5 de julio de 2022

Sana risa

Recién terminé de releer el relato “La máscara” y no puedo parar de reír. Y es que la sensación que me genera esta sonrisa es la de haber sanado y cerrado una historia y una dolorosa y profunda herida.
Busco hace tiempo este momento, y al igual que un minero que busca oro y lo encuentra, así tal cual es como me siento.
Dice por ahí la liturgia filosófica y también la retórica psicológica que cuando uno se ríe, la etapa está cerrada por eso huelga decirles que esta sensación de paz que me da la libertad de volver a ser yo misma, hasta hace poco ni siquiera era parte de mi imaginación. 
Me prendería un cigarro, miren lo que les digo, y me tomaría un café para festejar, pero vamos a darle tiempo a la vida, ya voy a encontrar quien me dé esa pitada mientras beso sin vergüenza el café de otra taza.



No creo que tenga que entender

El motivo de esta catarsis es una sensación que hace que mis dedos se deslicen suaves y sonrientes por el teclado mientras un té espera mi atención y el silencio se instala como mi único querido al lado mío, y por ahora también, como mi único lector.
Hoy quiero contarles que hace unos días recibí una de esas sorpresas que la vida me reserva, y fue tan rara que solo me quedó el perfume y en el aire un millón de palabras que no fueron dichas porque el tiempo apremiaba.
El respeto, eso sí, mantuvo la distancia, pero la intención contenida y lo que decían nuestros ojos pasaron durante cada segundo, todos los semáforos en rojo.
No tengo ni idea del porqué tan conveniente, ni tan ajustado al momento por el que estoy pasando, pero se me invitó con un acento encantador a no pensar y dócil, como jamás, decidí aceptar.

23 de junio de 2022

La máscara

Hoy hace frío, mucho frío y recién llego. La cartera está en el piso de la entrada, la campera tirada, las botas mal acomodadas, las uñas más que blancas y en las tripas una urgencia incontenible de exorcizar con las manos lo que siento que me pasa.
Les cuento que recién vi a un fantasma mientras venía de camino a casa. En un segundo levanté la vista del piso y ahí estaba, a un escaso metro de mi aura. Confieso que la mirada fue de menos de un instante, pero bastó para que me lo trajera en andas cuesta arriba cuatro cuadras pegado como una garrapata a la retina de mi alma.
Al llegar dejé todo y fui a mirarme la cara. Mis ojos me dieron la tranquilidad que esperaba.
Después me paré en el medio del living, mis libros y mis papeles yacían prolijamente desacomodados como yo los había dejado.
Entones me puse las pantuflas viejas y peludas que él tanto detestaba y envuelta en mi amada manta de silencio, miré las cuencas vacías de su máscara, despegué sus garras de mi alma y lo tiré por la ventana.

18 de junio de 2022

Demasiada nada

Hoy no quiero evitar el contexto, por eso les digo que tengo las uñas blancas, que ni bien termine de hacer catarsis me subo a los tacos y parto y que por supuesto visto por completo hasta los pies de negro.
El título tiene que ver con mi presente decidido y, también debo reconocer, algo obligado, sepan ustedes que las cosas están siendo intensas y muchas no solo no tienen sentido sino que yo de tanto revolverlas las mareo y creo que es por eso que en estos largos, larguísimos y enloquecedoramente meditativos días, he logrado chocar conmigo misma, tanto en el espacio infinitesimal en el que vivo como en el cuerpo que habito.
Quiero decirles que el golpe me tiene atontada, que me he tragado años de mis propias palabras, que escupí a mansalva “sonrisas de tolerancia”, que grité los silencios más prolijamente guardados, que me encontré llena de ira en los lugares menos pensados, que me bajé de trenes ajenos a los que me había subido sin boleto y también que tiré y sigo tirando basura solo dios sabe de cuántos y de cuándo.
Transito por este tiempo uno de los tantos senderos oscuros de mi alma, esta vez sin fuerza en los pies ni en las manos, más sola que nunca, más añosa, sin los apegos que me dieron cimiento, con la cabeza casi vacía de letras y con un cansancio extraño que me arrulla y me invita manso a acurrucarme en sus brazos.
Después de cumplir los cincuenta y cinco algo detuvo bruscamente mis pasos y me obligó a decir “basta” y, aunque un par de meses antes escribí en un relato que la inquietud se respiraba, me sorprendió la frenada.
Lo de “demasiada nada” es relativo, otro día se los explico, ahora me esperan los tacos y una realidad rara que me frunce la nariz y me tensa la espalda.

