afuera no está el enemigo. Afuera lo que hay es la oportunidad ilimitada de no
quedarse detenido.
Dicen por ahí que existe un principio que resiste
cualquier discusión y que mantiene inevitablemente al hombre dentro de una “sempiterna”
ignorancia. Es el principio de despreciar, en lugar de intentar entender.
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18 de septiembre de 2017
Identificación
Siempre pongo en palabras lo que siento, y esta vez no es
la excepción, pero esta vez lo que siento es diferente y lo que me pasa frente
a lo que siento me sorprende.
Mis manos están frías igual que el café, no llevo puestos
los tacos y en el cenicero descansa el segundo cigarrillo que recién acabo de
prender.
Afuera hay quietud, paz, sol y silencio. Adentro, y para
mi asombro, igual.
Lo que estoy sintiendo en estos últimos tiempos pasa por
mis tripas y se dibujó en un instante y como una intriga, en una sonrisa tranquila
que nunca había visto en mí misma.
Algo sacudió mi
alma, algún viento trasnochado hizo que se me volaran anquilosados sustratos que
estaban amarrados en los más recónditos rincones de mi carne y el golpe, lejos
de descolocarme, no hizo más que despertarme.
La atención, antes puesta afuera, giró para enfrentarme y
su mirada tranquila barrió todos los lastres que dormida yo no veía.
Partieron en estas horas tantas condenas como estrellas y
se fueron también la incomodidad de la expectativa ajena, el temor que los
cambios generan y el adoctrinamiento que yo creía que era correcto darle al
resto.
En el camino recorrido quedan tendidos los cuerpos de mis
miedos, de mis juicios, de mis largas justificaciones, de mis eternas
explicaciones, de mis inamovibles razones.
También quedó por ahí esa caja de Pandora llena de
nombres y caras, los fantasmas, los silencios, la bronca acumulada y ese
aguantar con los dientes apretados porque ya va a pasar.
Sé que acá no termina y que faltará más, pero tengo
espalda para capear el temporal y sé que la vida no me va a dar bocado que no
pueda tragar.
Hoy estoy mirándome embelesada. Tuve que pasar por un
millón de situaciones para al fin encontrarme y la mujer que ahora veo no es la
misma de antes.
Y si tengo que poner en perspectiva lo que me pasó hace
unas horas diría que esa sonrisa me la regaló la vida para que me despertara y
me riera de mí misma.
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4 de septiembre de 2017
Clavijas
Hoy me siento como una guitarra, de ahí el título de este
relato. Y también porque no encontré otra cosa con qué asociar esta sensación
constante de estar ajustando, si es que cabe la palabra, cosas que suenan
desafinadas o que no suenan o que hacen ese, como le llamo yo, “ruido sordo” de
algo que no está funcionando”.
Pero de todos esos acordes mal barajados el que más me
escose es el ruido sordo. Ese que sé que está haciendo alboroto y levantando
barro en el fondo de mi río pero que en la superficie no se nota. Ese mismo es
el que hace que suene desafinada la orquesta y, si tengo que ser honesta, quisiera
decir que me molesta.
Hoy particularmente siento que si ajusto las clavijas se
rompen las cuerdas, razón por la cual he detenido mi paso para reflexionar y
hacer esta catarsis con la hoja y no pecar con la boca.
La verdad es que estoy lejos de ser objetiva, tan lejos
como ayer y me atrevo a decir que también como mañana. Tan lejos estoy que cometería
la estupidez de detener toda la música y sólo porque una nota suena desafinada.
Pero lo poco de cordura que me queda, sumado al grito
urgente, casi lacerante de mis tripas lograron enmudecer mis labios antes de
que dijera una sarta de “insustancias” de las que sé que no tendría retorno,
insisto, y sólo por esta nota que hace rato que suena desafinada.
Casi que hoy me desconozco, porque no es normal que me
quede tranquila, no es normal que no me hierva la sangre, no es normal que no
me quede mascando. Lo normal hubiera sido una calesita de explicaciones
inconducentes que hoy logré detener justo al tiempo que me daba cuenta de que
si estoy tan lejos de ser objetiva como para decidir con coherencia, lo mejor
que podía hacer era no hacer nada.
Así como reconozco que soy una mujer que le da vueltas a
las cosas hasta que las entiende, reconozco también que algunas llegan a un
punto en donde me exceden, algo así como de “no retorno” y acepto que mi única
alternativa es abrir las manos y dejar de luchar.
Hoy escuché otra vez el melodioso sonido que hace una
cortina al cerrarse después de chirriar un tiempo que me pareció interminable.
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29 de agosto de 2017
Ahora
Subida a mis amados tacos, vestida de negro y envuelta en
el silencio más amoroso decidí fumarme las últimas horas del último agosto de mis
queridos cincuenta años.
Cada pitada que le doy a esta parte de mi vida convierte
en humo lo que creí que sólo se me había escapado y que podía volver a tener.
Cada pitada se lleva un pedazo de la mujer que fui hasta
hoy y me deja frente a una mujer distinta, desconocida e infinitamente más
sensible a la que recién tengo el gusto de conocer.
Hoy me estoy fumando los molinos de viento contra los
estuve luchando como un quijote histérico y hasta bizarro.
Hoy, literalmente, me estoy fumando, parada sobre mis
tacos y con uñas pintadas de blanco, la resistencia a envejecer con garbo.
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16 de agosto de 2017
5 para el peso
Hoy me sobra impotencia, eso por un lado, pero si me paro en
el lugar del observador, entiendo.
Ahora convengamos en que hay momentos, más de los que
quisiera, en los que estoy a años luz del observador y levanto el tono y me
quedo sin aire y desaparece el mundo y la tortuga se me escapa como si de un
veloz conejo se tratara.
Pero voy a ponerle humor, más que nada porque es lo mejor.
La cuestión acá es que la ausencia literal de
conocimiento anticipado de la totalidad de consecuencias que son pasibles de
acontecer ante la elección de una opción hace que cualquiera de las opciones y
sus consecuentes elucubraciones sean los ingredientes de la receta perfecta
para el caos.
Voy a pasarlo en limpio.
Cualquier camino que elijas lleva a “ninguna parte”.
Una vez que elijas el camino y mientras desandas la
huella vas a entender esa frase que dice: “la realidad supera a la ficción”.
No importan todas las precauciones que tomaste “por si
las dudas”. Al final te vas a dar cuenta que sólo ocupaste un
tiempo precioso que ahora no sabes en donde está. (igual que mi tortuga)
Y para terminar:
El día que tengas en la mano los 5 que te faltaban para
el peso la vida se habrá llevado los 95 que tenías en la otra.
