Hace días que esquivo el teclado y para ser sincera, no solo no encuentro el motivo sino que ni siquiera me importa.
Sin embargo hoy anduvo rondando mi espacio una palabra, un sustantivo más precisamente, que yo en mi amada locura, osé convertir en verbo.
¿Y por qué hice esto? No lo sé, solo lo hice, solo me nació del alma. Tal vez porque lo necesitaba, cosa de la que no estoy segura, pero de la que tampoco tengo dudas, o tal vez porque quien siempre fui, solo tenía que ser.
¿Y cuál es el sustantivo? La soledad.
¿Y por qué lo convertí en verbo? Porque la puse en acción y eso, claramente, no es posible con un sustantivo, de ahí mi alocada conclusión.
¿Y cómo puse en acción la soledad? Me sacudí, literalmente. Tal cual un perro se sacude cuando se moja. Esa es la sensación.
Fue algo así como si la soledad con la que nací y con la que voy a morir, ella misma toda, hubiera cobrado vida por sí misma y se hubiera sacado de encima con los dedos cada ser “respirante” que tenía pegado.
Quiero decir que esto no pasó de un día para el otro, fue lento, casi imperceptible, pero constante.
Muchas veces me negué e insistí sumando “respirantes”, pero ella fue implacable, así como yo agregaba, ella se sacudía.
Con el paso del tiempo fui perdiendo el impulso innato que me llevaba a rodearme de gente buscando lo que sea que buscara, y ella fue ganando terreno, centímetro a centímetro, hasta hace poco, que dio una sacudida fuerte que me dejó algo perpleja, más que nada porque no la esperaba.
La soledad en acción no es para cualquiera, pero sí es para mí. La necesitaba, tenía que darle oxígeno, vida propia, movimiento. Tenía que convertirla en verbo.
Hoy hay todo de mi misma. Puedo mirarme en el espejo sin velos, sin cuestionamientos, casi sin deberías ni pendientes, casi sin juicios.
Hay momentos en donde transitar el desierto se pone áspero, casi tanto como antes, cuando transitaba los embotellamientos de “respirantes” que había pegado diligentemente en cada milímetro de mi piel.
Insisto, el sustantivo soledad no es para cualquiera, por eso estamos enloquecedoramente acompañados, aunque estemos, y de verdad se los digo, solos desde que nacemos hasta que damos el último suspiro.
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