7 de abril de 2022

Tres palabras

En estos tiempos que corren hay palabras que se pusieron de moda y adquirieron a fuerza de repetición, una notoriedad que en realidad no tienen.
La verdad es que sin ningún tipo de criterio se están convirtiendo en verdaderos templos bajo los cuales cualquiera puede decir o hacer lo que se le ocurra, mientras el resto repite como un mantra las sagradas palabras y deja pasar como si fuera una brisa fresca de verano, la incontinencia verbal y el comportamiento nefasto de verdaderos discapacitados emocionales.
Tengo que reconocer que yo misma me subí a esa barcaza sin rumbo hace un tiempo, pero me bajé cuando vi que solo era el otro extremo y por supuesto más de lo mismo. 
Señores, “tolerar”, “fluir” y ser "empáticos" puede resultar una postura de evolución y superación personal, pero antes de que así sea tenemos que establecer criterios que entiendo que no estamos preparados para gestionar porque, si así fuera, no solo no las soltaríamos tan alegre y estúpidamente, sino que esto que estoy escribiendo no tendría lugar.

21 de marzo de 2022

El altillo

Les confieso que este relato lo empecé más de cinco veces, por eso ahora y sin ningún preámbulo, pero más que nada porque quiero hacer catarsis, les cuento que después de catorce largos meses logré entender, procesar y dar emocionalmente por terminado lo que me pasó en estos nueve años de matrimonio.
Reconozco sin ningún tipo de pudor, que en el “mientras tanto” lloré y odié como jamás en mi vida, que maldije lo indecible, que aticé el fuego de la venganza hasta casi costarme mis propias pestañas y que no hubo ni un solo día en el que no me levantara y me acostara sangrando por alguna herida o mascando pedazos de esta interminable pesadilla, pero llegó el momento y una foto que vi por ahí ofició la magia y pude cerrar la bendita caja.
Estoy lejos de agradecer ni un solo segundo tanto dolor, rumiar todo ese espanto fue duro hasta el asco, como ya les he contado, pero este es el final.
Yo, por mi parte, estoy volviendo a vivir mis sonrisas, mis amados silencios, mis pantuflas, mi bata, mi cara de “no me hablen” de las mañanas, el exquisito vicio de escribir tarde en la noche y sobre todo la claridad de mi indudable valía y la belleza de saberme yo misma.
Hoy mis tripas, después de tanto están tranquilas y la caja, llena de papeles y voces, pero vacía de toda emoción, descansa en el altillo de mi vida, del que a veces les hablo, para siempre y a buen recaudo.
Se termina en este mismo momento un tramo de mi historia, les agradezco la paciencia y sepan que después de estas palabras que me urgían para darle un cierre a este largo concierto, no habrá más letras al respecto.

26 de febrero de 2022

Relatos anacrónicos

Voy a hacer una sección de relatos anacrónicos y en los márgenes tal vez garabatee algunas aclaraciones, porque total ya no hay peligro, es más, hasta podría poner el motivo por el que pasaron al olvido.
Y es que no se imaginan la de infidencias que hay en esos párrafos que quedaron en la gatera, ni la cantidad de historia, ni las muchas sonrisas que se me dibujan en los labios cuando los releo y recuerdo el momento y mi estado cuando los estaba escribiendo.
Confieso que no sé bien qué hacer con ellos, es más, tienen su propio lugar, como lo tienen los caballos viejos que pastan rengos como alma en pena entre las letras que están creciendo.
La verdad es que no puedo borrarlos porque siento que los mato y aunque a veces de alguno de ellos hago un vástago, reconozco que al resto los conservo con infinito apego, sí apego, porque este último tiempo he dejado tanto, que lo único que me queda son las letras y los espacios que hay entre ellas, mis silencios amados, los brazos en los que me acurruco cuando el mundo se pone áspero y yo necesito un descanso.