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20 de julio de 2017
Divagaciones (más de mil)
Hace años que camino esta locura tan mía, acuñando formas,
derribando muros, cambiando de rumbo y torciendo la historia, cosa que me ha
valido el mote de oveja negra de la familia, el cual ha sido a veces una carga
y otras la excusa perfecta para hacerle al mundo un hermoso corte de manga.
Fui a contramano porque mis tripas así me lo indicaron y
desde muy joven hice lo que quise tanto amablemente como a los codazos.
En todo este andar y con la intuición como motor fui y
vine, subí y bajé, coleccioné y regalé, compré y vendí, construí y destruí,
cavé y tapé, sembré y corté, planté y arranqué, gesté y enterré a dos hijos varones
y le entregué a la vida y al mundo a dos varones y a una mujer.
Evité todos los debo que pude y le puse el pecho a todos
los quiero sabiendo que de ambos había de pagar un precio.
Quiero decir que me cansé, que tiré la toalla, que renuncié
y que me harté. También que me sentí lastimada, herida, ninguneada, humillada, acusada,
excluida y enjuiciada, a la vez de también haber sentido en igual parte todo lo
contrario a lo antes mencionado.
Hoy sé que todo eso fue lo que YO sentí, como sé que todo
fue lo que me puso hoy acá y así.
Es por eso que, a sólo pocos meses de haber entrado al
medio siglo, me encontré parada en el andén de mi vida mirando que, detenidos sin
tiempo, se dibujaban cincuenta vagones mientras asomaban por las ventanillas más
de mil caras que me susurraban los recuerdos de todas esas historias que jamás
se llevaría el olvido.
Hoy vi cómo las piezas iban encajando y sentí que desde
el fondo de mi alma me urgía perdonarme a mí misma al tiempo que en muda
reverencia le agradecía a esos más de mil seres que compartieron sus historias
conmigo por haber oficiado de espejos devolviéndome mi propio reflejo.
Sin todos ellos yo no sabría quien soy.
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26 de junio de 2017
Tiempo atrás
Allá por marzo de 2015 escribí lo siguiente:
En el altillo de mi vida una caja llena de caras y
nombres pero vacía de letras vive guardada a la sombra sobre un puñado de mi
yesca esperando que una chispa la prenda y la haga desaparecer para siempre de
mi senda.
Esa caja maldita, que al verla nada dice, ronda sin
pudores mi espacio y se regodea entorpeciendo mi paso mientras su perfume
lascivo me sigue a todos lados.
No es ni cerca una caja de Pandora, porque a medida que
enlentezco mis pasos se suman diablos que se ríen de mis náuseas y que me son
imposibles de ignorar porque sé que están aunque no los pueda precisar.
Esas sanguijuelas sin tino, que ni por asomo desestimo,
han pisoteado mi tierra y jugado tanto conmigo que lograron enardecer hasta lo
indecible mi espíritu al punto del desafío.
Hoy, con brazos abiertos y las manos llenas de lo cierto,
espero el encuentro para encender la yesca y convertir en cenizas a todo aquel
que con su solo pensamiento osó entrar en mi huerto con la intención de
llevarse mi pienso y cosechar los frutos de mi esfuerzo.
Y hoy, a más de dos años:
A mi pesar la caja sigue ahí, pero en este tiempo de silencio
forzado y retiro a solitario decidí no esperar el encuentro y sí salir a
buscarlo, así es que puse manos a la obra y desmenucé esta parte de mi historia.
La verdad es que siempre es brutal ser honesta conmigo
misma y esta vez tuve que reconocer que equivoqué el camino al ocurrírseme la
peregrina idea de aplicar la lógica para cerrar una herida cuando ésta nunca
tuvo que ver con una fórmula.
Yo, que siempre he dicho que no hay manera de que la vida
entre en un espacio tan pequeño como una cuenta, hice algo que jamás debí haber
hecho, justifiqué un dolor profundo como si sumara dos más dos, lo minimicé con
una simple frase y lo di por evaporado.
Hoy sé que fue un error que me costó un sinnúmero de
dolores de cabeza y, gracias a que escucho a mis tripas, no estoy lamentando también
haber cometido algunas estúpidas imprudencias dignas de una película.
La verdad es que sigo cerrando la herida, aun por estos
días. No me resulta fácil y tampoco es algo agradable y si tengo que ser
sincera les diría que me gustaría que no estuviera.
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13 de junio de 2017
Intento (s)
No es fácil volver después de tanto tiempo. No es fácil
enfrentar la imagen que me devuelven las letras. No es fácil la desnudez. No es
fácil lidiar con tantos considerandos así como no es fácil volver al ruedo, si
es que decido seguir andando.
Me he cuestionado mil veces este relatar rimando que
tanto amo y me he guardado, llamándome a silencio, como nunca antes lo había
hecho.
Tanto es lo he sentido y tanto lo que me ha pasado, y no
hablo en sentido figurado, que se mezclan en mis tripas desde seres que han
partido hasta situaciones de lo más variopintas que aclaro, algunas daban para
risa pero otras ni de lejos tanto.
En el medio de todo este enjambre sosegado han pasado
como una ráfaga los cincuenta no esperados que vinieron mezclados con algunas arrugas,
unas cuantas canas y varios kilos que me pesan más que a cualquier conciencia el
peor de los pecados.
Pero me voy apartar un poquito de lo externo para meterme
adentro. Digamos que siento en la boca el gusto dulce que tiene la certeza de
saber que no hay un lugar adonde llegar.
Digamos también que a pura conciencia me estoy alejando
de los altos precios que me ha cobrado la vida por andar por ahí desafinada mientras
me acerco a buen paso a la coherencia dichosa, que no es más que sincronizar el
hacer, el decir y el pensar con lo que sienten mis tripas, que no es poca cosa.
Y por último y para cerrar voy a sumarle a esos “nunca”
acerca de los cuales alguna vez escribí, todos los juicios, prejuicios,
creencias y mandatos que muchos debiéramos cuestionarnos porque, convengamos
señores, no sólo no nos llevan a ningún lado sino que no me caben dudas de que
es por ellos que estamos como estamos.
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22 de mayo de 2017
Discontinuo
Había una charla
anterior a esta pero todavía no la terminé y es por eso que intitulé así este
relato.
