26 de agosto de 2014

Deuda

El sol la hace salir de su espacio y descalza como siempre se apoya de costado en la baranda. A unos pasos se encuentra parada su vida que sin acercarse de lejos la atisba.
Hoy Ella salió para enfrentarla y seria como nunca le dice que ya está harta de comprenderla y buscarle la vuelta. Quiere que le diga que lo siente, que se equivocó y que no merecía tanto aunque pudiera manejarlo.
La vida mira el piso. Ella tiene razón, algunas cosas se le escaparon de las manos y la lastimó. Sabe que está cansada de entender las consecuencias y justificar con explicaciones tanto artero latigazo que aguantó y los altos peajes que pagó. Por eso se mantiene a distancia, distancia que Ella al bajar los escalones logra acortar mientras cual dos puñales sin compasión sus ojos verdes le exigen más que una disculpa, más que perdón.

18 de agosto de 2014

Hoy

Es tarde y el día no quiere acostarse. Por eso estas letras, mi única manera de tirar al vacío tantas lágrimas, tantos dolores y más miedos de los que puedo contarte.
Va a ser éste un día difícil de olvidar, un día que rondará y rondará hasta que alguna palabra, algún gesto, algo, lo que sea, se lo lleve y no me lo traiga más. Y aunque siempre digo que la soledad y el silencio son mi refugio, hoy no fue el caso y caminé descalza los fuegos de mi propio infierno, fumé más de lo imaginado y ya casi pisando las tres de la mañana sigo tratando de exorcizar esta sensación de ardor eterno y este maldito gusto a terror y hiel que siento en la boca desde toda mi historia.
Cosas mías, cosas que espero el sueño algún día aparte de mi camino y nunca más se levanten conmigo.

Medio siglo

Mis sienes ya se están pintando de blanco, casi medio siglo de respiros registran mis tacos, casi medio siglo de agua pasó ya por mis manos.
Parece mucho cuando lo escribo y ni hablar cuando lo digo, por eso hoy se me ocurrió hacer un repaso y charlar con el espejo un rato. Fue generoso conmigo al no mencionar ni una arruga, eso sí, cuando posó sus ojos del cuello para abajo cantó como un canario y es que otra historia cuenta mi cuerpo y eso no puedo negarlo.
Sigo la recorrida y subo a mi desván interno, a ese lugar al que sólo yo accedo y, salteándome los últimos dos peldaños, entro. A paso lento recorro la foto estática de mi pasado. Todo está guardado y aunque de seguro alguna cosa se ha traspapelado, nada se ha perdido y todo se encuentra intacto, sin embargo llama mi atención el que muchos de mis amargos suspiros, que el tiempo sabio se ha encargado de arrear mansamente al desván del olvido, hoy sean sólo risueños recuerdos dormidos.
Al fin doy la vuelta y salgo, y, mientras pienso en los casi cincuenta años, mis manos buscan los bolsillos del saco y una sonrisa suave besa mis labios.

30 de julio de 2014

Intitulado

No suelo escribir a esta hora, es por eso que lo único que descansa sobre la mesa es el cenicero y un cigarrillo en “modo espero”.
Afuera hay nieve y adentro fuego. ¿Antítesis o conjugación de lo perfecto? Depende. Depende desde dónde lo mire y depende de en dónde esté el fuego y lo frío de la nieve.
Hoy debo decir que agradezco a este amable silencio que viene a posarse suave sobre mis labios y los sella, porque evita mucho. Pero también debo ser honesta y confesar que lo que siento no lo logra evitar.

(Tercer cigarrillo en modo espero
 y un tronco que al caer
 rompe la calma que se había impuesto)

Yo estoy lejos del fuego (no del interno) y sigo pensando en que no debería estar escribiendo esto.

Callar será una perfecta opción sí,
pero todas las veces no.

18 de julio de 2014

Una recta

Paso tiempos redondeando ideas, estirándolas, separándolas y volviéndolas a unir. Así como paso tiempo tratando de materializar entre mis manos la realidad ilusoria de la inmortalidad y desmaterializando la verdad tangible de la muerte.
No hay nada más seguro ni más diario desde la primer bocanada de oxígeno, que la última, y, mientras los segundos se descuentan uno a uno, inexorables, indetenibles e imparables, en el camino se pierden sin remedio momentos que luego sólo serán memorables.
No hay manera de parar las agujas. No existe forma de detener la máquina una vez que está en marcha. Y es que la vida y la muerte son la distancia más corta entre dos puntos que me cuchichean, suaves y constantes, uno en cada hombro y cerca de mis orejas y me marcan la cadencia de esta inobjetable recta.

21 de junio de 2014

Inexplicablemente

No sé porqué me sigue persiguiendo este tema. Después de “Explicaciones” y “Sin explicaciones”, este es el tercer relato que le dedico a este círculo casi vicioso que me hociquea, obsecuente y obstinado, y me obliga a repasarlo una y otra vez, como si fuera el único corsario que queda en pie en mi barco.
Cuando escribí el primero sentí que estaba cansada de darlas y creí que hasta ahí llegaba. Poco tiempo después y al releerlo, me di cuenta de que a pesar del cansancio seguía dándolas, algo así como que no había llegado a eso de “estar harta de estar harta”.
Quiero creer que tiene que ver con no haber puesto aun totalmente en marcha el “estar sin estar” o el formar parte del mundo pero no pertenecer.
A colación de esto mucho tiene que ver el “no esfuerzo” del silencio, el poder que tiene la ausencia de palabras y el camino que esta ausencia le abre a todos los otros sentidos.
Hablar envicia, atonta y ciega. Cuando uno habla se reduce casi a la nada la capacidad de sentir y de percibir al otro y a cuanto nos rodea. Por el contrario, el silencio nos regala todo lo que no le pertenece al habla y gentilmente anula el pensamiento, permitiéndonos interpretar casi en su totalidad lo que se esconde entrelíneas y también lo que nos da la vida.
Muchas veces uno siente la necesidad de llenar el vacío que produce el silencio por creerlo incómodo, cuando en realidad lo que incomoda es estar con uno mismo y es allí en donde inmediatamente la mente pone en marcha la maquinaria de la lengua, alejándonos de nosotros y restando miles de horas que están contadas desde que nacemos, sólo por ocuparnos del resto o lo que es peor aún, para justificar y darle sustancia a todo cuanto hacemos.
En suma, insisto en que las explicaciones huelgan y que urge el silencio pero también debo decir que gracias a ellas va saliendo todo esto.

11 de junio de 2014

Desnuda y despojada

Ando incómoda, descolocada, ni acá ni allá, en el medio, sobra todo y nada alcanza, dislocada, alborotada, alérgica, vulcanizada, combativa, callada, inquieta, mandíbulas apretadas y manos crispadas.
Busco y no encuentro, dejo y me olvido, salgo y me guardo y cuando me quedo no me hallo.
Ando caminando un camino circular, distraída en mi laberinto personal, estudiando, esperando, repasando, cuestionando, comparando y negándome a negociar.
Estoy posesionada por la eterna posesión de la pertenencia, de las pocas y últimas pertenencias que no hacen más que hundir sus raíces en mi alma ya raída cuando ilusa, había creído que ya no las tenía.
Maldita cuestión “insolucionada” o hábilmente evitada que hace muchos años me fue señalada y por lo visto celosamente guardada y que ahora y de un golpe certero me para en el camino del “no poseo”.

Y a todo esto:
Un “ni” surge como respuesta a todo cuanto me pregunto.
Un “ni” cuyo objetivo es sostenerme en vilo.
Un “ni” que me obliga a la reflexión y al sigilo.
Un “ni” sin compasión que me para hoy frente a mi último y más duro bastión:
Mi amado y temido “yo”.


3 de junio de 2014

Querido pasado

Extraño escribir tarde en la noche. Extraño mis pantuflas, mi bata fucsia y el material silencio de la suave oscuridad de mi té negro.
La extraño a Ella que hace rato me evita y no se pasea por mis letras.
Extraño la ausencia de pasos y patas. Extraño las cortinas cerradas y ese rincón poco iluminado en donde se hacían casi invisibles mis manos en el teclado.
Extraño llegar tarde y, muerta de frío, correr a bañarme para sacarme el día de encima.
Extraño las paredes pintarrajeadas, mi colección de latas, el pasto alto, el dormir sola con la ventana abierta al sereno invierno y el viento helándome la nariz durante el sueño.
Pero ¿en realidad extraño o me extraña sentir lo que siento? La verdad es que me extraña pero no me sorprende, sé que algunos recuerdos suelen vestirse de rosa con el paso de los años y nada más que porque ya me ha pasado. Pero esta vez lamento comunicarte querido pasado que ya no tengo los ojos velados. Sé que lo que añoro no pintaba muchas sonrisas por aquellos días y aunque me hayas transportado vaya a saber con qué objeto a una realidad dibujada, no necesité más que un segundo para saberme engañada y desnudarte de toda artimaña.