9 de enero de 2022

La prueba

No voy a poner el relato en contexto, mi hija me dijo el otro día que era una estructura y hoy decidí romperla, así que voy a ir de lleno a los acontecimientos.
Hace poco más de seis meses apareció en mi vida, salida de la nada, una persona que, demás está decir, salió de ella hace tan solo unos días.
Lo que pasó ya es una anécdota, lo que me pasó fue algo así como “la prueba del algodón”, extendida en el tiempo.
Hacía ruido, desde el primer momento les juro que esta persona fue un sonajero en mis oídos, pero fiel a mi estilo, desestimé cada sonido.
Ahora sé que ante cualquier evento, situación, palabra o gesto que suene desafinado tengo que detenerme y revisar, por eso me voy a hacer cargo solo de ese mecanismo que hasta hoy me llevó, sin ningún tipo de condición, a dejarlas pasar a mi vida.
No voy a entrar en ese cliché de agradecer todo lo que me pasa nada más que porque viene para enseñarme algo, bajo ningún punto de vista convalido esa justificación. Solo voy a decir que espero que ésta haya sido mi prueba del algodón y, algún día tal vez, cuando no tenga ningún tema acerca del que escribir, me siente frente a la máquina y les cuente cómo es que el maravilloso y perfecto mundo Disney está a tan solo diez kilómetros de mi casa.

3 de enero de 2022

Cicatrices

Es tarde, muy tarde y la verdad es que hoy no iba a escribir.
Estoy en pijamas, pero no estoy sola, me acompaña la más justificada de las ganas de prender el único cigarrillo que todavía conservo vaya a saber alguien porqué.
La cuestión es que desde hace días siento en el aire el sabor de la incierta y tensa calma que precede a una tormenta. No puedo definir qué es lo que está pasando, solo que no me hallo, que estoy inquieta y descompaginada, como si un vendaval le hubiera borrado los números a las hojas del libro y yo no pudiera acomodarlas.
Me molesta todo y nada al mismo tiempo y es tal la locura que cuando los espacios del departamento se hacen infinitesimales, solo me subo al auto y manejo a ningún lado.
Así de “border” estoy.
Le eché la culpa a la navidad y al fin de año, fechas contra las que me peleé toda la vida, como si en realidad fueran algo más que una estupidez. También acusé a la luna llena y como no me alcanzó le puse una ficha a la situación escandalosa, y a esta altura risible, que viene atravesando el país desde que nací.
Es tal mi desajustado estado que llegaron mis cincuenta y cinco y ni siquiera les dediqué unas letras como suelo hacer todos los años, solo llegaron, me vieron así y en completo silencio se instalaron.
Al fin entiendo que hay emociones que siguen atravesándome y que ya no quiero sentir, y creo que es eso lo que me tiene a mal traer, la verdad es que todavía tengo pedazos de infierno pegados en la piel y me arden tanto que no sé qué hacer.

13 de diciembre de 2021

Furibunda

Son las cinco de la tarde y sé que es una hora rara para escribir, pero una catarata de “pensaciones” y un comentario que recibí son los responsables de que esté en zapatillas, sentada al lado de la ventana y con las uñas pintadas de blanco disimulando los puños apretados.
No puedo siquiera imaginar el criterio que usa una persona, allegada a mí por cierto, para hacer comentarios tan poco felices y tan fuera de contexto, la verdad es que a pesar de tener herramientas para tapar este tipo de agujeros, hoy no tengo ganas porque ya estoy cansada de toda esta porquería ajena vomitada sin ningún tipo de permiso ni disculpa sobre cualquiera ¡harta!
¿Puedo entender estos comentarios? Si, sin duda alguna puedo entenderlos, justificarlos y hasta ignorarlos, pero ¿saben qué? siguen doliendo, siguen estando en el aire y sobre todo siguen siendo una mierda con todas las letras.

