13 de julio de 2026

180º

El contexto se borró por completo.
No sé qué hora es y mis uñas no están pintadas, pero estoy vestida de negro, lo único que permanece inalterable, intacto y sin mácula cada vez que, sin aviso, la vida da un giro de 180º y yo quedo mirando exactamente para el otro lado.
Sin embargo hay algo interesante en estos eventos, y es que conservo la presencia de ánimo, aunque no el garbo ni los tacos. De afuera puedo parecer enloquecida, hasta perdida, pero mis tripas son un estanque. Poseo una lógica que ordena y establece prioridades, una voz helada en mi cabeza resuelve y acomoda, desconectada por completo de lo que le pasa a mis emociones.
Entiendo que este rasgo tan mío es el que me mantiene en pie cada vez que mi mundo se da vuelta y me pone en estas situaciones impensadas. Por momentos algo me impulsa a espiar qué viene, entonces una mano me toca el hombro y una voz dulce me susurra al oído que no pierda el tiempo y abra los ojos, porque acá también hay tesoros.
Recién, mientras me fumaba un cigarro de cara al sol del invierno, entendí que solo puedo ver el presente, y que estoy completamente ciega cuando intento contemplar el futuro.
Este es otro viaje, uno más de no sé cuántos, otro capítulo de la saga de mi historia.
Volver a mi centro en algún momento del día, frenar unos segundos, hacer un repaso y respirar es mi mayor logro. Es la puesta en acción de todo el autoanálisis que, a puro huevo y candela, me hice a mí misma estos últimos años.
No fue joda, no fue fácil. Sigue no siéndolo.
Hoy lo que hay es “la vida pasando”, pero esta vez siento la satisfacción de vivir con conciencia mi propia creación.

26 de abril de 2026

La orquesta del silencio

Alguna vez escribí acerca de los distintos silencios, pero nunca dije nada acerca de él mismo.
El diccionario dice que es “abstención de hablar” o “falta de ruido”, entre otras definiciones.
Sin embargo hoy se me ocurrió barajar la posibilidad de su inexistencia. Y digo esto porque estoy sola en casa y por consiguiente no estoy hablando, y acá podría decir, como hago siempre, que mi amado silencio me acompaña, pero al escribir estos divagues, mis uñas, perfectamente negras, están haciendo ruido al golpear las teclas, o sea que estoy en silencio porque nadie está hablando y a la vez no.
Pero voy a ir más allá en mi elucubración. Supongamos que me tapo los oídos y del exterior no llega ningún ruido. No sé ustedes, pero en mi cabeza el silencio brilla por su ausencia.
Y me voy a detener acá porque en definitiva era a donde quería llegar. Nunca con “n” de jamás estamos en silencio. Puede haber ausencia de sonidos del exterior, podemos tener problemas de audición, podemos ser sordos, y aun así no hay silencio.
Y les pregunto: ¿Los pensamientos hacen ruido? En teoría no, en la práctica sí. Por lo menos mis pensamientos son una orquesta, a veces afinada y a veces, las más, enloquecedoramente desacompasada.
Los pensamientos no hacen ruido porque afuera de nuestras cabezas no hay nadie que los escuche, pero hablan y nunca se detiene esa charla, ese ruido constante. Ni siquiera en mis meditaciones logro que esa vorágine se evapore por un solo segundo.
Por eso concluyo que si silencio es la abstención de hablar o la ausencia de ruido y mi cabeza no para nunca, como calculo que la de ustedes tampoco, al silencio no tenemos el placer de conocerlo.
La verdad señores, la mía claro está, es que el silencio es otra de esas palabras que yo llamo “sin sustancia”. En teoría existe para definir algo, pero en la práctica no define absolutamente nada.

20 de febrero de 2026

Como vine al mundo

Hace días que esquivo el teclado y para ser sincera, no solo no encuentro el motivo sino que ni siquiera me importa.
Sin embargo hoy anduvo rondando mi espacio una palabra, un sustantivo más precisamente, que yo en mi amada locura, osé convertir en verbo.
¿Y por qué hice esto? No lo sé, solo lo hice, solo me nació del alma. Tal vez porque lo necesitaba, cosa de la que no estoy segura, pero de la que tampoco tengo dudas, o tal vez porque quien siempre fui, solo tenía que ser.
¿Y cuál es el sustantivo? La soledad.
¿Y por qué lo convertí en verbo? Porque la puse en acción y eso, claramente, no es posible con un sustantivo, de ahí mi alocada conclusión.
¿Y cómo puse en acción la soledad? Me sacudí, literalmente. Tal cual un perro se sacude cuando se moja. Esa es la sensación.
Fue algo así como si la soledad con la que nací y con la que voy a morir, ella misma toda, hubiera cobrado vida por sí misma y se hubiera sacado de encima con los dedos cada ser “respirante” que tenía pegado.
Quiero decir que esto no pasó de un día para el otro, fue lento, casi imperceptible, pero constante.
Muchas veces me negué e insistí sumando “respirantes”, pero ella fue implacable, así como yo agregaba, ella se sacudía.
Con el paso del tiempo fui perdiendo el impulso innato que me llevaba a rodearme de gente buscando lo que sea que buscara, y ella fue ganando terreno, centímetro a centímetro, hasta hace poco, que dio una sacudida fuerte que me dejó algo perpleja, más que nada porque no la esperaba.
La soledad en acción no es para cualquiera, pero sí es para mí. La necesitaba, tenía que darle oxígeno, vida propia, movimiento. Tenía que convertirla en verbo.
Hoy hay todo de mi misma. Puedo mirarme en el espejo sin velos, sin cuestionamientos, casi sin deberías ni pendientes, casi sin juicios.
Hay momentos en donde transitar el desierto se pone áspero, casi tanto como antes, cuando transitaba los embotellamientos de “respirantes” que había pegado diligentemente en cada milímetro de mi piel.
Insisto, el sustantivo soledad no es para cualquiera, por eso estamos enloquecedoramente acompañados, aunque estemos, y de verdad se los digo, solos desde que nacemos hasta que damos el último suspiro.