19 de mayo de 2014

Te cuento

Esperá un minuto que te cuento que para leerme tenés que olvidarte de que soy yo la que escribo y saber que no sirve de nada intentar imaginarme y menos que menos preguntarte, porque la idea no es interpretarme y como verás no estoy ahí para contestarte.
Por mi parte la pantalla es un espejo por eso juego con los abiertos y sobrevuelo y nunca toco directo, pero nada más que para que en algún punto puedas identificarte y acomodar lo que te pasa a lo que yo cuento en tan pocas palabras.
Insisto en que querer adivinarme es perder el tiempo, en tan poco espacio yo no quepo y es que mi mundo es más grande que eso. Por eso te invito a que me leas de seguido y que no te detengas ni en los puntos suspensivos y hasta podés agregarle lo que te parezca que se me haya ido porque estoy vacía de todo y llena de olvidos y otra cosa más, cuando me veas dale a la lógica un respiro porque te juro por mis hijos que la vida no cabe en un espacio tan chico.

6 de mayo de 2014

Zumbido

Un ronroneo persistente y molestoso zumba entre mi ropa al punto ya de convertirse en acoso. Se me ocurre que fui inocente al creer que restándole importancia lo iba a olvidar, pero obviamente no fue el camino que debí tomar.
No lo sabía, juro que estaba convencida de que si no persistía, esta sutil pero constante molestia al fin moriría. Bueno, no fue así, aunque en algún momento lo creí.
Debo decir que si miro esto con detenimiento no es de mayor importancia pero he de ser sincera y decir que me hace incómodo el andar e incluso se da el gusto de quitarme la sonrisa y aplastarme contra el suelo como si fuera una insignificante hormiga.
Dos intentos han ido a dar a la basura, el primero fue compartido y el segundo sólo mío y ambos resultados llevan el sello de fallido.
Le he dado más vueltas a esto que a la calesita de mi vida y sigue sin aparecer el brazo estirado que hace jueguitos con la sortija.  
La opción de las palabras y luego la de olvidarlas son cartas que ya no forman parte de la jugada y no existe la posibilidad ni remota de la suerte en esta baraja.

(Sigo sin hallar la respuesta,
pero la noche se pinta negra
y eso es signo de que la aurora está cerca.)

3 de mayo de 2014

Tratos y contratos

Y el puente hay que pasarlo aunque no haya nada del otro lado, aunque sorba este aire como si fuera el último y a veces se me atraganten los pedazos.
Relatos, cigarrillo y café alimentan este viaje de a pie.
Escrituré a mi nombre la soledad y el silencio y estampé mi firma en un contrato de fidelidad in aeternum conmigo misma.
Hice un trato de palabra con lo que pasa y cuando nos dimos la mano, dos pares de huellas testificaron que él nada repetirá si yo no lo olvido jamás.
Lo que viene me mira, lo único que puedo decir de él es que en parte lo veo y al resto no lo quiero encontrar.
Entendí que camino sobre una soga que separa dos nadas, que cuelga sobre un vacío infinito que me abraza y que la llegada no está del otro lado, ni tampoco en el próximo paso.
Mi tranquilidad es haber aceptado que la vida no sólo es una sorpresa sino que tuerce en igual medida hacia la felicidad las veces que viene de tristezas.

27 de abril de 2014

Espesura

Lo siento como un manto pesado, incoloro, amargo, impenetrable, hostil, inclemente, cabrero, necio, inasequible, hosco, inoportuno y fatigante.
Se me dificulta respirar, me aplasta, me ahorca, me encierra y me obliga a detenerme.
Me ciega, me inmoviliza y me saca lo único que puede aflojar la tensión que es el suspiro.
Me quedo quieta, sin opción. Minutos detenidos llenan las horas de un día desasosegado, abortado, no común, no rutinario, no esperado, no querido e “insolucionado”.
Hoy me ensordece la espesura del silencio que tanto amo con una ausencia de sonidos que me muestra los dientes y me hace doloroso el paso.

Y... ¿A ver?

A ver, me detengo un minuto. Suspiro obligado. No me siento, no hay en dónde. Me quedo parada con las manos a los costados y mirando para todos lados.
¿Incómoda? Sí, en verdad es la más pura incomodidad de un silencio que más que silencio son palabras ya desechas de tan masculladas que están.
¿Qué hago? Es lo que me pregunto y lo que no me puedo contestar porque la contestación no está, ni acá ni más allá. Es como si la pregunta estuviera en la boca de un pececito que da vueltas en un bol de vidrio.
Aviso: sigo con las manos a los costados, mirando para todos lados y sin un lugar en donde descansar.
Y si tiro la pregunta ¿desaparecerá? Ojalá así fuera, pero tal parece que sólo porque a mí se me ocurra las cosas no se desvanecen.
Juro que he tratado de esconder la sensación, la impotencia y las lágrimas y hasta me he hecho la distraída, pero la cosa insiste con obstinada porfía. Hacer pasar a un elefante por el ojo de una cerradura sería más fácil que olvidar, a esta provecta edad, lo que quiero saber para solucionar este molesto, y valga la redundancia, molestísimo malestar.
Aviso que acá sigo. Parada. Manos a los costados, más que buscando, más que esperando y todavía sin encontrar.

Respuesta

Y después de meses descubrí que la solución estribaba en no preguntármelo más y dejar las cosas así como están.

Sin explicaciones

Leí mis letras y mis ojos se detuvieron en un simple texto que escribí hace un tiempo y que hoy hizo de espejo mostrándome sin compasión un error que estoy cometiendo y sentándome sin mucho trámite en un caldero hirviendo.
No me sorprendió el hecho de “no ponerme en práctica”, más bien he quedado bastante enojada conmigo misma porque una sencilla lectura me remontó a ese pasado en el que escribía cosas sin darme cuenta, ni siquiera entrelíneas, de que yo era la protagonista.
A lo largo de mi vida he torcido la historia nada más que a pura voluntad, pero esto de las explicaciones me cuesta más tiempo del que he perdido en darlas gratis, y ahora concluyo que sólo por el gusto de sacar la lengua a pasear sin siquiera ponerme a pensar.
Menudo tiempo se me ha ido y todo para que las palabras fueran a dar al vacío, cuando un buen silencio hubiera sido más sano que este desgraciado vicio.
Eso de andar por la vida dando explicaciones me cansa y me duele más que correr descalza, por eso hoy cuando leí “Explicaciones” se me abrieron los ojos como dos platos y de inmediato sentí una identificación no puesta en marcha y ahí nomás vino el golpe que suele darme la autocrítica y me vi como una estúpida explicándome a mí misma.
Guardo silencio en cuanto al resto porque no sólo no me sobra vida sino que no la tengo resuelta y por eso no puedo dedicarles tiempo.
Pues debería hacer lo mismo conmigo y por puro respeto dejarme de escarceos y hacer un voto de cero comentarios en cuanto a estos 47 años de ensayo.


18 de abril de 2014

Reencuentro

El otoño me llama al reencuentro conmigo misma, a apartarme de la marisma y a desvestirme a las siete de la tarde para sacarme el día de encima.
Distinta se me plantea esta estación, más reflexiva, más de revolver hábitos, más de volver a rutinas. El reencuentro conmigo lleva implícita la mirada hacia atrás, esta vez más profunda, más concienzuda, un poco menos intranquila pero no por eso relajada.
Limpiar el espejo de polvo y verme prístina, en otro espacio y a plena luz del día, me ha resultado en algún rincón un tanto enojoso. Enojo que no se disipa y que trabajo sola, no sin cierto fastidio, hora tras hora.
Retomar hábitos y rutinas me centra, pero no al punto de aflojar las mandíbulas,  no al menos todavía. Este hacer mecánico y conocido, este volver a ser yo misma pero distinta y de revolver para ver qué es lo que queda mientras sigo quemando, tirando y soltando, me fue llevando de la mano hasta dejarme en el andén de la estación de las hojas vueltas a su entierro, del silencio, del agridulce sabor del desapego, de la lluvia eterna, de los grises interminables, de los días cortos y de un retiro que me permito mientras le hago una finta al destino.

Sabrán comprender, amigos míos
Desaparecer es mi estilo


13 de abril de 2014

Opacos

Estoy gris, gris como el día y las vicisitudes que me visitan y opaca, opaca como el cielo que reflejan hoy las ventanas y el vuelo de los pájaros que no pasan.
Suele ocurrirme a veces que el nudo se desata, afloja la garganta y se me caen solas las lágrimas, y aunque trato de que los estados no me pillen de sorpresa por uno solo de sus lados, hay momentos como hoy en donde no puedo evitarlo.
No hay nada que ciegue lo que siento y aprendí con los años que del otro lado de la felicidad está esto y que tengo que pasarlo.
Me pregunto si es momento de ponerme a estudiar qué es lo que me lleva a tocar casi con un golpe este extremo tan odioso, y me respondo que sí, que por algo la vida me deposita en estos días y me obliga a mirar de cerca algo que no vi. Me pregunto también si la mente estará haciéndome alguna de sus jugarretas, aprovechando y sorbiendo esta posible debilidad en mí, y lo mismo, la respuesta es sí.
Por eso creo que no es casual que justo hoy, un manto de silencio caído del cielo le haya abierto a mis manos un espacio para que de mi puño y letra salga qué es lo que me pasa y porqué me levanté así de acongojada esta mañana.