26 de noviembre de 2021

Hablando sola

Les cuento que ni siquiera sé cómo empezar el relato, pero créanme que mientras sonrío y busco cómo poner esto en contexto, mis dedos se deslizan sobre el teclado, ajenos por completo a lo que “ni sé qué” siento.
La verdad es que esta noche me subí al auto y, gesticulándole al aire cada letra como si fuera una loca, volví a casa como nunca antes en toda mi historia, hablando sola.
Quiero decirles que señores raros en todos estos años no me han faltado y éste no podía ser la excepción teniendo en cuenta que estaba signado por la catástrofe desde que inició, pero así, así como lo extraño que pasó hoy, no me lo esperaba y no solo me cuesta contener la carcajada sino que repaso cada palabra y no gente, no le encuentro explicación.

19 de noviembre de 2021

Un cigarro

Hoy quiero fumarme un cigarrillo, uno solo, y perderme para siempre en el humo frente a mis ojos, porque ya no quiero ver ni verme porque me duele y estoy cansada, y porque quiero irme lejos adonde nadie sepa quién soy, adonde la excusa de la distancia le haga perder a lo sabido el rigor.
Estoy harta de la parte de mi que enarboló la bandera de la tolerancia, de la justificación, de la explicación y de la sumisión, harta de la envidia que se esconde detrás del juicio, harta de ese “siempre sos la contra” que escuché toda mi vida, harta de sentir que están esperando que falle para verme caída, harta de escuchar mentiras, harta hasta más no poder de la crítica.
Estoy tan harta y tan agotada que recién ni siquiera atiné a correr, solo me quedé mirando ese maldito garaje vacío y en un segundo se me llenó el alma de asco por haber permitido tanto.
Por eso hoy necesito ese cigarro entre los labios y a mis hijos y a mis negros cerca y el sol en la cara y las piernas cruzadas y la pared de la casa que tanto extraño pegada a mi espalda.

29 de septiembre de 2021

El día después

Es demasiado temprano, no existen a esta hora los tacos y hasta les diría que ni siquiera es mi espacio, aun así siento que es momento de evaluar los daños.
Hace unos días tuve la última conversación mortalmente condenada de hasta acá estos nueve años y déjenme decirles que a pesar de conocer el paño de estos diálogos fusilados, tardé en recuperar el garbo más de lo acostumbrado.
Hoy estoy sola, lejos de tanto asco y más tranquila, pero mascando lo que viví como si fueran hojas de tabaco y pensando que en la vorágine no solo fui insultada y descalificada como siempre hasta el hartazgo, sino también intimada a dejar de escribir estos relatos, cosa que no voy a hacer claro, y menos viniendo de la persona que me ha visto llorar tanto y jamás hizo nada para evitarlo.

14 de septiembre de 2021

Otra vez, esta vez

Otra vez son las cuatro de la tarde, otra vez tengo las uñas pintadas de luto riguroso y otra vez tengo hartos los ojos.
También otra vez acabo de decirle basta y ponerle punto final a la crónica de la muerte más largamente anunciada en toda la historia, porque ya no doy más y porque se me terminaron las buenas intenciones, la compasión y me queda muy poco para la estocada final que hasta acá me negué a dar.
En verdad me cansé, hace diez meses que estoy a los saltos y me duelen los pies y no me importa lo que pase de ahora más, mientras pueda olvidar cada cara, cada falta de respeto, cada palabra hiriente, cada reproche, cada señalamiento, cada juicio y cada intento de manipulación con el solo objeto de mantener alimentada una personalidad psicopática narcisista fruto de un sufrimiento y maltrato del que yo no tengo nada que ver.
Ya dije en el relato anterior que no tengo ganas de entender, pero tuve que estudiar todo esto para no ser arrastrada y mantenerme en pie y les aseguro que no me voy a caer.
No hay más tela que cortar, no existe en el mundo argumento que valide esta locura de la que accedí a ser parte y por eso asumo mi responsabilidad.
Me queda drenar lo que resta hasta el final y escribir hasta que no haya más.
Acabo de pegar un portazo a nueve años de mi vida, y estoy parada, con la espalda pegada a la puerta que se cerró, llorando y con el estómago apretado de dolor.
Esta vez se terminó.

