27 de octubre de 2025

Cinco años después

Un día como hoy, hace cinco años y con el último pedacito de voluntad y amor propio que me quedaba, me fui de donde estaba.
Anoche, cigarros de por medio en la ventana, pensaba en esa última cena, en el insulto, en la vuelta a casa, en el momento en el que me levanté de la cama, me fui al living y me senté con un vaso de agua y las cortinas cerradas a mirar hasta las cuatro de la mañana la exacta nada, mientras en mi cabeza caía la última ficha de la última jugada.
Unos días después me fui, pero la puerta quedó entreabierta durante casi un año, tal vez porque me negaba a entender que podía seguir amando a alguien que no quería ver nunca más en mi vida de tanto que me había lastimado.
Fue duro verme destruida como nunca antes, a ese nivel, y tengo que reconocer que, aun hoy, sigo encontrando nefastos pedacitos de situaciones, de frases y de miradas, como quien encuentra bajo un mueble pedacitos de vidrio después de años de haber estallado el vaso.
Como digo siempre, estoy lejos de agradecer ni una sola milésima de segundo ese infierno, así como tampoco voy a decir que esto me pasó porque tenía que aprender algo. No señores, no aprendí nada y no hay nada que pueda extraer y usar como enseñanza. La pasé mal mientras y la pasé mal después.
Hoy estoy en paz, sola, tranquila y sana y, sin lugar a dudas, volví a ser yo misma.
No me arrepiento de nada de lo que hice hasta ahora, yo elegí, y como todas las elecciones en la vida, las consecuencias eran desconocidas, y a medida que fueron pasando, las viví, hasta que un día decidí elegir otra cosa. Ese es el nivel de simpleza.
Es inevitable el análisis, por eso este relato, este exorcismo con la hoja en blanco, este encuentro conmigo misma cada vez que mis manos tocan el teclado, este mirarme en el espejo y entender que mi hermosa esencia no fue destruida, solo se escondió de tanto dolor y esperó, pacientemente, que la tormenta pasara y volviera a salir el sol.

11 de octubre de 2025

Desván

Son las dos de la tarde y, como siempre digo, es una hora rara para escribir.
Luto riguroso hasta en las uñas, un cigarro que recién se va y un café a medio tomar.
Recién meditaba acerca de los recuerdos y pensaba que, en mi caso, son eventos que guardo en cajas etiquetadas y perfectamente acomodadas en lo que yo llamo el desván de mi memoria y al que, de pronto y por algún tipo de magia, llego en menos de lo que tarda un pestañeo.
Alguna vez dije que cualquier cosa puede prender la chispa que ilumina la caja en cuestión, desde una cara hasta un olor, desde una emoción hasta un dolor, inclusive ciertas fechas ofician de chispa y, en lo que tarda la nada misma, me veo materializada en otra época, como si este momento no existiera.
A veces me cuestiono la vuelta a esas cajas, y me pregunto si serán etapas aun no cerradas, dolores no resueltos o alegrías extrañadas.
Tal vez el universo está jugando a los dados conmigo y avanza y retrocede casilleros (o cajas) y voy desde ese estar sentada en el banco de plaza de mi casa con la pared en la espalda y el sol de la mañana en la cara, al perfume inconfundible de cada uno de mis hijos al besarlos, a la suavidad de las orejas de mis perros al acariciarlos, a mi abuelo bajando del avión con la guitarra, al pelo engominado de mi otro abuelo, a las manos de mi abuela haciéndome cosquillas en la espalda para que me duerma, a mi padre sentado en el piso de mi casa instalando los muebles de la cocina, a mi madre haciendo la comida y escuchándome leer en voz alta, a las carcajadas de las reuniones de amigos, al silencio de la escritura cuando mis hijos ya dormían, al día que bailé con mi primer marido y padre de mis hijos una canción de Phil Collins, a cuando apareció de sorpresa dos días antes mi segundo marido, a cuando abracé a mi tercer marido, a mi vida en solo treinta y cinco cajas y mis mudanzas, a la cara de todos los hombres que tocaron mis labios, al día que me pinté las uñas a escondidas, a los discos de pasta que escuchaba en el taller de mi padre, al primer cigarro que prendí o al momento exacto en el que fría como un hielo les comunique a mis maridos que hasta ahí llegaba.
Tal vez, y solo tal vez, el desván de mi memoria sea la sala de juegos en donde el universo y yo nos encontramos para jugar a los dados, mientras nos reímos y lloramos por todo lo que hemos pasado.