12 de abril de 2014

Fragmentos para mi hija Julieta

Cuando las cosas pasan aparece la “re-acción”, es una enseñanza grabada a fuego desde que nacemos. Es la lógica haciendo alarde, es la frustración, es no haberse tomado el tiempo para encontrarse y vaciarse.

La vida no es re-acción, es gestión, es estar alerta, es acción.
Me resulta difícil explicar lo que es la acción. Sé que es desde mí y hacia mí, por mí y para mí, sin incluir al resto ni tampoco excluirlo; es un instinto consciente en el que no existe la mente. 
Es saber que si me encuentro con una víbora en el camino no puedo detenerme a pensar en la historia o en mil y un divagues que me llevarían a la muerte en un instante. En ese momento cualquier pensamiento es absurdo y obsoleto, lo que surge es saltar o correr, no hay tiempo para preguntarle a la mente qué hacer.

No es cosa sencilla y lleva toda la vida; es cuestión de tranquilidad y alerta en balance constante, es vivir en ese lugar en donde nadie puede entrar aunque le abramos la puerta, es estar en el centro estando afuera.
Me llevó años entender que primero debía vaciar el tren, y no sólo de cosas, sino también de gente. Después vino la parte más difícil en donde liberada ya de todo y de todos hasta quedar sola, tuve que desmontar mi historia, y ahí, parada en el medio del derrumbe, desnuda y sin ataduras, tuve que soltar lo que me quedaba agarrado en las manos y ver cómo se tragaba la tierra tanto aquello que había decidido aceptar, como las luchas que nunca iba a ganar. 
Fue el fin y a la vez el inicio, fue llegar al carozo para germinar, fue entrar en mi oscuridad y sacar a relucir todo lo que había guardado y tapado, todo lo que, escondido, no hacía más que alboroto lleno de polvo y descuido.

Siento que cada minuto que vivo es un desafío, es dejar pasar un montón de cosas, es estudiar otras, es descubrir lo que no vi, es reconocer lo que no quise ver, es no quedarme en ningún lado, es aceptar y abrazar cada estado del vaivén, es no pelear con el ir y venir sino simplemente dejarme fluir para poder escuchar el grito de mis tripas y el ruido sordo que hace algo que no está funcionando.


9 de abril de 2014

Sin permiso

Está como el día, gris y silenciosa. No se le mueve un pelo como no se mueve afuera ni una sola hoja. Se abraza las piernas, ya sentada en la alfombra, mientras siente cómo este bullicio, incansable y sostenido, de voces encontradas, miradas y sombras la persigue desde hace horas.
Lo silencia yéndose más adentro, pero necesita desmenuzarlo entre los dedos y estudiarlo bien de cerca para que desaparezca.
Se levanta, decide ir a verlo. A mitad de camino lo encuentra, perdido y ciego junto a palabras que nunca deberían haber salido de su boca. Pero no lo enfrenta, no tiene sentido perder fuerzas. Sabe que hay cosas que aunque molestas, hay que dejarlas porque no tienen remedio.
Vuelve a su estancia, callada y sola.

(Anoche su sonrisa se fue sin permiso
Y la perdió entre la horda)


2 de abril de 2014

La continuación

Hace dos años escribí “Un hastío simpático”, el cual me permito volver a citar.

No fue un día agitado el de hoy, pero recién llega y es algo tarde. La casa está como le gusta a Ella, vacía y silenciosa. El perro la recibe mirándola a los ojos y pidiéndole salir, le abre y cierra con llave. Se saca las botas, se desabrocha el cinturón, deja la cartera en la mesada y trata de vaciarla, a esta hora del día pesa como una tonelada.
Se demora haciendo un par de llamadas y todavía tiene que bañarse, pero el teclado no puede esperar y se sienta. Falta el té, será después.
Prende el cuarto cigarrillo y en los segundos en que tarda en cruzarse de piernas, ya está adentro, mirando lo que baila entre sus dedos.
No puede menos que sonreír. Hoy fue un día lleno de sorpresas, lleno de ser como es, lleno de idas y venidas, lleno de ciruelas, lleno de papas fritas, lleno de risas, lleno del más puro cansancio y del más puro placer.
Tendida cuan larga es entre sus almohadones, busca a tientas el cenicero y apaga el cigarrillo.
Es que el día no confluye en su cosmos hasta que se sacude de todo y de todos, hasta que, consciente de haber vivido en cada segundo cada suspiro, abre las manos y suelta, dejando que el sol evapore a cada uno y a cada cosa lejos de su agua y lejos de su rosa.

(Lo que pasó hoy, es imposible de deshacer
Y si fuera posible, ¿para qué?)

No sé porqué se me ocurrió ir para atrás, leer lo que había escrito y acomodarme-acomodarla-acomodarlo en el hoy.
La casa está igual, vacía y silenciosa pero mi negro partió. Es temprano para té pero nunca para café, y el cigarrillo sigue, como siguen las piernas cruzadas, la danza de mis dedos y las sorpresas cuando voy para adentro y “siento”.
Sigo siendo la misma que hace dos años y es que en el fondo nunca nada cambia porque la esencia es una marca registrada en el alma. Esa misma esencia, a la cual me costó tanto llegar, es la que hace que viva cada segundo como si fuera el último, es la que corrige mi rumbo, endereza mis velas y me hace libre aun con los dos pies bien parados en esta tierra.
Sigo conservando mi lugar propio, mi cosmos. Ese espacio paralelo al mundo de los otros en donde paso mi tiempo lejos de todos, al lado de mí misma, desnuda y limpia haciendo equilibrio entre las orillas y en constante charla abierta y sincera.
Adentro estoy en confianza, y sin filtro respiro soledades y silencios, lágrimas y sonrisas, verdades, responsabilidades, fuerza y debilidades.
La sensación de libertad y la ausencia de límites es tan grande que se me hace imposible de explicar.
Haber llegado hasta acá me hace fuerte y a la vez vulnerable, me da las armas pero me quita el motivo por el que luchar porque no hay nadie a quien doblegar.
Haber llegado hasta acá es saber que nunca voy terminar, que no hay nada más allá, que se fue el paso anterior y que acá adentro estoy sólo yo.

30 de marzo de 2014

Inventos

Hace mucho y a desgano caí en la cuenta de que está todo inventado. Que me miran de soslayo sustantivos ya hallados y adjetivos que tratan de pintar aquello que no va a ser posible de “adjetivar” ni en un millón de años.
Giran a destiempo en mi cabeza piezas de un gran rompecabezas. Hay papeles en la alfombra, palabras que sobran, garabatos en el aire y entre mis pasos y mis manos el más difícil y arduo trabajo yace plácido entre volutas de cigarro.
Entre condicionales rimamos y arrimamos. Ella y yo. Otros aparecen a veces,  aunque nosotras, siempre, no entendamos eso de escribir desde la abstracción.
Tiempos, tiempo, alejamiento. A las rápidas, una pensada, imaginada, sentida, apenas esbozada, pero cierta y nítida definición aparece dibujada.
Es que la historia nunca termina, se recicla. Se desnuda, se esconde, viaja oscura, se confunde, nos derrumba en la penumbra, aparece en la esquina y desanima. Porque si miro la vida me la pierdo y si la escribo se escurre entre mis dedos como el tiempo. Pero está acá, justo acá, en este mismo lugar y es lo que hay.
Cada minuto que pasa es una anécdota en la espalda, una brasa que se apaga, la magia solapada de la realidad inventada y un chiste único que sucede y precede en sólo un infinitesimal segundo a la última carcajada.

18 de marzo de 2014

Backup

Estoy parada al borde del camino. Tengo las manos en los bolsillos, el pelo recogido, alpargatas, un solo anillo, maquillaje cero, entre las manos un par de aperos y desde la banquina me “relojeo” de cara al viento.
Poco a poco están volviendo a mí mis tiempos. Siento que al apagar las luces del escenario, la sala se fue vaciando mientras el paisaje fue desdibujando en este último tramo todo rastro de hastío y una larga historia de cansancio.
Ansiaba detenerme y destilar uno a uno los minutos hasta verlos diluirse despaciosos ante mis ojos, como me urgía bailar y tocar a mi antojo el millón de corcheas que forman mi orquesta.
Pero sobre todas las cosas necesitaba no esperar hasta la noche para bajarme de los tacos, desnudarme y vagabundearme sin prisas, indecorosa y eternamente yo misma.