Siempre hay otras
visiones, otros puntos de vista, otras opciones y espero que hayan más sonrisas
y café hasta cuando yo no esté.
Mi hijo mayor es
parecido a mí en muchas cosas, hasta en el verde de sus ojos, pero su mirada es
distinta y su estructura ya medio gelatinosa le permite cada tanto deslizarse y
fluir y nuestras conversaciones estaqueadas una frente a otra suelen dejarme
boyando y con mucho que masticar.
Él básicamente mira las
sensaciones y, como yo, trata de domarlas. Ambos sabemos que no es fácil y que no
existe la receta mágica, porque lo de hoy, mañana ya es obsoleto y lo que
esperamos tiene toda la posibilidad de no suceder.
Di en llamar a esto la
maldición de la sorpresa. Esa sorpresa de la que hablo tanto y que en esta
charla descubro tiene su otro lado.
Detesto con toda mi
alma las sorpresas de la gente y para evitarlas tal parece que me he llenado de
defensas y heme aquí detenida y la verdad me fastidia, porque me posee con una
pasión desenfrenada, hambrienta, pegajosa y libidinosa que ojalá escociera las
vueltas que le doy a las cosas, pero no, lo único que escose son mis entrañas.
Dolor macabro si
existe alguno, es como un dolor divino, es el mismísimo ardor del desgarro del
espíritu.
Si antes de darme
cuenta no lo entendía, ahora no lo concibo y encima en todo el proceso voy
descubriendo tanto que me mareo y a veces desaparecer es en todo lo que pienso.
Los hechos están
hechos, por eso se llaman hechos ¡es tan simple! Ahora entender, internalizar
que no son posibles de volver a caminar, que no se pueden borrar, que están
pero ya pasaron, que no se volverán a repetir así tal cual, que otras serán las
cosas a resolver y que tenerle pánico a “la sensación” es un completo absurdo, es
un tanto complicado.
¡Ah! Pero que ganas de
perder la memoria que tengo, unas ganas locas de tirar los zapatos, de dejar
todo y olvidarme de mis vividos. Pero me aferro a ellos como si fueran la
sutura para mi herida, cuando cada día no hacen sino abrirla.
¡Qué feo que es! Que
desagradable es descubrir que todo esto no hace más que lastimarme. Es el
desatino más formidable, es la cuchillada en la espalda que me da el destino,
es el dolor de saber que no he sanado, es saberme sucia creyendo haberme
lavado, es la caída más dura, es cortarme en pedazos y desollarme viva.
Me he estado engañando,
frenándome, enfocando para el otro lado, poniendo la vista en un punto fijo que
apuntaba directo a mi nuca.
Un verdadero espanto
me he estado causando y todo para aprender, pero ¡vaya aprendizaje! Golpes
hasta casi matarme.
Mil preguntas surgen
de esto. Preguntas que responderá la vida más adelante. Respuestas que veré
cuando pueda pararme y con objetividad mirar el desierto que queda después de
todo desastre.
Estoy ahogada, me
traicioné en esta larga jugada que creí cerrada y resulta que no lo estaba. Tal
parece que en algún momento catapulté la mesa con todo lo que había encima y
recién ahora y después de recorrer un amplio cielo vino a caer "irresuelta" sobre
mis dedos.
Menuda sorpresa me ha
dado la vida. Un susto en mayúsculas que se viene anunciando hace rato y que yo
no alcancé a ver y que dejé crecer con tanto esmero que se ha vuelto el árbol
del veneno.
Pero no sé si hoy
quiero entender. Todo está demasiado a flor de piel. Lo reciente duele y hoy no
lo quiero masticar. Estoy muy cansada para hablar y tengo la garganta cerrada
porque no quiero llorar, no por esta causa, no porque yo soy la única autora de
este crimen y castigo. Yo misma mantuve abiertas las heridas todo este tiempo y
yo misma deberé cerrarlas y abrirle las velas a otro destino.
No sé cuánto me va
costar, no tengo moneda para pagar y no existe dios capaz de ayudar. Sola tengo
que sanar. Sola lameré mis heridas, heridas profundas que no supe manejar y que
ahora cuando ya no hay más remedio, cuando el dolor me dobla sin darme respiro
y me quita de los pies el piso, ahora, justo ahora y así voy a tener que
decidir si repararme o terminar de desarmarme para soltar lo que hizo callo en
mis manos y se hundió tan profundo que ya es parte de mi carne.
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23 de agosto de 2016
Algo más
Se me ocurrió que deshilvanar el rotundo “esto es lo que
hay” del relato anterior podría darme qué hacer en este día que se pinta
aletargado desde que me levanté.
Me voy a parar. Desde más de metro ochenta la mirada,
definitivamente, es otra.
Las piezas arman un rompecabezas que cambia de forma
según sea el lugar adonde me pare, según si me pinto, según si uso tacos, según
pestañeo, según duerma, según diga o según calle.
Se instala en la mesa demasiado alta un cigarrillo sin
ínfulas y en la estancia algunas risas. Sigue gris afuera, mientras adentro un
bostezo le muestra al mundo mis colmillos y el monto de algunos precios.
No dudo de la contundencia de la frase al principio
citada, de hecho fui yo la que le estampillé el rótulo al momento. Pero ahora
viene el desmenuce entre los dedos y después vendrá el descubrir por cuál paso
ando.
Si me aparto parece todo estático, sin embargo sé que si
no me ando con cuidado “esto que hay” puede llegar a ser una bolsa de gatos.
Se impone la observación entonces, la paciente espera y
ese rumiar lento que en mi historia me ha dado buenos resultados.
Y, para finalizar, como tengo demasiadas cosas que
masticar y sé que la vida es incapaz de darme bocado que no pueda tragar, pido
un alto el fuego. Hoy llego hasta acá.
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19 de agosto de 2016
Sensaciones
Voy a intentar explicar lo que siento, cuestión que desde
hace tiempo, me ha llenado el alma de un fuego que las lágrimas que me obligo a
tragar todavía no pueden apagar.
Es por eso que decidí escribirlo, con la amable esperanza
de exorcizarlo y diluirlo para siempre en estos trazos.
También quisiera decir que tengo los ojos pintados y
puestos los tacos y que como siempre la taza de café y el cigarrillo acompañan el
relato.
Ya instalada viajo a mi centro y mientras camino lento sorbo
la bendita calma que me llevará sin dudas a la verdad de estas llamas.
No tardo más de un segundo en enfrentarme con un triste y
pesado silencio que, sin articular palabra, me grita desaforado y me arroja con
una certeza lacerante, densos pedazos de un pasado que al caer a mi lado no reconozco
como míos pero que aun así me arden.