10 de octubre de 2025

Dicotómica

Estoy dicotómica, así como lo leen, o debería decir que me siento dicotómica, no importa, espero ustedes entiendan.
El tema es que una parte de mi vive una cosa y la otra parte quiere otra cosa, y así, entre la realidad y el deseo voy remando la olas.
Si me detengo un momento, un inevitable y simple “esto es lo que hay” aparece palpable, prístino e incuestionable.
Otra cosa que aparece, abarcándolo todo, etérea y hermosa, es la verdad, la mía, claro está.
¿Y cuál es mi verdad? Mi verdad es eso que entendí no hace mucho. Mi verdad es que esa parte de mí que “desea” está teñida por un contexto que no me representa, que jamás me representó y, lo que es peor, que muchas veces me confundió.
Lo que hay hoy no es casualidad ni suerte, jamás me identifiqué con esa explicación cómoda de las cosas.
Lo que hay hoy es un resultado, es mi construcción.
Sepan que en mis divagues mentales sigue apareciendo, impúdica y desvergonzada, la fantasía del deseo, como apareció hoy, perfumada hasta el hartazgo del dulzor irresistible de la posibilidad más real, como si estuviera viviendo el hecho consumado, como si no fuera solo un sueño endiablado.
Quiero decir con esto, que la verdad de la realidad es palpable en la misma medida en que es palpable el aire que respiramos.
Sentimos que no estamos viviendo lo que estamos viviendo, que eso que siempre digo de que “cuando hay lo que hay, hay lo que hay” no es lo que está pasando, que lo que está pasando es un inconveniente que se interpone entre la estúpida lucha de “hay esto, pero yo quiero esto otro”.
Señores, la verdad de la realidad, la mía claro, es haber entendido que el deseo mora entre las llamas del mismísimo infierno.