10 de marzo de 2014

Un significativo

Hoy estoy en esos días en los que le busco significado a algunas cosas que no deberían significar nada, pero que sin embargo me pican y por eso decidí detenerme para verme y rascarme en detalle.
Aparecí al instante, en cuclillas buscando algo y en un lugar que no puedo describir muy bien. La cuestión es que estoy a gatas, como no queriendo, buscando algo que no tendría que buscar.
Sensación extraña si la hay.
Soy honesta: más preguntas que respuestas. Y debe ser por eso que se me dio por cavilar mientras el mundo se mueve como siempre a mi alrededor y yo permanezco ajena, en forma más que clara, cortada, silenciosa y buscando (insisto con la palabra) algo que no logro encontrar.
Le doy vueltas a la cosa, tal parece que demasiado, pero soy “insistidora” como no hay otra y cuanto más llena de nudos está la soga, más paciencia me brota.
Ya no me asusta que mi silencio hable solo ni que mis ojos se hagan impenetrables llevándose hondo el parloteo interno y tornándome infranqueable.
Me permito, en días como hoy, que todo desaparezca en donde termino yo.

Creo que voy a seguir buscando hasta encontrar el significado
y también voy a dejar la puerta abierta
 para dejar de buscar
 cuando yo quiera.
Tal vez me tarde para siempre
en deshacer uno a uno los nudos de la soga
pero eso ahora, justamente ahora,
no es lo que me importa.

25 de febrero de 2014

Entre meses

Cuando el invierno llega a su ocaso y escondidos entre las hojas muertas aparecen los primeros brotes de la primavera, el instinto animal que llevo dentro asoma tímido y se despereza, disparando mi alerta. Año a año, entre octubre y marzo y con una cadencia que raya la obsecuencia, olisqueo el aire y mi esencia se altera.
Es como si la estación de las flores fuera el anuncio de algún cataclismo personal e inevitable que hace que sienta bajo mis pies, cómo tiembla el corazón de la tierra. Así de certera se me presenta.
Pero marzo está llegando y después de haber parido aciertos y desconciertos hasta quedar sin aliento, lenta se acerca, como un bálsamo fresco, la estación de las hojas vueltas a su entierro y de las largas noches de reflexión y silencio en donde en paz vuelvo a mi alma y dócil, me entrego.
Ya sosegada acepto que no hay retorno posible y mis dedos se empiezan a mover más tranquilos, como más tranquila voy despertando a lo que siento. Es que después de cada tormenta la calma es lo único cierto, como cierto es que al quedarme quieta, y cual si fuera una fotografía, la vida no sólo me muestra una a una las famosas consecuencias sino también el contrapunto o si se quiere: La ironía sutil que equilibra esta cadencia.

9 de febrero de 2014

Interpretaciones Parte II

No sé si ya escribí algo con este título pero no tengo ganas de buscar entre mis letras y por eso le puse parte dos, para no andar con vueltas.
La cuestión acá es de una simple complejidad, algo así como todo lo no dicho que queda a libre albedrío pero que en definitiva termina armando lío.
Porque yo siento y el otro siente y los dos creemos o pensamos y ahí en el aire lo dejamos y en el día a día se va juntando y el viento no se lo lleva sino que lo va amontonando y esos montones son el pasto seco que después se incendia y nada más que por dejadez y pura negligencia.
Me niego a que el viento haga con las interpretaciones una montaña de adivinanzas, y como ya tuve varios incendios me di cuenta de que con una llama me alcanza.
Pero hete aquí que tengo un defecto y es ese largo masticar, pero nada más que porque necesito el tiempo para saber si no soy yo la mañosa, no es por otra cosa. Y cuando mastico busco, miro, siento, me paro en la otra esquina, me cruzo a la vereda de enfrente, me visto con la piel del otro, me “espejo” y me escucho hablarle-hablarme para en un instante deslizarme y tocarte.
Y así es como interpreto mi falso-cierto y porque mi yo entero se resiste a lo viejo no dejo que el viento junte pasto seco.

28 de enero de 2014

La noticia de un enojo

Estoy enojada, enojada con todo lo que pasa y de lo que creo yo no tengo que ver nada.
Mi blog reza “sin dios y sin patria”, rezo por el que fui y soy cuestionada; no siento vergüenza por ello, ni lástima. No sé lo que es la patria, siento que un himno y una bandera no definen el límite en la tierra con una raya.
En cuanto a dios, se dice que al negar algo se reconoce su existencia, pero yo no lo niego ni lo afirmo, es más simple que eso, nunca lo vi y tampoco lo siento. Puede estar o no pero yo acá no lo tengo.
Mi enojo tiene tal vez algo que ver con los días y también con haberme metido en dimes y diretes que no me correspondían, noticias puntualmente.
Tarde… siempre resulta que es tarde. El diario no trae la información antes de que pase para poder hacer algo, no, el diario me “anoticia” de lo que a todas luces me es inmanejable. Porque no puede haber nada nuevo en noticias viejas y sólo me queda la preocupación, la impotencia y la frustración que me genera la imposibilidad de actuar frente a un hecho consumado.
Por eso decidí volver a mí hoy, después de darme la cabeza contra la pared, después de habérseme subido el corazón a la garganta un par de veces temiendo que mis hijos, que están lejos, fueran los que estaba viendo tirados en el piso o perdidos.
Y los precios seguirán subiendo igual que el dólar, los puchos, la nafta y la comida; y seguirán habiendo accidentes, muertes, políticos corruptos y guerras.
Entendí que no hay cirugía para el pasado y que hablar de historia y citarla puede ser entretenido pero no me lleva a ninguna parte y por ende no me sirve para nada.
Por eso vuelvo, como hasta no hace mucho, a mi frasco, a mi centro y me sumerjo en lo único que puedo cambiar y mejorar, que es a mí misma.
No sabré qué ropa está de moda, quién murió ni dónde hubo un huracán. Pero voy a estar acá, justo acá y sin más información que la que sienta mi corazón cuando te mire a los ojos y te pregunte ¿cómo estás?

23 de enero de 2014

He descubierto

He descubierto que el camino al acierto está lleno de errores y que bordean las márgenes del río una multitud de desatinos.
He descubierto que en el trayecto son duros los golpes en los tobillos y que caerse es muchas veces un apoyo en el piso.
He descubierto que la flecha da en el blanco justo cuando se relajan los brazos ya cansados.
He descubierto un abismo repleto de causas perdidas, causas que hoy unen las orillas y me permiten caminar adonde antes hubiera tenido que volar para pasar.
He descubierto que después de andar perdida en los laberintos de mi vida, la verdad ha asomado siempre tímida ante mi vista, mostrándome el camino de salida.
He descubierto que por cada falla hay una medalla, aunque en el momento haya tirado la toalla.
He descubierto que con los años sé menos y olvido más, que dejé de guardar y que sigo intentando escuchar sin pensar en qué contestar.
He descubierto que la vida está plagada de contradicciones perfectas, que lo ilógico tiene pies y cabeza y que lo dulce es amargo del otro lado.
He descubierto que el ruido que me deja sorda es una forma de silencio y que la ausencia de sonidos es música para mis oídos.
He descubierto que abrir la boca es abrirle la puerta a los demás y que después no hay posibilidad de volverla a cerrar.
He descubierto que en estado de alerta puede haber descanso y que la muerte no es una huída perfecta.
He descubierto que debajo de una ola gigante hay tierra y que ahogarse no es quedarse sin aire.
He descubierto que la tristeza y la felicidad son una misma pieza y que en la calesita de la vida he sacado más de una vez la sortija.
He descubierto que la fuerza no se termina mientras dura la vida y que cuando me vaya ya no va importarme nada.
He descubierto que es lo mismo temer que detener y que tengo más paciencia de la que soñé.
He descubierto que la filosofía es un arte barato que no hace más que unir las palabras del diccionario y que teorizan aquellos que no practican la vida a diario.
He descubierto que cada día muero y vuelvo a nacer y que puedo bajar o subir a quien quiera, porque éste es mi tren.
He descubierto que mis decisiones tienen un costo incierto y que tanto puedo poner el pie en el cielo como en el mismísimo infierno.
He descubierto que puedo amar y odiar y que ambos pueden suceder en el mismo momento.
He descubierto que hay días en donde todo me sonríe pero que se intercalan sin remedio con aquellos en los que por todo lloro.
He descubierto que mi forma no es la única y que lo que veo desde donde estoy parada se ve distinto a tan sólo unos centímetros.
He descubierto que la realidad no son palabras y que lo que debo hacer no muchas veces es lo que quiero.
He descubierto que no todo lo que se muestra es lo que hay y que en algún lado vive un submundo de cosas inimaginables que ni el más destacado ilusionista jamás podría calcular.
He descubierto que lo que siento no puedo ponerlo en palabras, porque los sentimientos tendrán nombre pero no definiciones.
He descubierto que en la superficie puede haber calma pero mi barcaza, igual puede zozobrar.
He descubierto que lo perfecto es la imperfección de un día de lluvia y sol.
He descubierto que viajar con poco me permite disfrutar del paisaje porque no tengo que acarrear tanto equipaje.
He descubierto que hay personas que pasan sin dejar y que mejor olvidarlas que ponerse a recordar.
He descubierto que me voy a volver a equivocar y que la solución no va a estar atrás.
He descubierto que la venganza parece una delicia pero le falta sal y encima se come fría.
He descubierto que el viento lleva y trae y que la lluvia se queda cuando se va.
He descubierto que una sonrisa abre el mundo más grande y que de mis acciones no le debo explicaciones a nadie.
He descubierto que tengo tanto de mí que descubrir todavía, que desde hacen nueve años a esta parte, no he tenido tiempo de solucionarle la vida a los demás.