Tardo en reponerme del encuentro, pero más que nada me cuesta entender que es un infierno ajeno esta vez.
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19 de mayo de 2016
Cansina vuelta
Me he cuestionado la vuelta casi tanto como me he
cuestionado a mí misma, al punto de dudar, si es que cabe la palabra, de todo
lo que he hecho hasta acá.
Pero heme aquí y ahora, nadando en absoluto silencio entre
extrañezas diversas, observando algunas cosas que traen los casi 50, con la
caja de Pandora toda abierta, con las manos sobre el teclado y con dios y con
el diablo sentados a mi lado.
A esta altura entendí que mis letras son mi catarsis, mi
cable a tierra, en definitiva el bálsamo con el que se me hacen más fáciles de
digerir algunas cuestiones cuando decido tragarlas para no seguirlas mascando porque
no son hojas de tabaco.
Cuando hace unos meses dejé de escribir no supe que se me
iba a apagar el fuego del alma, pero me encontraba en un cruce de calles
haciendo malabares con más pelotas que demasiadas y menos que poca lucidez para
mantenerlas en el aire, razón más que suficiente para tomar distancia antes de
que alguna me matara.
Y así, en franca retirada pasé este tiempo. Desfilando en
cámara lenta frente a los espejos de mí misma sin la seguridad que me dieron
siempre las letras, sin armas, sin máscaras, sin personaje, sin tacos, sin
maquillaje y desnuda como nunca.
Hubieron en estos meses igual cantidad de decisiones que de
revisiones y tantos o más silencios que explicaciones. Aprendí a hacerme
transparente para que mi presencia no sobrara y me desconecté del afuera para limpiar
la sangre de mis venas.
Vi algunas cosas que me hicieron sonreír en secreto y
también me "anoticié" de otras que no me hicieron gracia ni de lejos. Algo así
como una mezcla de virtudes y defectos, de caminos truncados, de objetivos
desempolvados, de pasos acertados, de brechas difíciles de saltar, de cambios, de
honestidades brutales que hubiera preferido no escuchar y porqué no de algún “sincericidio”
que no me mató de casualidad.
La verdad es que he estado ocupada cosechando una siembra
a la que no sólo no voy a adjetivar sino que en la espalda me la voy a echar
porque “esto es lo que hay”.
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9 de septiembre de 2015
Tal vez
Tal vez hoy sea día de infidencias y grite hasta acalambrarme esas cosas mal barajadas que tengo atragantadas. Tal vez hoy me
desnude ante ustedes y les cuente mis canas sin importarme nada. Tal vez hoy
sea día de tirar la toalla y seguir mi camino sin dar vuelta la mirada. Tal vez
hoy en la noche el reflejo del espejo sea el que yo espero y me suba a los
tacos de los que me bajé hace rato para besarme sin miedos ni reparos mientras miro
cómo abandonan mi barco todos los pesados lastres que he estado cargando.
Pero todos estos “tal vez” no son deseos, sino el fin de una
larga espera a la que todavía le queda resto y que a cada paso me anuncia que
no falta mucho para repartir la baraja de nuevo.
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1 de septiembre de 2015
Angustia
Voy a intentar “ensayar” esta sensación o dibujarla, más
que nada porque necesito largarla, para que la hoja me la devuelva en letras
mansas y yo pueda exorcizarla.
Digamos que la angustia es singular pero una pluralidad
de ríos confluyen para formar este mar, porque ella no es causa sino
consecuencia de un montón de gotas que llenan el vaso hasta la mismísima
zozobra.
Ahora bien, mientras se gesta doy fe de que ni se nota y
es por eso que uno no la ve venir hasta que vestida toda ella de ahogado
desconcierto y perfumada de sopor hasta la náusea, destila las más puras y
saladas lágrimas.
Cuestión que recién cuando el agua está derramada que uno
se da cuenta de todo lo que entre manos fue juntando esta muchacha, nada casual
y por cierto tampoco nada que haya empezado ayer.
Llegado este momento y para entender y resolver no queda
otra salida que empezar a revolver, porque es entre los escombros llenos de
polvo en donde están los afluentes que inundan de mar los ojos.
Personalmente siento que mi vida se suspende ante la
angustia y que toda ella son manos que me sumergen, me dejan sin aire y me
ciegan evaporando sin remedio el alrededor.
Cuando llego a este punto sé que no tengo otra forma de
exorcizarla que dejarla que haga sin siquiera intentar esquivarla, aunque no la
pase bien, aunque se me hiele la sangre y aunque lo único que escuche sea ese
silencio sordo que viene después de todo terremoto.
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26 de agosto de 2015
Puzzle
Hace unos años y en una noche lluviosa me vi parada en
una vereda con las manos abiertas y sobre ellas un rompecabezas de más de mil
piezas y el desafío que después supe es hasta hoy el más grande de mi historia.
Desde entonces que estoy sentada en la alfombra y esta
vez “no sola”, mirando todo lo que hay regado y distinguiendo sólo un pequeño
lado encastrado mientras el resto sigue mezclado y hasta con algunas piezas boca
abajo.
Por momentos se me pone escarpado, no voy a negarlo y es
ahí cuando impotente me levanto y abro los brazos esperando ese balazo que al
final y por puro instinto termino esquivando.
Sé que no hay una sola forma de armarlo ni una sola de
terminarlo. Lo que sí hay es una sola forma de lograrlo y es pieza a pieza y
paso a paso sin ignorar que algunas son fáciles pero son las menos y que otras,
las más, son hasta difíciles de encontrar porque se esconden entre las demás.
He aprendido con el tiempo a pasar por alto algunas cosas
pero ese tiempo mismo me ha enseñado a no despreciarlo porque es este segundo el
más válido, porque este segundo no espera y porque cuando este segundo se va no
vuelve más.
La vida es rápida, no se detiene y no está en otro lugar.
Está hoy, ahora, en este preciso momento. Está en este sol, en este viento, en
esta soledad, en este silencio, en este café, en el ruido que hacen mis dedos
acariciando todas las letras del teclado, en este grito mudo y ahogado, en el
reflejo cierto que me devuelve el espejo y en este rompecabezas que yace en la
alfombra instándome cada segundo a seguir armándolo mientras el viento me
susurra esa frase que tanto amo y que dice: “cosecharás lo que has sembrado”.