26 de agosto de 2025

Todo y más también

Un té me acompaña esta noche, y también un cigarro que se acaba de ir en la oscuridad helada de mi ventana, y cómo no, el legendario pijama negro y las uñas perfectamente blancas.
Los años le agregaron anteojos a mi cara, y algunas arrugas y también una ansiedad que voy acompañando con el paciente trabajo de las palabras que me dicta el alma.
Pasan rápido los días, y también pasan rápido los años, y para variar renací otra vez de mis cenizas, aunque ahora sé que no será la última, como pensé en las demás ocasiones.
Ahora todo se me antoja diferente y también conocido, como si ya lo hubiera vivido, tal vez porque lo viví imaginando y hoy lo tengo entre las manos.
No sé de qué va la cosa, creo que imaginé algo estático y sin embargo acá estoy, subida a unos tacos invisibles, con los anteojos puestos, las manos arrugadas, una sonrisa extasiada en los labios y cabalgando una ansiedad casi domada que a veces corcovea y me despeina el alma.
Acá estoy. Distinta. Igual. Sola. Inconclusa. Interrogante. Monosilábica. Incrédula y rebelde como nunca. Con terrores que solo se atreven a asaltarme en la noche cuando estoy dormida, y sueños que aparecen y me hipnotizan durante el día.
Entendí que esto nunca se termina, por fin lo entendí y por eso perdí el miedo. Hoy sé que nada es como me lo contaron.
Soy aquella que fui y soy ésta y, cuando por alguna razón, caigo en el bucle eterno de pensamientos inconexos y sinsentidos, respiro, y respiro, y sigo respirando.
Cambio, mi vida es un eterno cambio. Mi lucha siempre fue parar ese movimiento perpetuo, pero no lo logré, no pude, no se puede, y tuve que entenderlo porque no podía seguir peleando, no quería.
Y es que la pelea es densa, es oscura, es pesada, es un drenaje constante de energía. No pelear no fue rendirme, no pelear fue inteligente de mi parte. No pelear significó estos resultados.
Perdí el miedo, como dije antes, y se abrieron un montón de puertas y encontré que los secretos no tienen sentido y descubrí que la libertad de no tenerlos, no tiene precio.
Me pintaron una realidad que no existe, y a pesar de saberlo desde que nací, lo creí, y en mi inocencia hasta puse mis pinceladas. Eso se terminó hace tiempo, no hay tal cuadro, no hay tal realidad, las cosas no son como dice cualquier trasnochado. Las cosas son como yo las veo, como yo las siento, como a mí me pasan, como a mí me pesan.
No sé si hay aprendizajes, sí sé que la vida es un millón de caminos que jamás se repiten.
Hay un hermoso silencio en casa y también rico perfume, nada desentona, nada desafina, nada molesta, aun así el desafío es constante, como es constante el remanso.
Sepan que no hay nada afuera, todo está adentro y eso me costó entenderlo, y llegó. Llegó hace un tiempo, en esa epifanía maravillosa, ese día en el que supe que afuera es toda una puesta en escena y que adentro mío estaba en casa.
Pasé años sacando cosas de una caja de Pandora que jamás iba a vaciar, de la que jamás iban a terminar de salir cuestiones que acomodar. Más de cincuenta años haciendo ese titánico trabajo hasta terminar agotada, y solo para darme cuenta de que todo era un gran circo y que tenía que dejar de aplaudir a los payasos.
Después del salto se detuvo el mundo y hasta no hace mucho no supe en dónde pararme. Toda una vida de vueltas me habían dejado chamuscada, confundida, mareada y asustada.
Reconozco que aun hoy, hay momentos en los que la dinámica de la rueda me atrae como un imán, pero ya no me subo al desquicio.
No soy como todos, creo que nadie lo es, pero hoy yo lo sé.
No hay errores ni aciertos, siempre lo digo. Tampoco hay eso de que “las cosas pasan para que aprendas”, porque jamás se repite lo que pasa, así que dejemos de romantizar estupideces.
Mi rebeldía es no creer y no repetir lo que se dice por ahí por más que salga en la organización más prestigiosa del mundo o la diga un maestro zen o baje el mismo dios a contármela, no señores, ya pasé por ahí y la única verdad es la que yo me digo.
No confío y no creo en nada y en nadie, no comulgo con ese tipo de comodidad.
Hay por ahí alguna cosa romántica con esto de aprender de los errores y no sé cuánta historia. De agradecerle al que me lastimó porque gracias a eso me di cuenta de lo que estaba haciendo o de mi error o de lo que sea. ¡No! Les juro que lo que duele, duele y punto. Y todas las veces que me dolió yo solo esperaba que pasara.
Las cosas son simples, la vida es simple.
Los problemas son una construcción de la mente, en la realidad no están, yo les juro que no están porque los busqué y nunca los encontré.
Es esto o lo otro, es izquierda o derecha, es blanco o negro, es arriba o abajo, es simple, sé que es simple.
Hay opciones y hay elecciones y hay resultados de esas elecciones. No es malo ni bueno, lindo ni feo. Es lo que es y siempre tuve la oportunidad de quedarme o irme.
Muchas cosas me gustaron y muchas no y nada, de todo lo que viví estos cincuenta y ocho años, se volvió a repetir. Ninguna sonrisa, ninguna lágrima, ningún dolor de estómago, ninguna sensación, ningún vacío ni ninguna plenitud pasó por el mismo motivo.
Si me preguntaran qué aprendí en estos años les diría que no lo sé. Lo único que sé es que viví una infinitud de cosas, que reí y también que sufrí. Que todo lo que vino se fue y que un segundo jamás fue igual a otro.
No hay nada que corregir en mí y nunca lo hubo, nací perfecta y sigo siendo perfecta.
Tampoco tengo que seguir ningún camino, ni vestirme de una forma concreta, ni comer a horarios estipulados, ni callar lo que pienso o siento, ni estar o no estar con alguien. Tampoco tengo que querer a determinadas personas porque una ley universal dice que así debe ser. Ni tolerar ideas estúpidas ni aceptar que la historia es como está escrita en los libros o que la tierra es redonda y que el hombre llegó un día a la Luna. No, no creo nada. Yo no fui a la Luna, ni vi desde otro planeta a la Tierra, ni viví la historia ni nada de todo eso que se cuenta por ahí.
Me niego a aceptar algo solo porque otro lo dice, siempre me negué y siempre cuestioné, solo que ahora lo digo porque ya nada me asusta.
A fin de cuentas yo no sé para qué estoy acá, ni porqué vine, ni de dónde, ni para qué. Y si me permiten y se animan al vértigo, ustedes tampoco.

9 de agosto de 2025

La vida misma

Hace meses que estoy ausente y, aunque las letras sean mi cotidiano, nada de eso que he escrito puede ser mostrado.
Lo que sí puedo contar es que pasa la vida misma, con sus subidas y sus bajadas y con más silencios que palabras, silencios que por otro lado me mostraron que estaba peleando otra de esas guerras que jamás iba a ganar.
Para resumir, entendí que en mí no hay nada “errado, fallado o defectuoso” de nacimiento, nada, absolutamente nada. Tampoco tengo que parecerme a ustedes, o a todos, o a alguien, ni quedar bien, ni ninguna de esas estupideces.
Desde siempre he tratado de encajar, porque eso se me dijo, y en ese sinsentido anduve a contramano de mí misma, llena de miedo a quedarme sola, a no ser querida, a no ser aceptada. Sometida a una voluntad que parece estar en todos lados, pero que en realidad no existe en ninguno, intentando caber en un molde rancio y desdibujado, sacando esto y aquello, corrigiendo lo otro, callando mi voz y lo que es peor, tratando de cambiar a la fuerza mi hermosa esencia.
Pero eso no sucedió, así que lo siento señores, conmigo no pudieron armar ese Frankenstein, y ahora ya es tarde.