14 de enero de 2014

Explicaciones

Me da pereza darlas
Y prefiero no escucharlas
No justifican y por eso huelgan
Explicaciones vanas
Explicaciones sin sustancia
Que no conducen a nada

Que todo es un cuento
Una foto que muestro
No hay nada nuevo

Explicar ocupa tiempo
Me quita vida y sueño
Me llena de desespero
Explicar detiene
Y yo voy yendo
Y si explico no llego


No dicho

El 2013 fue un año de aprendizajes, despegues, alunizajes y aterrizajes constantes.
Cada día al levantarme sentía que la batidora se ponía en marcha y que cualquier menjunje podía salir de ahí, tanto para gratamente empalagarme como para volar por el aire y enchastrarme.
Tensión, respiros entrecortados, suspiros sorpresivos, varas en lugar de músculos, silencios mal habidos y más de una vez me he puesto las manos en la garganta para frenar la nefasta retahíla de adjetivos que pintaban al dedillo el paisaje del camino.
Mi cuerpo aguantó sin chistar cada pozo, cada amague de viraje, cada frenada, cada acelere y cada ahogo, aun a pesar de algún que otro aviso distraído.
Café, cigarrillo, chocolate y dos litros de agua fueron casi mi comida diaria.
Noticias, deudas impagables y dislates en enjambres me solicitaban con urgencia y se me planteaban bifurcaciones de dilemas que muchas veces eran vías muertas.
Para esto y como si fuera poco, había terminado de bajar una cortina y decidido que empezaba la otra mitad de mi vida.
Los fuegos no tardaron en llegar. La limpieza fue profunda y a conciencia y después de mirar las cosas y preguntármelo dos veces, despaché sin remilgos mi historia.
Mis letras esbozaban de lejos mi interior y las preguntas no se hacían esperar con cada escrito y las críticas a mi sentir tampoco.
Poca importancia le di a las palabras que gratis me regalaban, y no por mañosa u orgullosa, la verdad era que nadie, salvo yo, podía solucionar mis cosas.
No fue fácil caminar todo este tiempo, y siguen siendo costosas, todavía, algunas cosas. Torcer el destino se llevó buena parte de mi temple y tachó los nunca para siempre.
Del 2013 me quedó la inseguridad de lo seguro, la sorpresa minuto a minuto, la paciencia grande como un muro, los silencios de blanco y las palabras de luto.

Por eso hoy rescato todo lo no dicho y de lo hablado, lamento mucho.

10 de enero de 2014

Claridad

Hoy venía en la ruta, en una mezcla de montañas, bosque y estepa. La oscuridad era total, el cielo lleno de estrellas y la vida todavía dormía aunque faltaba poco para despertar.
Y entre esas subidas y bajadas, el paso como diapositivas de paisajes cambiantes, la niebla y el cielo despejado, se me ocurrió que no sólo puede parecerse la vida a un río, como siempre digo, sino también a una noche cerrada entre valles y escaladas.
No hubo en todo el camino un kilómetro igual al otro, cada minuto era otra foto, la niebla aparecía y desaparecía con cada pestañeo de ojos, el color del asfalto mutaba del negro al gris topo, las piedritas de la banquina brillaban o se esfumaban, tocadas por esa varita mágica de la neblina que me abrazaba y al mismo tiempo me ahogaba.
Fue la sensación de la vida misma, esa dualidad arbitraria que poco se entiende y que a la vez hace que irónicamente encajen perfecto mil universos imperfectos y se sincronicen en una armonía invisible e intocable, haciendo que ahora esté tratando de explicar lo que sentí esta mañana, buscando una forma contarlo, tal vez con alguna paradoja, pero cayendo al fin en la cuenta de que no me convencen los trueques semánticos, o no por lo menos en este caso.

Concluyo que en vano busco, en cada relato, la forma de transferir lo que siento o la manera de ver las cosas que tengo. Pero invariablemente me queda la eterna sensación de haber olvidado algo, de no haber sido lo suficientemente gráfica o de no haber dibujado con esmero puntilloso cada espacio para que aquel que lea mis líneas se sienta del todo identificado y pueda ver en toda dimensión, mi cuadro.

Escrito en Mayo de 2013

A solas

Está sola, sola con el sol y con ella misma, y mientras se levanta el vestido y baja los cinco escalones gastados, sonríe y siente cómo, en cada pausa de sus pasos descalzos, un despacioso dedo de silencio va descorriendo el misterioso velo del tiempo, así como sus ojos, callados y claros, van reflejando el secreto destino de ser cómplice cautiva de su propia vida.

Camina su remanso, lánguida y suave.
La brisa ondula sus piernas
y una lágrima cansina resbala su mejilla
mientras sus pies,
desnudos y lentos,
huellan sin dejar rastro
la arena tibia.

9 de enero de 2014

Fantasmas, arañas y diablos

Algún día sé que me voy a reír en la cara de todos los fantasmas, arañas y diablos que con sus sucias maniobras suelen oscurecer a veces mis horas.
Algún día tal vez, cuando los vea aparecer, logre no dejarme manipular ni marear con sus intrincados tejes y no destejes, con sus susurros, sus artilugios y sus mil y un manejes.
Debo decir que muchas veces hay razones valederas que me llevan de la mano a ese estado de histeria apagada, y muchas otras son, en verdad, un hábil invento de estos tres sin corazón.
Pero el tema acá es que, sea cual fuere el motivo, es tan real lo que siento que mis tripas no tardan en empezar el concierto y como si esto fuera poco, un semáforo en rojo termina por cegar sin remedio mis ojos.
Digo siempre que los años me han llenado de paciencia, pero reconozco que en estos casos ni ella me aquieta, así y todo callo y me guardo, y sola y alborotada viajo como puedo a mi centro para masticar el mal momento, para mirar las cosas del derecho y del revés, para cruzarme a la otra vereda y para ser tan objetiva como me sea posible y así evitar que se me prenda fuego la sangre mientras trato de dilucidar entre lo real y lo imaginario y lucho por sacarme el asqueroso y conocido gusto a hiel y bronca que pinta mi boca.
Y sí, algún día tal vez recorra mi barca y descubra que estos tres, se han ido a otro lado a hacer sus salvajadas. Pero por ahora y cada tanto los sigo encontrando, escondidos y elucubrando su próximo asalto para asustarme hasta el infarto.

Escrito en Noviembre de 2013

6 de enero de 2014

El silencio de una sonrisa

“Después de” iba a ser el último del año, pero al leerlo me llamó la página en blanco y entre que me veo obligada a estar quieta por un irrelevante pero doloroso tema, y la lluvia en el tejado, mis manos empezaron a moverse solas y me van llevando por el teclado.
Parece que no pero este verano llegó rápido, y como dije por ahí él también “vive mortalmente condenado”, igual que el respiro que en este momento me estoy dando, igual que todo lo que va pasando.
Sé que insisto con muchas cosas, trato en lo posible de no escribirlas, pero la verdad es que no dejo de sentirlas. Por ahí es porque me di cuenta de que a la historia no es posible olvidarla. Por ahí es la vejez, que cuanto más adelante me lleva, más atrás me deja o tal vez es porque comprendí que así como el tigre no pierde las rayas, mal puedo yo, perder buena parte de mis mañas.
No sé la razón, pero en estos últimos tiempos siento que ando de dèjá vú en dèjá vú, y como una paramnésica total me sorprendo riendo lo reído o llorando lo llorado y no son pocas las veces en las que recorriendo lo desconocido se me hace, extrañamente, conocido por alguno de los lados.
Siempre dije que no es fácil entenderme, porque las cosas sólo son simples en lo profundo, pero llegar ahí no lo es. Por eso la superficie revuelta está tan llena de gente y todo resulta en una maldita complicación cuya única receta para la catástrofe final consta de la porfía de seguir metiendo las patas en el lodo ignorando por completo la inexistencia del retorno.
Pero en el título está el secreto de mi honda simpleza, la cual me permite esquivar, cada vez con más soltura, todo atisbo de locura y mantiene mi centro sin mácula ni negrura alguna.  

¡Ah, cómo me pierdo! Pero esto venía a cuento de que “después de” iba a ser el último relato del año y resulta que no, parece ser que el último nunca está escrito, que hoy todavía es 31 y salió esto, una especie de batido irrepetible y único, un batido raro para mirar de costado y que se parece mucho a todo lo que últimamente destilan mis manos.