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7 de agosto de 2015
Tazas y diablos
Me enfrento hoy con la hoja en blanco y este título, que
como yo, está lleno de cosas locas y no tanto.
¿Por qué tazas? Porque hasta no hace mucho tuve una taza
casi para cada sorbo de café que me regalaba y otra para el té de la noche que
aparecía cuando las demás ya estaban cansadas.
¿Por qué diablos? Porque cuando sin querer rompí la
última taza recordé el día que rompí la primera y bastó ese instante, ese sutil
destello para que aparecieran ante mí en sucesión incansable toda la sarta de
diablos que después supe eran los invasores de mi espacio.
Podría decir que el golpe seco que hicieron mis baluartes
cerró un ciclo y al encapsular un tiempo muy preciso se me brindó la
oportunidad de verme recorriendo un camino rico, lleno de opciones y aristas,
en el que por momentos y cual Quijote luché contra molinos de viento durante
largos diálogos de los que ahora doy cuenta estaban desde el comienzo “mortalmente
fusilados”.
Y al fin, entre mis tazas y “mis y no tanto diablos”
logré entender que se puede jalar un caballo hasta el agua pero nadie lo puede
obligar a tomarla.
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1 de julio de 2015
Silencio locuaz II
Tiempo atrás escribí silencio locuaz y hoy vuelve a mí la
frase que dice que los hechos ni siquiera me hablan sino que me gritan con toda
el alma.
Fui algo altanera en ese escrito pero logré desnudarme en
una muda parábola de interpretaciones variadas porque mi estilo así lo
recomendaba.
Hoy sigue siendo difícil ser precisa y más cuando mi
corazón late con esta prisa, mis manos teclean mientras tiritan y lo no tan risible
es cuando menos una compañía.
Soy una mujer que se declara enemiga acérrima de las
sorpresas al punto de tener una ética para odiarlas, así como declaro con el
mismo énfasis que ante el hecho consumado las palabras no tienen ni un maldito
significado.
Sé que la vida no me va a dar un bocado que no pueda
tragar y también sé que el tiempo me va a mostrar si todo lo que hoy me parece
obvio era o no, una obviedad.
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Adjetivos
Me defino detenida y en marcha sostenida, antónima y
paciente "esperadora".
Me defino de mil formas, todas ellas con-jugadoras.
Pero esto viene a cuento de que no son adjetivos los que
me definen, porque les tengo miedo a las adjetivaciones como le temo a los
juicios aunque menos que a mí misma pero casi tanto como a las "verbalizaciones".
La verdad es que me defino con estados que dependen y van
cambiando, entendiendo que hay personas que me pueden gustar o no y absteniéndome
en todos los casos y en la medida de lo posible, de "estampillarles" con fresca
soltura una "adejtivación".
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17 de junio de 2015
Su lugar
Hoy voy a hablar de alguien a quien puse en su lugar en
otro relato. Hoy le toca de vuelta al pasado.
Para ser sincera les cuento que después de tres páginas y
casi mil palabras decidí que lo mejor era aferrarme a mi breve estilo y en cinco
párrafos desnudarlo para definirlo.
Tengo que decir que el pasado camina a nuestro lado, a mi
derecha en mi caso, y no sólo no hay quien pueda negarlo sino que ni queriendo
es posible olvidarlo, por esto señores es innecesario vivir trayéndolo, no se
debe.
¿Aclaro? NO ES SANO.
¿Por qué? Porque guardar pasado o tan sólo mencionarlo
llena el alma de presentes suicidados.
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27 de mayo de 2015
Desnudez impertinente
Una sombra llena de cosas ha entrado en mi espacio, tal
vez por demasiado, y no porque yo haya querido ni porque la haya dejado sino
porque así fue como ha pasado.
Es cierto todo lo que he aprendido, como es cierto todo
lo que me ha dolido pero lo haya manejado como lo haya manejado siempre traté
de que fuera con juicio y tino y sobre todo con cuidado.
Siento que mucho de mí he dejado y hasta he tenido que “furtivarme”
en mis propios relatos para encontrarme cuando en el camino la pesadez se hacía
insoportable y el piso desaparecía bajo mis pies haciendo el próximo paso
insondable.
Sé ahora a qué se debe este largo repliegue consciente y creo
no haber sido necia ni tosca y sí haber preferido que corriera por mi cuenta el
alto precio de la espera silente al grito a deshora.
Hoy mi visión es otra, hoy son cada vez menos las cosas
que importan.
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21 de mayo de 2015
Silencio definido
Hoy necesito sólo un segundo para ocuparme de un silencio
maldito que viajó más de mil kilómetros conmigo, que no es casual que haya
originado este escrito y que ha insultado sin remilgos a mi silencio divino.
Tuve tiempo de sobra en ese trayecto forzado para
fantasear unas cuantas analogías y también para jugar a las escondidas con
silencios callados, cómodos, cortantes, perversos, expectantes, ruidosos, terminantes,
tranquilos, densos, forzados y agitados que me llevaron sin que me diera cuenta
del acotado silencio del diccionario a un universo inimaginable.
Por eso hoy confieso que a pesar de kilómetros de ese
para siempre recuerdo tan feo, infinitamente le adeudo el haber hecho más
grande mi cielo.
Y al fin concluyo que, aunque huelguen las palabras, todos los silencios hablan.
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23 de abril de 2015
Trapos
Hoy el sol salió para ella y como siempre, uno de sus
cinco escalones la espera. Se sienta en el primero y lánguida se le ofrece al
viento.
Siente que muchas cosas se le han metido hasta en las
costuras de la ropa, pero logra abstraerse y dándole la espalda al mundo sonríe,
sin testigos y sin explicaciones.
Este lugar en donde ella fluye apartada de todo, ajena a
entreveros y vacía de pensamientos está lleno de lo que sabe es cierto.
Ese espacio tan suyo, ese adentro delicado y suave es en donde
ella recala cuando el afuera del día la cansa de tanto inútil “careteo”, de
toneladas de utilería barata y de las hostiles seriedades de la existencia vana.
Sonríe porque es mágico verle lo oculto al resto del
mundo y porque sabe que no hay misterio o secreto que ella con sus manos y su
silencio no pueda deshilvanar en su adentro.
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17 de abril de 2015
Entreveros
Hace rato que me vengo entreverando y no logro salir del
laberinto que cosió deliberadamente mi diablo. Hilos y más hilos voy sorteando
pero el tranco se hace pesado aunque mi dios me lleve de la mano.