1 de mayo de 2025

Un placer

Casi las cinco de la tarde, atuendo negro y uñas haciendo juego. Afuera llueve con una placidez apenas audible, adentro hay silencio, paz, sosiego y perfume a café recién hecho.
Llevo un tiempo alejada de las miradas, aunque no así de las letras, que demás está decir, son el oxígeno de mi alma.
Hace un rato pensaba en los cincuenta y ocho que cumplí en diciembre y se me dio por darle la espalda durante un rato a lo que viene y, acodada en la barandilla, ponerme de frente a toda el agua que pasó bajo el puente.
En mis labios se dibuja una sonrisa.
Un placer conocerme.

8 de junio de 2024

Tanto tiempo

Hace mucho que no escribo, tal vez porque no tenía nada que decir, tal vez porque estoy mirando lo que pasa y tratando de entender.
Me extraño y no sé cómo explicarlo.
Extraño esa chispa mágica que prende el fuego de mis manos y que me lleva sin demora al exorcismo con la hoja.
Extraño lo irresuelto, la incomodidad, el cansancio, los malos entendidos, las discusiones, las largas conversaciones de mis “yoes”, las puteadas llenas de sustancia y porqué no, la bronca no manejada.
Extraño lo que fui porque me aterra la hoja en blanco, la parálisis del teclado, la mirada perdida y tranquila, el silencio tan mío, los pasos vacíos, el sol en la espalda y también, la incontinencia contenida.
Extraño.
Extraño las uñas pintadas, el color negro, los tacos, a mis laderos.
Extraño.
Extraño con una extrañeza nunca antes sentida, una extrañeza que me aprieta el estómago y me asusta porque no sé si me está avisando algo.
Extraño.
Extraño el torbellino de pensamientos, las curvas de los “y si”, el abismo de las decisiones y el barro de las justificaciones.
Extraño.
Y es un “extraño raro” porque me extraño a mí misma sin buscarme, como asumiendo que lo que extraño de mí es mi recuerdo, mientras camino un nacimiento que insisto, todavía no entiendo.

6 de abril de 2024

Arrogancia

Hoy tuve un encuentro cara a cara con la mismísima arrogancia, por eso decidí inmortalizar en no más de media página esta gran “bizarrada”.
La persona tiene nombre, aunque voy a obviarlo, no sea cosa que logre identificarse en el relato y reviente como un sapo.
Para ponerlos en contexto les cuento que conocí a un señor, no en persona, sino en una larga conversación entre ayer y hoy y hasta hace una media hora, que fue cuando decidí, amablemente claro, ponerle fin a esta pesadilla de hartazgo.
La cuestión es que el “don” solo hablaba de él, fue como chatear durante dos largos e hilarantes días con el mismísimo Narciso resucitado.
Tengo que decir que en todas estas horas hice lo que predico: “escuché a mi bendita incomodidad”, y sí, estuve incómoda desde la tercer palabra del chat, que fue cuando se me prendió la alarma, pero seguí, no solo porque decidí darle una oportunidad, sino porque no quise ser cortante tan solo por un comentario.
Para ampliar un poco más la información les cuento que en ningún momento me preguntó cómo estaba, ni qué hacía, ni nada de nada, asumo que lo que yo escribía tenía para él cero importancia, digamos que fue la parodia de un diálogo o, para ser más explícita, un monólogo suicidado.
Señores estoy anonadada, no salgo de mi asombro, no sé porqué la vida insiste en ponerme a estos pelotudos importantes o P.I como los llamo desde hace añares, en el camino.
En fin, acá termina una historia abortada desde la tercer palabra, otro “intenticidio” de no sé cuántos, otro señor que todavía no entendió que ser pelotudo no es obligatorio, aunque sea gratis.

20 de diciembre de 2023

Vacío (Este relato lo escribí siete meses después de mi último divorcio)

