Alguna vez escribí acerca de los distintos silencios, pero nunca dije nada acerca de él mismo.
El diccionario dice que es “abstención de hablar” o “falta de ruido”, entre otras definiciones.
Sin embargo hoy se me ocurrió barajar la posibilidad de su inexistencia. Y digo esto porque estoy sola en casa y por consiguiente no estoy hablando, y acá podría decir, como hago siempre, que mi amado silencio me acompaña, pero al escribir estos divagues, mis uñas, perfectamente negras, están haciendo ruido al golpear las teclas, o sea que estoy en silencio porque nadie está hablando y a la vez no.
Pero voy a ir más allá en mi elucubración. Supongamos que me tapo los oídos y del exterior no llega ningún ruido. No sé ustedes, pero en mi cabeza el silencio brilla por su ausencia.
Y me voy a detener acá porque en definitiva era a donde quería llegar. Nunca con “n” de jamás estamos en silencio. Puede haber ausencia de sonidos del exterior, podemos tener problemas de audición, podemos ser sordos, y aun así no hay silencio.
Y les pregunto: ¿Los pensamientos hacen ruido? En teoría no, en la práctica sí. Por lo menos mis pensamientos son una orquesta, a veces afinada y a veces, las más, enloquecedoramente desacompasada.
Los pensamientos no hacen ruido porque afuera de nuestras cabezas no hay nadie que los escuche, pero hablan y nunca se detiene esa charla, ese ruido constante. Ni siquiera en mis meditaciones logro que esa vorágine se evapore por un solo segundo.
Por eso concluyo que si silencio es la abstención de hablar o la ausencia de ruido y mi cabeza no para nunca, como calculo que la de ustedes tampoco, al silencio no tenemos el placer de conocerlo.
La verdad señores, la mía claro está, es que el silencio es otra de esas palabras que yo llamo “sin sustancia”. En teoría existe para definir algo, pero en la práctica no define absolutamente nada.