13 de septiembre de 2021

Fechas (escrito el 12 de agosto de 2021)

Estoy sola y es tarde, sobre la mesa ratona hay un vaso con agua y debajo de ella los tacos, que volaron cuando entré y que quedaron olvidados porque todo pasó demasiado rápido desde alguna hora de ayer. 
En este momento siento que no hay palabras, que no necesito aire, que mis manos no son las que están sobre las teclas y que la realidad está fuera de este planeta.
Tengo claro que esta locura vil, perversa y ajena ya no la quiero entender, pero otra vez me rozó sin que me diera cuenta y revolucionó mi sonrisa y de pronto me vi en sueños navegando el rumbo que había abandonado y desperté ahogada y a los manotazos buscando en la oscuridad un paquete de cigarros imaginario y arrancándome del cuerpo todo un montón de asco.

Hoy hace un mes de esto, y quiero decir que cada vez que rememoro estos ocho años, solo pienso en que pude salir a tiempo, justo antes de que se borraran para siempre de mis labios las sonrisas que de a poco voy recuperando.

28 de agosto de 2021

Devaneos y locura

Son las cuatro de la tarde, no hay tacos ni uñas negras y sí la urgencia impostergable de catarsis.
Hace unos días, una cadena de eventos por demás innecesarios que terminaron con setenta y dos horas de desvaríos imprudentes que iban del devaneo amoroso al desprecio despiadado pasando por la mentira, la ofensa, la soberbia y el descaro, me dejaron parada y sin palabras en el medio de un océano de nada.
Tan descomunal fue la vorágine de cinismo y locura y tan grande mi sorpresa que todavía estoy tratando de entender el juego perverso, la trama macabra, la cara impostada y las palabras inventadas y sigo sintiéndome desorientada.
Quiero decir también que a pesar de mi desconcierto esta vez no fui arrastrada ni manipulada, no se me cayó una sola lágrima, no se me estrujó la boca del estómago ni se me hizo ningún nudo en la garganta y aunque hubo instantes en los que sentí sed de maldad y venganza, me bastó mirar cómo y en dónde estaba para que la sensación se evaporara.
Ya pasaron más de quince días de ese para siempre inolvidable 11 de agosto y la verdad es que cada vez que me acuerdo del nada necesario e infantil arrebato, me felicito por haber conservado el garbo y sobre todo por no haberle hecho caso a mi maléfico diablo.

6 de julio de 2021

La cuerda

Hoy huelga la introducción y la puesta en contexto del relato, solo basta con decirles que me fui a mi centro nada más que para observarme un rato.
Si tuviera que explicarles lo que vi, dibujaría una cuerda suspendida entre dos paredes abismales perdidas entre la niebla a metros de altura, en el medio y haciendo equilibrio y, sin más aliento que imperceptibles susurros, yo sola, como jamás he estado.
Ni antes ni ahora hubo un solo plan.
Fui movida nada más que porque sentía la urgencia de volver a encontrarme conmigo, con mi sonrisa, con mi alma y con Ella y sus cinco escalones gastados.
Esta vez todo es diferente, no hay una sola cosa que me sirva de parámetro, no existe cuestionamiento que no me haga ni puerta que no abra y los miedos, que en estos meses me di cuenta que tenía, la vida se está encargando de matarlos.

18 de junio de 2021

Difícil

Empiezo así de golpe, como con un portazo.
Señores, la teoría del maestro zen al que le pasan cosas y se queda mirando el vacío con sonrisa de Gioconda no me sale.
He leído, escrito, comulgado, predicado y aleccionado acerca de esta cuestión un tiempo largo, pero tengo que reconocer que en el momento de ponerlo en práctica se me escapa la tortuga más veces de las que quiero reconocer y hoy no fue la excepción y entré, cegada por la ira y llena de pánico a zona de guerra y mientras me lamentaba y maldecía oía cómo se iban cayendo una a una todas las cosas que en estos meses fui acomodando.
Sepan ustedes que aun sigo algo furibunda y también un poco chamuscada pero logré salir de la sensación mental de desastre con la tortuga bajo el brazo.
Sé que el precio que pago por irme al futuro es altísimo, casi tan alto como el que pago cuando me voy al pasado, pero es evidente que a veces no puedo evitarlo.
En fin, un día de extremos, de todo negro, de todo malo, de todo feo.