Hace siete meses salté. La cortina que hacía más de dos años venía bajando despacio, chirriando y quejándose tocó el piso con fuerza y me obligó a dar el paso al vacío más anunciado y menos querido de mi vida.
El más anunciado porque ya no quedaba casi nada de mí y, si después del insulto me quedaba, ya no iba a poder salir, y el menos querido porque a pesar de todo no me quería ir.
No fue fácil entender que en mí podían convivir el amor y el odio, pero logré saltar, y sigo cayendo y flotando y tratando de aferrarme a algo. No hay nada alrededor, salvo una niebla densa que me ciega y a la vez me protege de una forma que no sé explicar.
Hoy entendí que todo esto tiene sentido, recién hoy pude ver con claridad cegadora la historia ancestral que me urge acomodar.
Por momentos me duele y me cansa y quiero renunciar y desaparecer y no volver más, pero intento estar alerta, escuchar lo que siento en las tripas y no hacer caso a lo que pienso.
En estas últimas seis horas rondó mi espacio la seguridad de que esto que estoy pasando es otra vida de ahora en más. Que este estar sola es la limpieza que le debo a las mujeres que me anteceden en el linaje. Que este amor propio que tengo que conquistar y alimentar es la ofrenda que todas ellas necesitan para descansar en paz.
Ya no me aterra el próximo paso. Recién hace pocos minutos hice las paces conmigo misma y me perdoné tanto destrato, tanto insulto, tanta desvalorización y tanto hartazgo, al mismo tiempo que agradecí a todos los que han estado, tanto a los que me mostraron que dolía, como a los que me sujetaron cuando caía.
Me bastó ver las caras de las mujeres que me precedieron para sentir que yo llevaba en mi espalda la historia de la sumisión, del silencio, de los ojos tristes, del sometimiento enojado, de la dependencia y de las manos ajadas de tanto limpiar y tocar agua.
Sé que tengo que recorrer un camino nuevo, y que esta vez no hay guía, ni parámetros y tampoco mandatos.
Lo que tímidamente titulé “cosas raras” es esto, es lo nuevo, lo distinto, lo desconocido, es volver a tener suaves las manos.
Inicio un viaje sin equipaje, con solo hojas en blanco bajo el brazo y más de mil preguntas tatuadas en los labios.

Escrito el 13 de mayo de 2021

14 de diciembre de 2023

Ni un café frío

Hoy no hay mucho contexto, mis uñas, raramente, no están pintadas desde hace una semana y parece que mi alma se niega al dictado, tal vez porque huelga una explicación, tal vez porque no sé cómo contarles que la incomodidad es una sensación sutil, casi inaudible y difícil de detectar, que en mi caso se manifiesta como un ruido silencioso, noble y emperrado que hasta no hace mucho me negué a escuchar y que se convirtió en el diablo enardecido y furibundo al que me enfrenté durante años sin saber que jamás lo iba a vencer, porque en realidad era yo misma gritándome con toda el alma: “esta gente con la que te estás relacionando, estos lugares a los que estás yendo, esto que estás haciendo, esto que estás pensando, esto que estás diciendo, no te hace bien”.
Confiar en mi incomodidad fue la clave que me llevó a casa, porque me enseñó con qué y con quienes no tomaría más ni un café frío.
En el camino quedaron un montón de cosas y también muchas personas, así como quedó atrás el vértigo que tenía el día que empecé a poner las cosas en su lugar, el día que empecé a dejar atrás a personas que jamás iban a sumar.
En fin, no sé si me pude explicar, pero esto es lo que hay.

Hoy no hay té

Estoy en pijamas, pero no hay té en mi escritorio sino una copa de cristal llena de champagne.
La ventana está abierta porque ya no hace frío y, mientras pensaba este relato y me fumaba un cigarro, la luna me miraba casi acostada desde lo alto.
Hoy se termina una larga cruzada, sí, hoy, de ahí la champagna que hace más de un mes tenía guardada.
Se mezclan risas y lágrimas, pero me dejo sentir, porque ya estoy cansada y rendida y no me quiero resistir.
Cierro un capítulo y empiezo a escribir otro. Sigo siendo yo misma, y Ella también sigue siendo ella misma, pero cada vez nos parecemos más, aunque todavía seamos distintas.

5 de diciembre de 2023

Como a los diecisiete

Recién, mientras me fumaba un cigarro en la ventana, pensaba que nací para irritar a la gente. Sé que suena feo, pero no me importa, desde el metro setenta y dos que mido y, a mis hoy cincuenta y siete, no me interesa lo que piensen, es más, entendí que irritar a los diablos es mi misión en esta vida.
Desde que tengo recuerdos soy la contra, la rebelde, la solitaria, la loca, la seria, la gritona, la de pocos amigos, la oveja negra, la bruja, la mala, la egoísta. Durante mucho tiempo oculté y hasta quise cambiar estos atributos, por llamarlos de alguna manera, pero no pude, porque no se puede, porque no es posible que un olmo dé peras.
Me llevó media vida entenderme, aceptarme, amarme así como nací, así como soy.
Media vida me llevó perderle el miedo al qué dirán, al juicio ajeno, a la sentencia maldita por no ser una más del montón.
Media vida me llevó dejar de justificar quién soy, cómo soy.
Media vida me llevó hurgar en mi propia mugre para descubrir mi sombra y entender que sin ella no hay balance posible.
Media vida me llevó cortar lazos, soltar amarras y ser el artífice de mi propio destino.
Media vida me llevó entender que estar mal está bien, que quejarme no es una tragedia, que no estar para nadie es estar para mí, que puedo decir no, sin explicar porqué, que hablo de lo que me molesta hasta que me deja de molestar y que cuando me lastiman tardo en irme, porque sé que cuando me voy no vuelvo más.
Hoy empiezo a pisar otro año, y no sé lo que hay adelante.
Estoy llena de interrogantes y vacía de certezas.
No me asusta decir que no tengo planes porque jamás los tuve, sí tengo sueños, pero no sé cuál de ellos va a brotar, por eso solo los riego y los dejo.
Igual que a los diecisiete, me queda media vida por delante, ella verá lo que me trae, yo veré lo que elijo, y, mientras me fumo otro cigarro, respiro presente, respiro lo que hay, respiro lo que es, respiro lo que surge, respiro, solo respiro y dejo que las “pensaciones” se vayan por la ventana como el humo de cada cigarrillo.