Escrito el 31 de Diciembre de 2013

26 de diciembre de 2013

Después de

Y después de “Letras de nada” siento que es menester cambiar los rumbos, mezclar los cardinales hasta marearlos, pintarle las dos puntas de la flecha a la brújula, poner marcha atrás para ir para adelante, decir hola para despedirme, dar vuelta el almanaque, cerrar los ojos para verte, abrir las manos para agarrarte, correr y no alcanzarte, vestirme para bañarme, dejar el café, fumar bajo el agua, escribir mirando el teclado e ir llenando de consonantes la hoja en blanco olvidándome a propósito y para siempre de todas las vocales.
¿No sería divertido volver más petisa, rubia, con calzas de leopardo y botas hasta las rodillas, brillos en el escote, labios púrpura, uñas con estrellitas, aros largos hasta los hombros, pulseritas en los tobillos y risa finita?
Pienso… pienso en cómo voy a darle el giro de timón a mi bote para poder deletrear todas las ideas bizantinas que andan en mi cabeza dele yira que te yira, pero hete aquí que en el “mientras pienso”, un descanso se tomó solo y sin que yo le diera el ok un día el “Word” desapareció del escritorio y la máquina cerrada se fundió con el mobiliario invitándome a no verla, casi diría como una cómplice coincidencia.
Por eso hoy decido dejar la página en blanco hasta el próximo año, mientras lustro el timón de mi vida “casi toda cambiada”, doblo las velas con esmero por si me toca mal tiempo y me tomo con gusto los días que quiero, antes de levar anclas y dejar puerto hacia mar abierto.

22 de noviembre de 2013

Letras de nada

No hay letras. Se fueron.
No hay conclusiones ni yerros.
Estoy sola y sin peros.
Salvo algunos contratiempos.
Pasa nada en mis dedos, sólo esto.
Sorpresa sí, anonadada me siento.
Escribo en mal momento.
Incentivo inspiración cero.
Dedicación intento.
Ni un libro ni un cuento.
Párrafos distraídos.
Más sangrías que completos.
Me pregunto y me “respuesto”.
Letras de nada es todo lo que tengo.

31 de octubre de 2013

Nunca

Si se me hubiera ocurrido hacer una lista con todos los “nunca” que he dicho, hoy estaría ocupadísima tachándolos y riéndome a carcajada limpia de las vueltas que da la vida.
Pero hace un tiempo que los “nunca” se han ido y no es porque así como así hayan desaparecido o porque alegremente haya decidido no decirlos, no, los nunca se han ido justo en el instante en el que la estructura ha cedido y en el preciso momento en el que la flexibilidad, abstracta, suave y madura ha aparecido, mostrándome una infinidad de cambiantes paisajes y no una foto muerta y estática, como todo lo que antes había visto.
Haber decidido no volver a reconstruir lo caído, no planear el mañana y soltar el pasado al vacío me ha permitido, en estos últimos catorce años, caminar por la vida y no vivir esperando que ella pase por mi escritorio a buscar el recorrido.

Y como todo cambia a cada segundo
y salvo la muerte, nada es seguro,
vivo yendo y viniendo el equilibrio,
sin lastres
sin escudos
sin antes
sin mañana
y sin más nunca, aunque esté pisando vidrio.


24 de octubre de 2013

Después de tres años

Se descubre recorriendo la casa a paso lento, como si una melodía suave la estuviera llevando de la mano por la redondez de sus letras y ella pudiera leer en cada movimiento cada nota, cada estrella, cada tecla, cada sorbo de té, hasta llegar a sentir, con cada sílaba, lo mismo que la llevó a escribir.
¡Es una locura! Tres años ya, tres años han pasado y se acaba de dar cuenta del misterioso misticismo de las fechas.
Pasó de taco aguja, viento y anteojos negros, a vestidos blancos, brisa y arena, y en el medio más de mil y una noches, más de cien prosas y entre palabra y palabra incontables y enigmáticos silencios que sólo ella conoce.
Sigue paseando hechizada la casa, mirando nada, tocando cosas, mientras las lágrimas llegan solas, conjugando encuentros y desencuentros, partidas y llegadas, cortinas que supo bajar sin cuestionarse ni un centímetro y entre las manos un tropel de suspiros llenos de secretos que salieron de su centro y que le fueron marcando el camino con mudos gestos.
No atina a sentarse, las coincidencias la han sorprendido, la causalidad del destino la dejó sin habla, con una sonrisa bella en la cara y justo tres años después de aquella sonora carcajada.

22 de octubre de 2013

Vida y lápida

Hoy decidí lapidar en vida a alguien que forma parte desde hace mucho de mis bagayos. Pero no decidí lapidarlo por mí, conmigo pueden hacer cualquier cosa, pero mi sangre no se toca.
No es fácil criar a tres hijos sola, es el desafío más difícil de mi vida y también el camino más lleno de sonrisas y verdades dolorosas de mi historia. Hacerlo no sólo implica comportarme como una señora, no, eso es lo de menos. Hacerlo es callar, aguantar, no maldecir, soportar, sufrir, no mentir, luchar y estar. Estar las veinticuatro horas de los últimos veintinueve años al pie del cañón sin interrupción, sin descanso, sin excusas, tolerando hasta lo indecible y haciendo malabares que no viene al caso enumerar.
Hoy tuve que mirar a mi hijo a los ojos y hacerle entender que no puede perder su vida esperando un tren que nunca salió del andén, pero también le dije que si algo bueno había en todo esto, es la experiencia, y la más clara muestra de lo que él nunca debería hacerle a mis nietos.

Porque la ausencia de uno en la vida del otro
hoy
es la ausencia del otro en la vida de uno
mañana.


10 de octubre de 2013

Máscaras

Hoy leí una frase de François de La Rochefoucauld que dice que estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos. Y me puse a pensar en las máscaras que usamos, en la infinidad de caras que le mostramos al mundo, en los vestidos que nos ponemos cada vez que hablamos con alguien como si fuera tan corriente, tan normal cambiarse.
Pero voy a hablar de mí, porque mal podría hablar de otros, cuando como siempre digo no los conozco, y de un largo proceso que hasta este segundo sigo caminando y que empezó hace ya casi diez años.
En ese entonces yo no tenía ni idea de las máscaras ni de las capas, que es igual a decir, en pocas palabras, que andaba sin consciencia alguna por una vía paralela a la vida en la cual respiraba, reía o lloraba pero sin saber realmente quién era.
Dice el diccionario que una máscara es un trozo de cartón o tela con la que alguien se cubre la cara para evitar ser reconocido, también dice que es apariencia o pretexto, farsa, patraña o hipocresía y que al quitarla se elimina el disimulo y se muestra el verdadero yo.
La máscara es un disfraz y por analogía se usa en psicología y filosofía para explicar de lo que uno es capaz con tal de ocultarse de los demás.
En todo este tiempo y desde que me di cuenta y empecé el proceso, he estado quitando toda la piel de mis caras, y encontré que en cada pedazo se iba algo que ya se había hecho carne. Descubrí también que arrancarlo dolía y que por cada uno que sacaba, una puerta se cerraba a mis espaldas mientras me acercaba en forma inexorable a lo que yo creía era un infierno interminable.
Descubrí con el tiempo que caminar la vida es acercarse a la muerte y que lo que yo creía iba a ser un eterno agujero negro, no era más que yo misma, desnuda frente al espejo.
Decidí que el disfraz no tenía sentido, que aunque me doliera sacarlo era necesario para llegar a mi centro.
Hoy siento que andar por ahí sabiéndome verdadera me hace libre y no me pesa, que verme desnuda y vacía y sin poder volver atrás me muestra que logré derrumbar estructuras que no pienso volver a armar, y que tiré las máscaras y los vestidos porque no necesito volverlos a usar.


8 de octubre de 2013

Dudas

Una vez escribí acerca de las dudas a través de Ella, pero hoy se me ocurrió trazarlas a mí y, como son más un fantasma de la mente al que bastaría soplar para hacerlo evaporar, debería decir que la duda como tal, carece de entidad. Ahora bien, el tema es que no las puedo negar, como tampoco puedo negar que cada tanto y a traición se me filtran en el alma con oscura y perseverante intención.
Si alguien me pidiera que las describiera usaría adjetivos tales como sórdidas, cegadoras, seductoras, altaneras, minuciosas y sumamente persuasivas. También le contaría que, pagadas de sí mismas y seguras de la intrincada madeja que tejen, me han puesto infinidad de veces en aprietos cuando, en un descuido, descubro que he sido timada y envuelta en un tedioso enjambre de hilos, bastante difícil de desenredar.
Insisto en que la duda no es un sentimiento sino un fruto de la mente, un perverso laberinto por el que uno, engañado, camina y encima justifica, convencido de que la maraña no es tal y de que “ellas” son una cierta verdad.
Pero a esta altura de mi vida no quiero ser obcecada y por ello y no sin cierto pesar, debo reconocer que no las puedo negar. Me gusten o no, las maneje o no, las entienda o no, ellas están y son parte del folklore, o si quieren de la piel que nos viste.
La cuestión es la dimensión que uno quiera darles, el espacio que queramos cederles o el caso, en todo caso, que no deberíamos hacerles.