28 de marzo de 2021

Mi momento... tu momento


Son la 1.33 am., estoy vestida de negro hasta las uñas, no llevo puestos los tacos y no hay té sobre la mesa, lo que sí me prendería un cigarro pero más que nada porque las volutas de humo me llevarían con soltura a la cavilación profunda y me sacarían sin mucho trámite de esta duda.
Quiero decir que tendría que usar puntos suspensivos porque todo esto que está sucediendo vino con ellos, tanto como una costumbre como porque son sugestivos, pero me voy a reservar el derecho de usarlos para que no haya malos entendidos.
Vayamos a la cuestión. Sabrán ustedes que “pensar en voz alta” uno no piensa con cualquiera, y “pensar en voz alta” sin siquiera pensar lo que se dice, algo así como “sentir en voz alta” tampoco a uno le sale tan fácil, pero déjenme decirles que pasa y está pasando y ahí vamos deshilvanando momentos propios y ajenos, cuestionándonos rótulos, contándonos historias, riendo situaciones, frenando para no irnos al pasto y poniendo “desarrolle” como una invitación a bailar con lo sentido.
Entiendo que el gusto a susto ya está instalado pero también hay cosas claras que tranquilizan las aguas, aun así cerramos filas y levantamos puentes, sin duda acicateados por el miedo a sentir cómo de un segundo a otro la sangre que corre por nuestras venas puede convertirse en agujas de hielo para volver a destrozarnos por dentro.
Pero voy a ir cerrando, no quiero que se haga largo. Creo que lo que pasa no pasa por lo que sentimos sino por lo que pensamos y ahí es en donde la estantería que uno acomoda con tanto esfuerzo, tiembla. Y es que a veces no nos damos cuenta y elegimos estar lejos del corazón para evitar el dolor sin saber que es esa elección lo que duele. 
Pero la vida es sabia señores y se cansa de nuestras eternas cavilaciones y por eso cambia a cada “momento” y nos manda estos vientos que nos dejan parados en el medio de la nada, con el pelo revuelto y una sonrisa de intriga en la cara.

23 de marzo de 2021

Puro dolor (escrito el 10 de Diciembre de 2020)

Qué semana áspera, qué duro que se pone. Siento que es una cuesta y un abismo al mismo tiempo. Ya no sé si estoy cansada, harta, angustiada, asustada o solo triste y se me pone difícil observarme y quedarme ahí, en ese mirarme y verme sin pestañear siquiera, sin que se me caiga una queja, un soplido, un grito.
Tengo el alma en el peor estado que recuerdo. Estoy sola y estas no son mis paredes, ni mis muebles, ni toda mi vida.
Soy yo misma en el más mudo y agónico silencio, en el más vacío y frío de todos los infiernos y en un estado de dolor e incertidumbre desconocido y eterno y sin siquiera café y cigarrillo, mis laderos de siempre, ni ellos me soban la espalda para que lo que siento sea más llevadero.
No me queda nada de lo que tuve. A mi alrededor las cosas, desconocidas y desprovistas de afecto, son cosas sin peso que están sin que entre ellas y yo haya más que la mera necesidad y nada del amar tenerlas.
Tampoco están alrededor mis amados hijos, porque ya son grandes y no tengo que atenderlos, ellos se fueron hace tiempo y están recorriendo sus propios cielos y sus únicos infiernos.
Hay gente a la que quiero orbitando mi existencia sí, pero en este momento, justo ahora, cuando siento que estoy cayendo no hay nadie que me sostenga. No porque ellos no quieran sino porque no saben que lo que me pasa es denso, que lo que siento es un agujero justo en el centro de mi pecho, un agujero lleno de no saber qué hacer, lleno de un silencio de púas con gusto feo y olor a encierro.
Hace dos días que riego con lágrimas mi camino, dos días largos, eternos, duros. Dos días de interrogantes y certeras dudas. Dos días sin sol, sin ventanas y con un viento negro soplando las paredes de mi alma y de mi endeble cuerpo.