26 de septiembre de 2023

Sumas que restan

Parece un chiste, pero sí señores, hay sumas que restan o mejor dicho, hay personas que suman para restar.
Hasta no hace mucho yo era, en algunas ocasiones, una de esas personas.
Me arde un poco reconocerlo, pero no les voy a mentir, aunque en mi defensa tengo que decir que lo heredé y lo ejercí hasta que me di cuenta de lo desagradable y doloroso que es.
No puedo precisar el momento en el que cambié, lo que sí puedo hacer es decirles que me alejé de la gente que tiene esa manera de relacionarse porque me hace mal, siempre me hizo mal y, aunque en mi ignorancia dejé pasar esos comportamientos alegando una infinidad de excusas y volviéndome a someter una y otra vez a sus palabras hirientes, un día decidí dejar de poner el cuerpo.
En mi caso no sirvieron largas conversaciones y menos mis lágrimas, todo lo contrario, eso alimentó la insaciable voracidad de la que hacen gala creyéndose poseedores indiscutidos de la verdad y del derecho a opinar, enjuiciar y sentenciar sin que jamás yo se los solicitara y, lo que es más nefasto aún, ofendiéndose si se me ocurría contradecir sus dichos y, encima de todo, esperando que me disculpara por la osadía.
Ya no más mis queridos, ya no más.
Regué con una incontable cantidad de gente la vera del camino de mi historia, sí, digo bien, regué, porque hoy mi senda florece como florezco yo, sin miedo a estar sola, sin miedo al qué dirán y sin el dolor indecible que me provocaron solo porque les abrí el corazón.
Hoy la puerta sigue abierta, pero el permiso para entrar solo lo otorgo yo.

Paciente calma


Hace un par de meses que transito una silente espera, convertida en una pupa oculta a los ojos del mundo.
Sentía la necesidad del retiro, me urgía sumergirme en esta nueva yo y Ella juntas, en este nuevo camino limpio y porque no decirlo, yermo hasta el infinito.
Por momentos siento el vértigo de caminar sola conmigo misma, y se me pega la boca del estómago a la espalda como una garrapata hasta que respiro y me digo que es tiempo de cerrar los ojos y seguir a mi instinto.
Hay muchos “tal veces” en esta etapa, y muchos cuestionamientos también, pero adquirí el hábito de espantarlos porque me enloquecen y la verdad es que ahora no estoy para titubeos ni boludeces.
Hice mucho, muchísimo, y pronto será tiempo de cosechar.

A tres años

Mis dedos están lentos hoy, casi detenidos sobre el teclado, como buscando una manera suave de exorcizar mi propia implosión.
Hace unos días tuve que reconocer que estaba cansada, harta y llena de ira. Como contraparte me di cuenta de que aprendí a entrar, gestionar y salir de todas las situaciones que acontecieron en estos tres largos años con pericia y soltura en la mayoría de las ocasiones, y en otras como pude.
Los casi cincuenta y siete vienen con reconocimientos y aceptaciones varias de mi y hacia mí, con logros, con desapegos y con toda mi vida en poco más de treinta y cinco cajas.
Estoy cansada sí, y harta y llena de ira ¿y qué?
Y mandé a la mierda a un montón de gente ¿y qué?
Y me pasan cosas que no me gustan, y me pasan otras que son maravillosas, y acá estoy, surfeando las olas con unas y tratando de no ahogarme con las otras.
¿O acaso los ríos no se desbordan, o a los mares no les pinta cada tanto un tsunami, o las montañas dormidas no se despabilan y entierran todo a su paso con lodo, lava y cenizas?
Entonces, si pasa en la naturaleza ¿por qué no a mí?
Es simple esta vez, claramente soy una mezcla exclusiva y a partes iguales del mismísimo del diablo y de un maestro zen.