Llegar al centro es lo único que me salva de meter los
pies en el barro y como ya no sé si son mis tripas las que cantan o es el
perverso parloteo interno lo que escucho, dejo todo para cuando salga.
Mis manos y mi voz tiemblan, como me dijeron que temblaba
mi alma. Busqué una explicación para tan ilógica aseveración pero a esta altura
huelga toda tertulia con mi interior.
Enredada entre las telas que teje mi araña voy hacia el
sol y nada más que por si alguien pregunta les digo de antemano que no tengo ni
idea de en dónde estoy.
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14 de abril de 2015
Blanco
Dice el diccionario que el blanco es el color de la nieve,
un color de piel, el mío y probablemente el de muchos de ustedes también, y, para
mi sorpresa, menciona que es el espacio que queda entre esta palabra y esta
otra.
Pero hoy las razas y las melancolías no están en el top
de mi lista, hoy me ocupa el “blanco” que parece que tengo en algún lado
dibujado.
Me cuestiono desde tiempos inmemoriales si soy yo la que
se para en la trayectoria de los disparos o si es mi cara o son mis formas las
que hacen que me encuentre bastante seguido en medio de balaceras que me dejan
como una coladera.
Es por eso que hoy decidí detenerme un rato y mirarme en
el espejo y, café y cigarrillo mediante, me puse a hacer catarsis.
Lo primero que noto es que soy un blanco fácil porque suelo
no reaccionar ante la agresión, pero nunca deja de sorprenderme cuando viene de
la gente que yo creo que me quiere.
Lo segundo que percibo es el precio que pago por poner la
otra mejilla, un precio que no dolería tanto si las balas vinieran de gente
libre de pecado pero como no existe tal gente el costo me parece demasiado
caro.
Ahora voy a llegar al final de este “hurgueo” personal y
me voy a hacer cargo de todo lo que no tengo resuelto, de todos los miedos que me
dejan sin resuello, de todos mis queridos y aceptados defectos, de mis amadas mañas,
de mis soledades, de lo escaso de mis sonrisas y de mis silencios.
Y como último voy a regalarle a quien tenga la suficiente
valía y se atreva a mirarse, un espejo de cuerpo entero y una piedra para
lapidarme.
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6 de abril de 2015
Cortinas
Hace muchos años descubrí que el rencor era hijo directo
e indiscutible del enojo y que la ira o furia con sustancia, como suelo llamarla,
es simplemente la otra cara de la calma. Ustedes podrían decirme, al igual que
el diccionario, que son lo mismo pero es acá en donde yo me detengo y los
diferencio, tildando al enojo como un tibio intermedio que uno deposita en los
otros y a la ira como al más voraz de los incendios que sucede en terreno
propio.
Ahora voy a contarles una infidencia, como soy rencorosa
hasta la médula y no puedo manejarla, un día decidí asesinar al padre para que
no escociera mis entrañas su descendencia, por eso a partir de ahí lo único que
me permito vivir con conciencia es la ira, aunque de vez en cuando y sin mi
anuencia el enojo pase como una exhalación a hacer un rápido acto de presencia
y me deje, como un trompo, dando alguna que otra vuelta.
He escrito mucho acerca de ese fuego que me consume el
alma y lo he vivido hasta quedar sin aire así como he vivido la desesperación
que implica esperar que la vida me muestre y me lleve a ese bendito lugar en el
que la calma hace acto de presencia y con nitidez prístina se da vuelta la
moneda.
Sé que no hay nada más terrible que las llamas del
infierno ardiendo en mi propio centro pero debo reconocer que el ruido que hace
la cortina, cuando de un momento a otro toca fondo, es en mi universo el sonido
más melodioso de todos.
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30 de marzo de 2015
Caja
En el altillo de mi vida una caja llena de caras y
nombres pero vacía de letras vive guardada a la sombra sobre un puñado de mi
yesca esperando que una chispa la prenda y la haga desaparecer para siempre de
mi senda.
Esa caja maldita, que al verla nada dice, ronda sin
pudores mi espacio y se regodea entorpeciendo mi paso mientras su perfume
lascivo me sigue a todos lados.
No es ni cerca una caja de Pandora, porque a medida que
enlentezco mis pasos se suman diablos que se ríen de mis náuseas y que me son
imposibles de ignorar porque sé que están aunque no los pueda precisar.
Esas sanguijuelas sin tino, que ni por asomo desestimo,
han pisoteado mi tierra y jugado tanto conmigo que lograron enardecer hasta lo
indecible mi espíritu al punto del desafío.
Hoy, con brazos abiertos y las manos llenas de lo cierto,
espero el encuentro para encender la yesca y convertir en cenizas a todo aquel
que con su solo pensamiento osó entrar en mi huerto con la intención de
llevarse mi pienso y cosechar los frutos de mi esfuerzo.
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13 de marzo de 2015
Nubes
En realidad está llegando a su fin la tormenta, pero eso
no quiere decir que haya terminado, es más, las nubes vienen cargadas como para
dejar inundado hasta al desierto más taimado, mientras altiva camina junto a
ellas segura y lenta la noche negra, signo inequívoco de que el amanecer está
cerca.
Debo decir que esta no es mi primer escarpada y mentiría
si dijera que es la última. Mi historia, guía que llevo siempre bajo el brazo, cita
en algún párrafo que cada día que amanezco es un bendito desafío y tanto puede sorprenderme
con un suelto andar bonito como con las llamas del infierno más temido.
Pero yo sigo, resolviendo cuestas, segura de estar
volviendo a mi tierra, determinada a torcer velas o a soltar amarras cuando así
lo sienta y con el andar pausado que no se debe a mis años sino al saber que me
da el ver algunas cosas y que desde hace más de una década obra en mi poder
como la carta más preciada sí, y también la más cara.
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21 de enero de 2015
Gracia
Hay demasiado que callar, mucho escrito sin terminar y
mucha cosa dando vueltas que no logro cerrar.
Marzo se acerca mientras mi año, por fin, se aleja. Digo
por fin porque me está dejando deshecha, porque todavía quedan algunas madejas
sin desenredar en mi cabeza, porque la tormenta sigue y yo, cansada de andar
con la ropa empapada de tanto afuera, tengo que seguir con ella.
Sé que éstos serán tiempos de pura paciencia y espera, de
tecleo lento y máxima alerta aunque el agobio sea el que me lleve a cuestas, aunque
no halle las respuestas y lo obvio me obligue a reír sin que me vean.
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8 de enero de 2015
Placebos
Hoy se me ocurrió que para los dolores del cuerpo hay mil
soluciones pero para los del alma no hay remedio alguno en las farmacias.
