Es casi la una de la tarde y desde hace más de tres horas estoy en reverencial silencio, tomando café y leyendo mis letras. Cada tanto una pausa en la ventana y un cigarro me devuelven a este presente, hasta que me siento frente al relato que sigue en la lectura y vuelvo a caminar los mismos pasos que caminaba más de quince años atrás.
Hoy empieza mi cuarentena, son los días que faltan para los sesenta y amerita un repaso antes de que zarpe el barco en el que amanecí subida cuando desperté esta mañana.
Hace mucho tiempo descubrí que mi vida se ponía en marcha entre octubre de un año y marzo del siguiente. Ponerse en marcha es una forma práctica de decirlo en realidad, porque lo correcto sería decir que la vida me agarra de los tobillos y me sumerge en una licuadora para sacarme recién en marzo medio ahogada y sin saber muy bien qué es lo que pasó.
Que sepa esta movida no quiere decir que esté preparada. Solo sé que empieza algo, pero no sé qué.
Sin embargo esta vez, una diferencia sutil y casi imperceptible me para en el barco de una manera distinta. Como si tuviera más lugares de donde agarrarme, como si mis piernas tuvieran más fuerza y más flexibilidad para hacer el viaje.
En estas más de tres horas de lectura de mis relatos también revisé fotos, fechas y bajé varias cajas del desván de mi memoria, y solo porque siento que la única manera de verme ahora es viéndome antes.
¿Cambios? Sí, muchos. Más de los que podría contar.
¿Arrepentida de algo? No, jamás, de nada. Volvería a vivir mi vida igual que como lo hice.
¿Pecados? Sí, claro. No me faltó ninguno.
¿Planes? No, nunca los hice y no voy a empezar ahora.
¿Miedo? Sí, a que se rompa el auto y tenga que hacer las cosas caminando.
¿Esperanza? No existe, igual que la suerte.
¿Logros? Sí, aunque sé ahora que todos son efímeros.
¿Preguntas? Sí, todas con ausencia de respuestas inamovibles, lo que me lleva a pensar si no es una pérdida de tiempo hacerlas, aunque me las esté haciendo.
Algunas conclusiones, ya con los pies arriba del barco.
Conclusión 1: La incertidumbre es una constante.
Conclusión 2: Sesenta años es un número que sinceramente no dimensiono, creo que allá por la cuarentena del 2010 mi reloj interno dijo “lo dejamos acá” y con toda simpleza dejó de contar.
Conclusión 3: Mi metro cuadrado es inviolable.
Conclusión 4: Bajar a la conciencia las cosas no significa necesariamente cambiarlas ni tener que aceptarlas, sino simplemente entenderlas.
Conclusión 5: El contexto jamás es responsable de mis decisiones, de ahí mi frase de “siempre soy yo, nunca es el otro”.
Conclusión 6: La falta de criterio implica la pérdida de la soberanía personal.
Conclusión 7: Hasta este momento sigo sin entender los fanatismos religiosos, políticos, musicales, deportivos, etc.
Conclusión 8: Negar la evolución es ceguera.
Conclusión 9: La vida se vive para adelante y se explica para atrás.
Conclusión 10: El poder que tengo está directamente relacionado con la libertad que ejerzo.
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