12 de agosto de 2023

Nosotras

Son las cinco y cuarto de la tarde, estoy escuchando música y tomando agua y, salvo el color negro de las uñas y de lo que tengo puesto, nada podría ser tan diametralmente opuesto.
Dicen por ahí, los que saben de astros, que cada ocho años algo pasa en el cielo que influye en nosotros de manera directa. La cuestión es que tenemos que ir para atrás y mirar qué fue lo que nos pasó.
Ni lenta ni perezosa decidí ir a mis escritos del 2015 y no se imaginan mi sorpresa cuando descubrí que en abril dejé de escribir a través de Ella y un mes después me alejé un año entero de las letras y me llamé a silencio.
Tengo que decirles que cada vez que releo mis escritos vuelvo a vivirlos como si algo me llevara en el tiempo, y hoy no fue una excepción. Con cada letra que acariciaban mis ojos volví a sentir el dolor de la sumisión, del silencio, de la incredulidad y de la estafa moral y afectiva.
Era tanto el dolor de lo que estaba viviendo que me alejé de lo que más amo en el mundo, mis letras, para no lastimarlas.
A ocho años del comienzo de este largo camino que entiendo termina mañana, ni Ella ni yo somos las mismas, es más, estamos tan distintas que somos la misma.

1 de junio de 2023

Flotando (Escrito el 12 de octubre de 2021)

Estoy sentada al lado de la ventana, tengo las uñas despintadas, no hay tacos ni piernas cruzadas y sí un mate amargo y lánguido, digno de este encierro obligado que mantiene mis pies quietos y mis manos a los saltos.
Me urge decir que salí corriendo de todo lo que estaba aconteciendo y que en el camino me fui arrancando lo que sentí que tenía pegado, todo lo que siempre había restado, todo lo que vi que me había ensuciado.
En este momento quiero gritar lo que siento, y lo que siento es una mezcla inconexa de sustantivos y adjetivos, de emociones y de juicios, desde mí y desde Ella y también desde todas las que creo que soy.
La soledad y la quietud son completas. El cuerpo me venía avisando que parara un poco, pero la adrenalina de estos meses fue tanta que seguí y seguí hasta que mis pies dijeron basta y tuve que detener la marcha, y así, sin preverlo y con el paso de los días, fue apareciendo la cavilación profunda, los aciertos y las equivocaciones, las pesadillas y el sueño “anestesiante”, mi vida toda y sus mil y un variantes.
En algún relato escribí que entre octubre y marzo mi vida entra en zona de alerta y este año no es la excepción, salvo que en estos cortos doce meses que se cumplen el 26, no solo me divorcié por tercera vez, sino que también me mudé dos veces, dejé a mi perro, guardé mis cosas para quedarme solo con lo necesario, solté a mis hijos, tomé distancia de mi familia de sangre y estoy amarrada a una silla viendo la película de mi vida sin siquiera la posibilidad de salir corriendo y hacer de cuenta que no es mía.
Es como que todo lo que había estaba apenas sostenido por la intención, tal vez porque en el momento de acomodar las cosas algo me distrajo y ahí las fui dejando.
Sé sin dudarlo que si no hubiera trabajado tanto conmigo estos años, ya a esta altura y con todo lo que he pasado, en lugar de estar detenida me habría derrumbado y hoy estaría juntando mis pedazos.

4 de mayo de 2023

¿Qué?

Silencio, un té en el escritorio, uñas negras, pijama y mientras pensaba en este relato y sonreía, compartí un cigarro con la noche tibia en la ventana.
¿Qué quiero? ¿Qué me haría feliz en este momento? Estas fueron las preguntas que dispararon estas letras.
No obtuve respuestas, sin embargo lo que surgió fue una contestación que me llenó de sorpresa.
Lo que quiero lo tengo.
Un lugar adonde llegar, una cama cómoda, un abrigo para cuando hace frío, una ducha caliente, comida, plata en la billetera, un auto, luz, agua limpia para tomar directo de la canilla, calefacción, libros y conexión con el mundo.
Esto fue lo que apareció primero.
Después apareció la paz, la tranquilidad y la serenidad de estar sola conmigo misma, algo que soñé desde que tengo memoria y que se convirtió en realidad en estos casi tres años, pero que empecé a disfrutar recién hace pocos meses, de ahí la sonrisa mientras fumaba en la ventana.
Hice una pausa, otro cigarro, porque se me dificulta por primera vez en cuarenta y tres años poner en palabras lo que siento.
Algunas lágrimas resbalan por mis mejillas, no me es posible explicar que llegué a casa.

29 de abril de 2023

¿Me hago cargo?