También he dicho que ni más millones de los que pueda
contar surtirían el efecto mágico de evaporar lo que siento o de hacer
desaparecer lo que veo. Hasta podría decir que los miraría con el mismo
desconcierto que mira un libro un analfabeto.
Y es que la vida duele cuando se hace carne en el alma,
cuando de la ignorancia uno pasa a “darse cuenta” de que ella es toda miradas
risueñas, recodos y una infinita sorpresa de imperceptibles modos.
Alguna vez la comparé con el agua del río y siento que no
me equivoqué. Fluir con ella ha sido y es maravilloso, aunque debo reconocerle
la fuerza cuando las veces que le hice frente como una roca obstinada y para
hacerla caber en mis planes quise desviarla, ella me fue desgastando hasta
convertirme en un espeso y frustrado fango en donde sin remedio se hundieron
las ruedas de mi carro.
Por eso sé que no hay nada más duro que el viaje hacia
adentro, no existe dolor en el cuerpo capaz de superar el desgarro interno y
para calmarlo no hay remedio ni placebo en todo el universo, sólo la conciencia
de saberse lágrima y diluirse en su océano.
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18 de diciembre de 2014
Balanceando
Este no fue un año de tacos ni de ojos pintados. Tampoco
Ella se paseó mucho por mis letras, más bien permaneció callada, casi olvidada,
como si a propósito y para que no me doliera todo tanto, me hubiera hecho a un
lado.
Mis pasos, “titubeosos” a sabidas, fueron de sacudida en
sacudida y mis manos, otrora briosas anduvieron con miedo por el consabido
riesgo de ligar en cualquier momento y sin asco un hachazo en los dedos.
No faltaron los cambios ni las rutinas. Tampoco fui ajena
a las renuncias, a las pruebas, a la búsqueda y a la basura, ajena y mía.
También se hicieron presentes muchas de “esas sorpresas”
que siempre digo que no me gustan y tuve que hacer acopio de ánimo para
tragarlas aun sabiendo que fueron derechito a alojarse en mi alma, como para no
olvidarlas.
Balanceo mi estado de cuentas y veo ganancias y pérdidas,
sumas que suman y sumas que aunque no lo crean, restan.
Por la ventana amanecieron más soles escondidos que días
con destino, y se sentaron a mi mesa noticias desacompasadas, silencios en
cascada, argucias blancas, verdades veladas y mudas palabras.
Sólo una vez he perdido los estribos, las demás cóleras
pude manejarlas en forma calmada mordiéndome la lengua con paciencia acertada.
Durante este tiempo también se materializó la
desesperación y la impotencia que implica ver más allá y saber que no debo
hablar.
Todavía sigo caminando al lado de situaciones que no
puedo revertir, fantasmas que no quieren partir, dudas sin digerir, relatos que
debo parir, seriedades que no puedo obviar, muertos que pueden resucitar,
escombros que aprenden a volar, nombres que no quiero escuchar, látigos que me
niego a blandir, percepciones que tengo que probar, hechos que no puedo negar,
tumbas sobre las que no voy a comulgar, torpezas que no quiero barrer, cosas
que a la larga se van a manifestar, esperas en las que confiar, acicates que no
voy a excusar, estigmas que no puedo borrar, especulaciones que rescindo hacer,
armaduras que no voy a vestir, torpezas que no pienso admitir, resentimientos
que espero humillar, crueldades que no voy a tolerar y cansancios que no voy a
ocultar dibujando en mis labios sonrisas tristes para los demás.
Y al fin con el hilo de estas líneas logré coser el sayo
de este año y aunque entre puntada y puntada hayan volado mis tacos todavía
conservo el garbo y sigo caminando, con cuidado eso sí, para que no se me
rompan dos sueños que después de tanto se perpetúan entre mis manos.
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27 de noviembre de 2014
Silencio locuaz
Me gustaría inventar una palabra que le diera nombre a
esos espacios que suenan sordos en los oídos pero que para mí dicen más de lo
que a veces estoy dispuesta a masticar.
Muchos dirán que lo mío es brujería, invento o
imaginación pero voy a contarles algo: la vida me mostró y me sigue mostrando tanto
en esos milímetros vacíos que para no verlos hasta se me ha ocurrido escribir todo
de corrido.
Es que voy a ser sincera, secretos y muertos todos
tenemos, lo que no todos tienen es el maldito don de verlos. Y digo bien, para
mí es una maldición porque no sólo debo masticarlos sino que con la mejor cara
de estúpida tengo que hacer de cuenta que no los veo, cuando las explicaciones
o palabras a esta altura de mi vida carecen por completo de sustancia porque
los hechos ni siquiera me hablan sino que me gritan con toda el alma.
En fin, espero sepan comprender la altanería con la que
hoy me desnudé, cosa que no suelo hacer, pero me revuelve la estupidez y más
cuando piensan que yo me la voy a creer.
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Documento en blanco
Dicen por ahí que hay que dejarse sorprender pero no
estoy muy de acuerdo con eso. La verdad es que no me gustan las sorpresas y me
encantaría esquivarlas, pero sé que no es posible por más empeño que le ponga,
por más fintas o volteretas que haga.
El tema es que uno nunca termina de conocerse y ni hablar
de conocer a los demás, tarea imposible si las hay. Por eso hoy el relato se
llama documento en blanco, por eso hoy disiento con lo que “dicen”, por eso hoy
escribo esto y por eso hoy mis dedos discurren por mi querido teclado, como
aclarando.
Suelo ser breve y dejar mucho a voluntad del lector, y
esta no va a ser la excepción. La cuestión acá es simple, llegué a un punto de
mi vida en donde sólo creo en lo que ven mis ojos y en lo que cantan mis
tripas, porque, como sí es bien cierto que a las palabras se las lleva el
viento, he perdido a conciencia la audición.
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7 de noviembre de 2014
Simpleza
Necesitó ver los desvíos de las miradas para atrapar en
el aire el perfume dulce de lo oculto.
Necesitó hacerle caso a los gritos desesperados de su
centro para no caer en la tentación de dar el paso que la haría caer en el
barro.
Necesitó de todo este tiempo de silenciosa angustia y espera
para entender porqué está molesta.
Hoy dos palabras le pintaron un paisaje que explica lo
inexplicable de cualquier explicación.
Hoy sólo dos palabras se llevaron un millón.
