22 de noviembre de 2013

Letras de nada

No hay letras. Se fueron.
No hay conclusiones ni yerros.
Estoy sola y sin peros.
Salvo algunos contratiempos.
Pasa nada en mis dedos, sólo esto.
Sorpresa sí, anonadada me siento.
Escribo en mal momento.
Incentivo inspiración cero.
Dedicación intento.
Ni un libro ni un cuento.
Párrafos distraídos.
Más sangrías que completos.
Me pregunto y me “respuesto”.
Letras de nada es todo lo que tengo.

31 de octubre de 2013

Nunca

Si se me hubiera ocurrido hacer una lista con todos los “nunca” que he dicho, hoy estaría ocupadísima tachándolos y riéndome a carcajada limpia de las vueltas que da la vida.
Pero hace un tiempo que los “nunca” se han ido y no es porque así como así hayan desaparecido o porque alegremente haya decidido no decirlos, no, los nunca se han ido justo en el instante en el que la estructura ha cedido y en el preciso momento en el que la flexibilidad, abstracta, suave y madura ha aparecido, mostrándome una infinidad de cambiantes paisajes y no una foto muerta y estática, como todo lo que antes había visto.
Haber decidido no volver a reconstruir lo caído, no planear el mañana y soltar el pasado al vacío me ha permitido, en estos últimos catorce años, caminar por la vida y no vivir esperando que ella pase por mi escritorio a buscar el recorrido.

Y como todo cambia a cada segundo
y salvo la muerte, nada es seguro,
vivo yendo y viniendo el equilibrio,
sin lastres
sin escudos
sin antes
sin mañana
y sin más nunca, aunque esté pisando vidrio.


24 de octubre de 2013

Después de tres años

Se descubre recorriendo la casa a paso lento, como si una melodía suave la estuviera llevando de la mano por la redondez de sus letras y ella pudiera leer en cada movimiento cada nota, cada estrella, cada tecla, cada sorbo de té, hasta llegar a sentir, con cada sílaba, lo mismo que la llevó a escribir.
¡Es una locura! Tres años ya, tres años han pasado y se acaba de dar cuenta del misterioso misticismo de las fechas.
Pasó de taco aguja, viento y anteojos negros, a vestidos blancos, brisa y arena, y en el medio más de mil y una noches, más de cien prosas y entre palabra y palabra incontables y enigmáticos silencios que sólo ella conoce.
Sigue paseando hechizada la casa, mirando nada, tocando cosas, mientras las lágrimas llegan solas, conjugando encuentros y desencuentros, partidas y llegadas, cortinas que supo bajar sin cuestionarse ni un centímetro y entre las manos un tropel de suspiros llenos de secretos que salieron de su centro y que le fueron marcando el camino con mudos gestos.
No atina a sentarse, las coincidencias la han sorprendido, la causalidad del destino la dejó sin habla, con una sonrisa bella en la cara y justo tres años después de aquella sonora carcajada.

22 de octubre de 2013

Vida y lápida

Hoy decidí lapidar en vida a alguien que forma parte desde hace mucho de mis bagayos. Pero no decidí lapidarlo por mí, conmigo pueden hacer cualquier cosa, pero mi sangre no se toca.
No es fácil criar a tres hijos sola, es el desafío más difícil de mi vida y también el camino más lleno de sonrisas y verdades dolorosas de mi historia. Hacerlo no sólo implica comportarme como una señora, no, eso es lo de menos. Hacerlo es callar, aguantar, no maldecir, soportar, sufrir, no mentir, luchar y estar. Estar las veinticuatro horas de los últimos veintinueve años al pie del cañón sin interrupción, sin descanso, sin excusas, tolerando hasta lo indecible y haciendo malabares que no viene al caso enumerar.
Hoy tuve que mirar a mi hijo a los ojos y hacerle entender que no puede perder su vida esperando un tren que nunca salió del andén, pero también le dije que si algo bueno había en todo esto, es la experiencia, y la más clara muestra de lo que él nunca debería hacerle a mis nietos.

Porque la ausencia de uno en la vida del otro
hoy
es la ausencia del otro en la vida de uno
mañana.