Mis relatos son auto referenciales, no hay manera de que en ellos no esté yo, y todos son reales, siempre desde mi perspectiva, mi percepción, mi emoción, mis “pensaciones” y mi análisis. Del primero que escribí hasta éste, todos tienen un detonante, una gota que colma el vaso, una chispa que prende el fuego, una palabra que invita a la reflexión o a la sonrisa y en todos hay uno o varios actores y, claramente, mis “yoes”.
En el caso de hoy una gota colma el vaso que derrama estas letras sobre el teclado, pero los protagonistas son varios, digamos que los fui cosechando con el paso del tiempo y, como a esta hora ya estoy tranquila y algo risueña, puedo decirles sin que me hierva la sangre que por lo que llevo cosechado la siembra ha sido cuando menos polémica.
No estoy cansada ni enojada, pero tampoco estoy contenta ni me disuelvo como una gota más en el océano zen de la paz, la verdad es que me invaden una mezcla de emociones que no dudan un segundo en incomodarme la existencia.
La vida insiste, ella debe saber porqué, en ponerme en el camino a personas que, sin excepción, me muestran la misma parte de mí.
Mi hija me dijo que hay quienes llegan a nuestra vida para que aprendamos a amar y hay quienes llegan para que aprendamos a amarnos.
Es evidente, y a las pruebas me remito, que yo no sé amarme. Eso no me lo enseñaron, no sé cómo se hace y reconozco que estoy aprendiendo a hacerlo de una manera cruel y dolorosa.
Ahora bien, me voy a hacer cargo solo de lo que me toca, por eso no voy a justificar nunca más y bajo ninguna circunstancia los actos ni las palabras de discapacitados emocionales y “odiadores” seriales.
En estos tiempos se habla de tolerancia o de poca tolerancia y no, no se puede tolerar todo ni tampoco se puede estar todo el día luchando contra todo. Las cosas tienen un límite y ese límite es el otro, sea quien sea, sea como sea, viva donde viva, sepa lo que sepa, se vista como se vista.
Hoy en día hay excusas para todo, y todo debe ser permitido y soportado en honor a la diversidad y a la mal llamada empatía.
Hablemos claro y seamos sinceros.
No podemos ir por la vida escudándonos atrás de mil y una excusas para justificar una actitud de mierda, porque afuera no hay nadie que se merezca ser blanco de tu mala educación, de tu falta de tacto, de tu poca civilidad, de tu irrespeto por la vida del otro, de tus fracasos, de tu acidez cerebral, de tu miedo, de tu debilidad devenida en falsa fortaleza, de tu escaso cuestionamiento y de tu analfabetismo emocional.
Sé que no puedo entender todo, saber todo, encontrarle una explicación y menos lógica a todo, soy consciente de esto, pero quiero decirle a la vida que me puede seguir mandando a toda la gente de mierda que quiera que yo no voy a dejar de ser respetuosa, ni voy a dejar de ofrecerles mi apoyo, ni voy a dejar de estar ahí a cualquier hora, ni voy a ser tibia. Quiero avisarle a la vida que me voy a seguir entregando completamente, pero que aprendí en este tiempo que si hace ruido es porque en algún momento se va a romper y la verdad es que la próxima, al primer ruidito que escuche, me voy a bajar de ese tren.
Mi verdad es que estoy a la mitad de mi vida y creo que con lo que viví tengo más que suficiente y si me quedo sola no me asusta en lo más mínimo, porque el precio por estar con gente mal barajada es demasiado alto y yo ya no quiero pagarlo.
Me cansé señores, sinceramente hoy tiré la toalla y con la fuerza que me quedaba me bajé del ring.
Ya estoy harta de moretones en alma, harta de venenos, harta de sentir asco, harta de llorar y encima tener que entender a toda esta gente involucionada, irrespetuosa y mal amueblada.
Y para terminar les confieso que se me acabó el miedo, porque ya lo usé todo, lo que al fin resultó ser maravilloso.

23 de abril de 2023

Procesos

Diez de la noche, pijama negro, uñas blancas y sintiendo cómo una frase trillada y armada vaya a saber con qué objeto, va rebotando de un lado a otro de mi cabeza captando toda mi atención y llevándome inexorablemente a esta reflexión.
“Es un proceso” hoy se lleva el galardón, y a continuación me pregunto: ¿cuándo estoy pasando por un proceso, a la vida en dónde la dejo? y ¿cuál sería, en el caso de existir un proceso, el producto final de la secuencia?
Usamos en automático palabras sin cuestionárnoslas, y así es como creemos que lo que estamos viviendo es un proceso, y vamos saltando de uno al otro, porque convengamos que nos pasan un montón de cosas todo el tiempo, creyendo que la vida está en algún lado esperándonos para abrazarnos y llenarnos de besos.
No hay procesos señores, hay la vida con todo lo que es, en una interminable concatenación de “sucediendos”, buenos, malos, lindos o feos, pónganle los adjetivos que quieran, pero por favor se los pido, no le pongan proceso.