30 de septiembre de 2013

Raíces

Se sienta en uno de los cinco escalones blancos y gastados que pacientes, siempre la esperan. Piernas pegadas al cuerpo y en las rodillas, apoyada la barbilla.
Mira su rosa. Descubrió hace unos días que está llena de hermosos y turgentes botones morados, y piensa en que todo este tiempo la estuvo esperando, mientras se preguntaba, después de trasladarla en pleno invierno y con las raíces heridas, en si lo lograría, cuando lo único que veía eran palos secos sin un hálito de vida.
Piensa en ella, que también se trasladó, y que casi sin nada entre los dedos también se retiró, retirándole la sonrisa, sin darse cuenta, a todo cuanto había alrededor.
Hoy siente que mientras el invierno caminaba lento y los días grises y yermos las envolvían en un luto casi eterno de destierro y palos secos, ambas hundían en secreto y cómplice silencio sus dedos en el suelo para poder llenar de pétalos y sueños las cálidas noches de enero.



20 de septiembre de 2013

Cuesta reiterativa

¿Por qué titulé “Cuesta reiterativa” a este relato? Por muchos motivos, sentidos como todo lo que escribo, en donde nada es inventado ni falseado y lo que suena en el teclado es lo que siento sin intervalos. Así de simple y claro, ahora sigamos.
Hoy pensaba que decir que estoy bien sería, lisa y llanamente, mentir. La verdad es que las cosas están bien, pero yo todavía no aterricé, y si hay algo que no puedo hacer es disimular y sonreír todo el día como si fuera una tonta, porque no sólo se me nota, sino que aparte no aporta.
¿Me quejo de llena? Tal vez, pero nadie está en mis pies.
¿Debería ya haber pasado todo? En teoría sí, pero la práctica dice otra cosa.
¿Fui yo la que elegí este camino? Sí, y estoy en paz con la decisión que tomé.
¿Y entonces por qué todavía no aterricé?
Porque parece que no es fácil despojarse de la piel y porque la inercia hace que siga buscando el tacho de basura en el rincón y porque en el despegue no pude medir ni vi venir lo que iba a sentir.
La cuestión es que todavía estoy acá, con muchas preguntas, muchos porqués, mucha paciencia, mucho pucho y un montón de café.

6 de septiembre de 2013

Ambigüedades

Se sienta con la espalda pegada a la pared y se abraza las piernas. Atenta, escucha un interesante diálogo que se ha filtrado a su lado, aprovechando este momento que, como todos, vive mortalmente condenado.
La muda conversación que la tiene atrapada es un fantástico cruce entre su dios y su diablo, el cual transcurre sin pausa, en un silencio suave y liviano, que la tiene a ella como única escucha, cómplice, testigo, juez y jurado.
Preguntas y respuestas vuelan en el aire como saetas y se incrustan, ajenas, en ningún lado. Sólo la raíz de un reverencial respeto hace que nadie, de todos, le ceda su terreno al otro.
Ella los mira entre extasiada y abstraída, ajena por completo a su protagonismo, el cual, por otro lado, es el que ocasiona este duelo del que no se hace cargo, pero porque hoy está simplemente mirando y no le importa explicarse cómo es que adentro suyo moran voces tan disímiles, una tan lógica y recta y la otra tan llena de nada, tan vacía, tan sonriente y a la vez tan certera como la primera.
Ellos creen que la tienen entre las cuerdas, pero ella, impávida y fría, sólo los observa. Sabe que ninguno va a ganar en esta reyerta y que las preguntas y respuestas quedarán suspendidas en el vano de la puerta, hasta que el tiempo, viejo y sabio, venga despacio y con paciencia, las disuelva.


29 de agosto de 2013

Descripciones

Soy una señora. Una mezcla de Godiva, Jolie, Bovary y chica Almodóvar. En la cacerola hay una pizca de todas pero el guiso tiene gusto a “mí” sola.
No sigo una línea. Zigzagueo en la vida, con el “tal vez” instalado y el “nunca” mutado en sonrisa.
Hoy estoy, mañana no sé ¡Bah! Eso siempre fue así, pero por lo menos ya lo entendí.
A veces voy y a veces me llevo. Más voy, porque el me llevo es “debo” y de él trato de huir lo más que puedo.
Entendí esto de la acción sin acción, lo del efecto. Todavía me cuesta pero me tomo el tiempo, aunque a veces me llene de desespero.
Me gusta el negro. En el café, en el té, en los autos y en la ropa. Debe ser porque nací en la noche que el oscuro me llama, como me llaman el fuego, los caballos, las soledades y los silencios.
Soy rutinaria y me molesta el desorden, el propio, claro, porque el ajeno me tiene sin cuidado.
Perceptiva cuando tengo ganas, cuando estoy centrada.
Uno de mis tesoros son mis tiempos y porque son míos los uso, los dejo o los pierdo pero siempre por mí, en eso mi egoísmo es asqueroso.
El otro tesoro es mi paciencia, de ella huelga decir que no hay nada que haya probado que sea a la vez tan dulce y tan amargo.
También soy lenta, pero me salva esto de, en algunas cosas, no dar vueltas.
Llena de defectos que no sé si balanceo y que sí acepto. Pero porque entendí que es lapidario no hacerlo, como es lapidaria la estructura de la que carezco y que no me permitiría el cambio.
Trato en lo posible de mirarme en los demás como en un espejo, y reconozco que muchas veces me resulta doloroso.
Negocio y hago trueque. Soy cómplice y complaciente. Algo así como una planicie en pendiente.
Estoy, pero cuando me voy, desaparezco para siempre.
Mis manos hablan y dicen lo que mi alma. Algunas cosas escondidas a la vista son más que directas, es sólo cuestión de entenderlas. Pero nunca los susurros de mis dedos son conversaciones pendientes ¡eso jamás! Si tengo algo que decir lo digo sin rodeos y en ese momento no pienso. Si hay algo de lo que carezco es de la diplomacia en cuanto a lo que siento.
Yo no sé si es posible entenderme, pero suelo avisar que el silencio obvio es catastrófico y que mis palabras no son más que una licencia que me tomo como algo jocoso.
Por eso digo que soy una mezcla, una mezcla rara de tacos y alpargatas, maquillaje y cara lavada, tapado italiano y camperas usadas, medias gastadas y remeras manchadas, silencios y carcajadas, nudos en la garganta y calma, pasión y aspereza, bronca e indiferencia, y la verdad es que a veces todo me llega y esquivo balas a diestra y a siniestra y otras nada me interesa.
En fin, como dice mi madre: Soy “una mezcla rara de Musetta y de Mimí”, una loca cuerda, suelta por ahí, que escribe sólo por el gusto de escribir.



Sensibilidades

Hay días en los que todo me resbala y nada me mueve ni me produce escozores, es como si estuviera encerada, lejos de todos y cerca de nadie. Pero hay otros en donde hasta una caricia me mata. Son esos momentos en los que quiero perder a propósito la memoria, cortar de un hachazo los cuestionamientos y hacer desaparecer del vocabulario los porqués, los cómos y los entonces. Pero no puedo, no es algo que esté en mis manos, no es volitivo, es simplemente algo sentido en donde la mente no entra por más que haga el esfuerzo de repetir como un loro el “no debo” dichoso.
Sentir forma parte de otro universo, y lo que siento en esos momentos en donde la cera se derrite y el “a flor de piel” aparece, no puedo evitarlo.
A veces suelo hacerme la distraída pero no tarda mucho en volverme a la tierra el puño de fuego en la boca del estómago, y no es por la cantidad de café que tomo, ni por todo lo que fumo, no, la realidad es que “la realidad” es siempre un bicho enorme e inocultable que ni siquiera puedo disfrazar.
Pero pasa, yo sé que pasa. Es sólo cuestión de esperar que los días se lleven esa parte del vocabulario que no puedo hacer desaparecer ni perdiendo a propósito la memoria y que hoy no me nace hachar.


27 de agosto de 2013

Intemporalidad

Camina relajada. No hay anteojos, taco aguja ni lluvia, sólo pura soltura.
El viento borra los pasos que ella deja en la arena blanda, como se borran para siempre los segundos cuando pasan.
No hay una forma, no hay palabras y sí un sentido imperceptible y casi tímido que le muestra que la manera concreta no existe, porque en este lugar no hay espacio para la lógica, ni para las letras o las voces dando explicaciones.
Lo que siente no se ve ni se toca, al fin lo insustancial es lo que mueve las cosas y las acomoda.
Y así, sin pausa ni medida cierta, el sutil intemporal presente, va dibujando y desdibujando esta pintura, y el viento se la va llevando, sin prisas y con toda soltura, como se lleva las huellas que ella va dejando en la arena.

13 de agosto de 2013

Vagabunda

Sale descalza y se sienta. Eléctrica, se agarra el pelo con las manos y lo retuerce para que no se le pegue en la cara.
Un saco largo y viejo de lana colorada la aleja un poco del viento, pero el frío, implacable, se cuela igual por entre los puntos abiertos.
Todavía tiene la mirada perdida, está como nublada, ausente, lejana. Le cuesta concentrarse, alinearse y ordenarse y aunque el alboroto ya es casi un susurro imperceptible, siente que después de tantos años de escucharlo, no puede sacárselo.
Pero hoy no es sólo eso lo que le molesta, y enojada, entra.
Se para en el medio de la sala con los brazos en jarra y se observa. Algo le falta. 
Es su sonrisa, que no por nada, se está haciendo la vaga.