Hoy Ella se niega a escuchar y a ver, hoy Ella quiere no
sentir la decepción y poner sobre la mesa la honestidad y la sinceridad como
única opción.
1 de noviembre de 2014
Desacostumbrada
Se me ha perdido el alma,
no sé ya en dónde buscarla y aunque desisto después de cada fracaso mis pies me
siguen llevando mientras siento que de mis manos los harapos de lo que queda
van cayéndose tristes sobre la arena.
Mi corazón se acelera equilibrando
el gasto inmenso que significa caminar por el desierto, buscándome a mí misma
en cada esquina y sintiendo que no hay desazón más grande ni enrevesada, al no
encontrarme, que ésta.
No hay nada, ni
siquiera cansancio. Es el puro azoro el que me tiene desencajada caminando un
espacio que me pertenece pero que no es mío y llegando a cada momento al mismo
lugar desconocido y vacío y tan abierto que me da miedo y me llena de frío.
No hay sinsentido ni locura más grande
que este dolor punzante de buscarme
y ver que sigo conmigo
pero todavía sin hallarme
25 de octubre de 2014
Intrigadamente
Un maravilloso sol la lleva de la mano y la hace bajar
los cinco escalones gastados. Descalza pisa la arena blanca mientras una ráfaga,
oportuna como nunca, la despeina escondiéndole la cara.
Siente que su mente corre desbocada y no halla forma de
pararla y que algo hace ruido en el fondo de su alma perturbando a su orquesta
y haciéndola sonar desacompasada.
Entre todo el batifondo reconoce la voz de su diablo y ve
a su dios sentado, con las manos en las quijadas y esperando demasiado callado.
Estudia la situación, no hay muchas formas de parar este desquicio
desafinado y tampoco de hacer enmudecer a su diablo. Pero sabe que si esto está
pasando es por algo, como sabe que en algún momento se va a crear el espacio y de
entre bambalinas va a aparecer el silencio, que manso, va a hacer callar hasta
la palidez a todo el escenario.
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6 de octubre de 2014
Siente
Ella sale, hace rato que no viene y es que el sol esquivo
la tenía en su puño, sumida en un mar turbulento de cavilaciones y algunos
malos ratos incontrolables y oscuros.
Sale descalza, despeinada y cansada y elige el primer
escalón para sentarse con las piernas cruzadas.
Mira al frente. Arena, la primavera que no llega y el
resto de los escalones que quedan.
Siente que su centro está descolocado, mal ubicado,
revuelto, ajado, distorsionado y lleno de gente que no le pertenece.
Enojada lo increpa por indecente. No entiende cómo es que
dejó la puerta de su esencia tan abierta, tan disponible y tan vulnerable al punto de sentir que ella no es ella y que
fue usurpada con la más temible violencia.
Se odia, se detesta. ¿Cómo es que no se dio cuenta? ¿Cómo
es que entró tanta gente a su universo y lo ocupó hasta dejarla así de indefensa?
Sin respuestas agacha la cabeza y aniquilada se aferra
con las uñas a la madera mientras en sus ojos se desata la más feroz de las
tormentas que la dobla en dos y la parte, como si fuera una triste muñeca.
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1 de octubre de 2014
De costado
Vengo ladeada, como si tuviera un pinche adentro de la
alpargata. Silenciosa y con la sonrisa atomizada parezco una de esas diosas egipcias
de mandíbulas talladas.
Así como estoy hace rato que voy pero tengo entre los
dedos la intriga del yendo.
Pasa que pasa de todo y a la vez es como si nada pasara. Pasa
que soy yo y también alrededor. Pasa que la historia pesa pero nada peor que saber
que lo que hoy pasa no regresa.
Y ahí ando como de prestado, alquitranada, desmaquillada
y atornillada, escribiendo no sólo por gusto sino también para no atomizarme yo y así poder
verme en la pantalla, leerme entrelíneas y desmenuzarme como si fuera otra para
comerme mejor.
Adjetivos no por favor. Yo ya me “adjetivé” bastante y
sacarme todo ese lastre no saben lo que me costó.
En fin, amén de todo quisiera algo de humor y si de pedir
se trata también me vendría bien un poco de sol. Y mientras espero el yendo decidí ir silbando bajito, casi distraída, casi haciendo como que no estoy.
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17 de septiembre de 2014
Lo importante
Hoy se me
plantea un silencio y un espacio a una hora desacostumbrada porque el sol está
al este, no veo la luna por la ventana, no llegué recién y el auto y mis botas están
estacionados desde ayer.
Y entre
cigarrillos y café pasan frente a mis ojos la crónica de una muerte anunciada,
lágrimas, “recomienzos” y la concreta y sabida imposibilidad de ser objetiva
conmigo misma, al tiempo que se me dibujan, como si hubiera tirado una piedra
al agua, círculos concéntricos sin comienzo ni fin, sin puntos débiles, infinitos
y eternos.
Es como que
nada se termina y sin embargo nace un nuevo círculo cada día que me desorienta
y logra ponerme seria y me silencia y me endurece, quitándole a lo importante
la prioridad y dándosela de comer sin remedio a los chanchos.
Siempre he
dicho que la vida está hecha de detalles pero que ella en sí misma no lo es,
porque sería como pensar en un árbol lleno de hojas y flores pero sin el tronco
como sostén. Y acá es en donde me detuve hoy y de la galera de la reflexión surgieron
estas dos preguntas a continuación:
¿Cuánto tiempo
pueden sostenerse los detalles en el aire? Y ¿Cuánto puede esperar dentro la
cáscara, sin secarse, el germen de lo importante?
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Desatando la locura
28 de agosto de 2014
Hoja
Y como hoja al
viento acelero y freno, hablo y hago silencio, camino y me siento.
Voy, sé que
voy yendo y también sé el lugar concreto, pero los artilugios que está usando
el destino por momentos me enloquecen hasta el desconcierto.
Me cuesta fluir
con mi río, me cuesta mantenerme a flote cuando el agua es un menudo jaleo y
cuando siento que en el esfuerzo se me va el aliento y el corazón me patea el
pecho.
No resulta tan
fácil soltar, en eso no me puedo mentir. Lo único que sé es que tuve la lucidez
de darme un tiempo y hacerme un espacio para volver a caber dentro de mí.
Por eso creo
que sólo me repito en la paciencia, en la espera y en la consecuencia de las
cosas nuevas y, aun sabiendo que siempre van a estar, lucho por absolverme de
las viejas.
Nada es igual,
nunca nada es igual.
La vida no es
predecible ni lógica y menos que menos, lineal.
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