7 de agosto de 2013

Otro lugar

Estoy en otra mesa, en esta “otra”, ya mi casa. Hice de un rincón de ella mi escritorio, por ahora itinerante, en donde descansan mis dos gruesos diccionarios, la taza de café y una violeta de los Alpes con flores blancas que me mira mientras escribo pero que no me habla. A mi izquierda están mis papeles, un puñado de héroes que lograron no hace mucho la increíble hazaña de escaparse de las llamas, y también me acompaña, infaltable, el segundo cigarrillo del relato que, acostado en el cenicero, espera tranquilo mis pitadas mientras hago el esfuerzo de viajar a mi centro.
Me miro, estoy más tranquila, más sosegada y sin embargo sigo disgregada y un poco desordenada.
Me hundo más adentro, trato de escarbar para ver lo que hay, pero es dura la última capa y necesito tiempo para volverme a hallar.
En el camino de este corto viaje, me encuentro con mi paciencia. Está sentada. ¡Pobre! Le pedí tanto estos últimos años que se quedó sin aliento después de tanto desencuentro y ¡tanto remo! Y allá está mi alma, la veo algo lejos y llegar a ella me cuesta. Entre nosotras se interpone este cansancio tan destilado que tengo, artífice innegable que impide que nos toquemos.
Aguzo el oído y hago mutis de pensamientos. Oigo que afina los instrumentos la orquesta. Sonrío. ¡Al fin se están encontrando las corcheas!
Observo con detenimiento a mis amadas manos. Me duelen. Están ajadas, lastimadas y secas pero aun cuando sangran, no cejan.
Miro para abajo. El suelo yermo se está quebrando, signo de que algunas semillas están brotando…

Acabo de dar una vuelta por mí.
Afuera hay orden
pero adentro pasó un huracán.

Y en este maremágnum sin precedente
que me dejó el sabor de la hiel en los huesos
el frío del hielo en el cuerpo
el pelo lacio revuelto
y en donde jugaron conmigo sus vientos
como si yo fuera un muñeco
desarticulando cada uno de mis pasos
sacándome el piso a cada rato
y tirándome al abismo sin asco:

crucé el puente
corté las sogas que me estaban ahorcando
y ahora que terminé

me estoy buscando…



6 de agosto de 2013

Los relatos y yo

Sigo revisando bagayos y hoy le tocó de vuelta el turno a los relatos, a todos los que ya escritos, siguen flotando entre el antes y el ahora, como brotes que no llegan a hoja o minutos que no suman para hora.
Pero, y como siempre hay un “pero”, por instinto los dejo, y es que me da pena borrarlos, porque de muchos me gustan pedazos, a otros sólo les falta el último coletazo y todos esbozan un tiempo y un estado y me remontan y riman y a Ella o a mí nos pintan.
Les cuento que a veces me tienta publicarlos, así como están, sin tomarme siquiera el trabajo de arreglarlos, pero mucho me temo que la confusión resultaría peor que el entripado, aunque avisara de antemano que al leerlos podrían morder el asfalto y caer a los tumbos y sin remedio por el acantilado.
En fin, con ellos hago lo mismo que conmigo misma, se los doy en las manos a la vida y me siento, y cada tanto los leo, y espero.
Espero porque, como dicen, “todo es por algo” y por eso algunos tienen sólo el título (como mi vida) y el resto de la hoja está en blanco…



23 de julio de 2013

Los fuegos

Cuando sentada en la cocina de mi casa aquel diez de junio, decidí darle al “antes” un final, me dispuse a revisar todo lo que “prolijamente olvidado” había guardado ni yo sé a qué destino destinado.
De muchas de esas cosas me desprendí sin más trámite que un “ya fue”, pero con otras dudé y hete aquí que mientras la pila de lo que se iba crecía, la de lo que se quedaba no se achicaba, hasta que llegó el momento en donde no había más “lo que se iba” y no tuve más remedio que enfrentarme con la que se quedaba. Parada en la cocina reconocí que estaba en un atolladero y que más vueltas no iban a resolverlo.
Nada mejor para estos casos que la contundente y certera bala entre los ojos de mi hijo mayor, a quien recurrí  explicándole en un par de palabras lo que me pasaba. Su contestación fue concluyente: “Dáselas al fuego, son tus cosas, a vos te corresponde el entierro.”
Entonces me senté frente a la chimenea, íntima y serena, y en reverente ritual convertí en cenizas todo aquello que había acumulado durante años. Se fueron entre lenguas de fuego desde dibujos de mi infancia hasta fotos y cartas, partieron citas y poesías que con paciencia y hermosa letra había escrito en tinta china y cuadernos repletos de lágrimas y penas. En polvo gris se convirtieron libros enteros, sobres con recortes, lápices de colores, agendas obsoletas, cestas, flores secas, música, nombres, muchas caras y algunas viejas cuentas.
Entendí durante el fuego que no necesitaba una muñeca para recordar a mi padre, ni la fotocopia de una mano para pensar en mi hermano, ni un chupete rosa para sonreírle a mi hija, ni un dibujo de líneas rectas y colores para sentir a mi madre, ni un te amo dibujado para mirar a mi hijo menor y menos un gancho celeste para volver a parir al mayor.

Solo sé dos cosas con seguridad: una es que voy a morir y la otra es que adentro mío hay cuarenta y seis años que no puedo volver a tocar y que, intransferibles, son imposibles de olvidar. 

19 de julio de 2013

Humo

Es temprano y tengo algo de tiempo. Afuera brillan diamantes de escarcha y sobre el agua, una bruma blanca hace “fiaca” mientras espera que el sol la saque de la cama.
Desde hace días siento que un silencio suave y blando se cierne sobre mis manos, tal parece que a mi alma se le cerraron las páginas y yo me quedé sin palabras. Es por eso que se me hace cuesta arriba la hoja en blanco, pero es costumbre de ambas llamarnos y así es como nos sentamos, las dos en el mismo banco, cruzamos las piernas y entre café y café “con-jugamos”.
Últimamente se me están haciendo escasos los segundos para sumergirme en mí misma, pero no me he perdido, sé que este “nadar afuera” es la bocanada de aire que necesito para afinar la orquesta, para que la desesperación mute, para que la paciencia descanse, para que el camino se despeje, para que la luz me muestre, para que las cortinas se abran, para que caminar descalza no duela, para que el frío se derrita y para juntar los pedazos de mí que han quedado regados por ahí.

Hoy ya estoy sentada en la otra orilla y, junto a lo poco que ha ido a la par, estoy viendo cómo se termina de quemar, junto a los maderos del puente que acabo de cruzar, todo lo demás.

13 de julio de 2013

Eco

Entro. La casa está vacía. Paseo los espacios y no hay ladridos ni risas, sólo escucho el eco de mis pasos que confirman que los recuerdos no están escritos en un ladrillo, sino adentro de mis bolsillos.
La verdad es que no siento el dolor de la partida, pero debe ser porque raramente me fui yendo sin irme con el cansancio de los días.
Hoy estoy sentada en “otra mi casa”, sola pero acompañada, tengo las piernas cruzadas y descansan sobre la mesa la taza de café vacía y el cenicero lleno de colillas. La luz que entra por los ventanales ilumina mis manos y la lluvia bendita toca monótona una melodía que hace que de a poco mi alma tullida vaya despertando de nuevo a la vida.

Se fueron hace unos días más de veinticinco años de historia
  y algo así como mil vueltas alrededor de la tierra
de pasos en la cocina.
Me llevo entre la ropa
las lágrimas de escuchar aletear fuera del nido a mis crías
las de ver partir para siempre a mis negros
y las de haber echado al río dos sortijas.
Se quedan en los rincones
los susurros de conversaciones dolorosas
la toma de duras decisiones estando sola
y las risas más hermosas de hasta acá esta historia.

Hoy la casa es la cáscara de la jugada más larga,
es la mitad de mi vida cerrada
y el jaque a la reina que tanto esperaba.

1 de julio de 2013

Escombros e historia

Hace mucho que me estoy vaciando, varios años, nueve para ser exacta. Empecé afuera, intercalé con el adentro y navegué entremedio. Hubo momentos de oleaje intenso, otros fueron menos densos pero los cambios se notaron hasta en mi cuerpo. Las huellas son imposibles de ocultar, tengo marcados a fuego la piel y los huesos, pero mi alma, cansada y algo silenciosa, está intacta.
Cada día, desde la decisión del cierre, estoy menos llena de “cosas”, tirando los últimos lastres por la borda y desatando los cabos que me mantuvieron detenida en este puerto gastado y deshabitado, otrora mi refugio y mi nido, ahora vacío.
Parto casi sin nada, muy poco es lo que me llevo, en un ladrillo no están los recuerdos. Ellos viajarán en mis bolsillos adonde quiera que vaya y serán míos hasta que dé el último suspiro.
La puerta del “antes” rezonga mientras se cierra, como rezongan a cada paso mis piernas cansadas, mi espalda anquilosada y mis manos paspadas.

Algunas lágrimas ruedan por mis mejillas
y mis ojos verdes brillan
pero una mano cálida me sostiene,
es la otra mitad de mi vida.