10 de octubre de 2013

Máscaras

Hoy leí una frase de François de La Rochefoucauld que dice que estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás, que al final nos disfrazamos para nosotros mismos. Y me puse a pensar en las máscaras que usamos, en la infinidad de caras que le mostramos al mundo, en los vestidos que nos ponemos cada vez que hablamos con alguien como si fuera tan corriente, tan normal cambiarse.
Pero voy a hablar de mí, porque mal podría hablar de otros, cuando como siempre digo no los conozco, y de un largo proceso que hasta este segundo sigo caminando y que empezó hace ya casi diez años.
En ese entonces yo no tenía ni idea de las máscaras ni de las capas, que es igual a decir, en pocas palabras, que andaba sin consciencia alguna por una vía paralela a la vida en la cual respiraba, reía o lloraba pero sin saber realmente quién era.
Dice el diccionario que una máscara es un trozo de cartón o tela con la que alguien se cubre la cara para evitar ser reconocido, también dice que es apariencia o pretexto, farsa, patraña o hipocresía y que al quitarla se elimina el disimulo y se muestra el verdadero yo.
La máscara es un disfraz y por analogía se usa en psicología y filosofía para explicar de lo que uno es capaz con tal de ocultarse de los demás.
En todo este tiempo y desde que me di cuenta y empecé el proceso, he estado quitando toda la piel de mis caras, y encontré que en cada pedazo se iba algo que ya se había hecho carne. Descubrí también que arrancarlo dolía y que por cada uno que sacaba, una puerta se cerraba a mis espaldas mientras me acercaba en forma inexorable a lo que yo creía era un infierno interminable.
Descubrí con el tiempo que caminar la vida es acercarse a la muerte y que lo que yo creía iba a ser un eterno agujero negro, no era más que yo misma, desnuda frente al espejo.
Decidí que el disfraz no tenía sentido, que aunque me doliera sacarlo era necesario para llegar a mi centro.
Hoy siento que andar por ahí sabiéndome verdadera me hace libre y no me pesa, que verme desnuda y vacía y sin poder volver atrás me muestra que logré derrumbar estructuras que no pienso volver a armar, y que tiré las máscaras y los vestidos porque no necesito volverlos a usar.


8 de octubre de 2013

Dudas

Una vez escribí acerca de las dudas a través de Ella, pero hoy se me ocurrió trazarlas a mí y, como son más un fantasma de la mente al que bastaría soplar para hacerlo evaporar, debería decir que la duda como tal, carece de entidad. Ahora bien, el tema es que no las puedo negar, como tampoco puedo negar que cada tanto y a traición se me filtran en el alma con oscura y perseverante intención.
Si alguien me pidiera que las describiera usaría adjetivos tales como sórdidas, cegadoras, seductoras, altaneras, minuciosas y sumamente persuasivas. También le contaría que, pagadas de sí mismas y seguras de la intrincada madeja que tejen, me han puesto infinidad de veces en aprietos cuando, en un descuido, descubro que he sido timada y envuelta en un tedioso enjambre de hilos, bastante difícil de desenredar.
Insisto en que la duda no es un sentimiento sino un fruto de la mente, un perverso laberinto por el que uno, engañado, camina y encima justifica, convencido de que la maraña no es tal y de que “ellas” son una cierta verdad.
Pero a esta altura de mi vida no quiero ser obcecada y por ello y no sin cierto pesar, debo reconocer que no las puedo negar. Me gusten o no, las maneje o no, las entienda o no, ellas están y son parte del folklore, o si quieren de la piel que nos viste.
La cuestión es la dimensión que uno quiera darles, el espacio que queramos cederles o el caso, en todo caso, que no deberíamos hacerles.

30 de septiembre de 2013

Raíces

Se sienta en uno de los cinco escalones blancos y gastados que pacientes, siempre la esperan. Piernas pegadas al cuerpo y en las rodillas, apoyada la barbilla.
Mira su rosa. Descubrió hace unos días que está llena de hermosos y turgentes botones morados, y piensa en que todo este tiempo la estuvo esperando, mientras se preguntaba, después de trasladarla en pleno invierno y con las raíces heridas, en si lo lograría, cuando lo único que veía eran palos secos sin un hálito de vida.
Piensa en ella, que también se trasladó, y que casi sin nada entre los dedos también se retiró, retirándole la sonrisa, sin darse cuenta, a todo cuanto había alrededor.
Hoy siente que mientras el invierno caminaba lento y los días grises y yermos las envolvían en un luto casi eterno de destierro y palos secos, ambas hundían en secreto y cómplice silencio sus dedos en el suelo para poder llenar de pétalos y sueños las cálidas noches de enero.



20 de septiembre de 2013

Cuesta reiterativa

¿Por qué titulé “Cuesta reiterativa” a este relato? Por muchos motivos, sentidos como todo lo que escribo, en donde nada es inventado ni falseado y lo que suena en el teclado es lo que siento sin intervalos. Así de simple y claro, ahora sigamos.
Hoy pensaba que decir que estoy bien sería, lisa y llanamente, mentir. La verdad es que las cosas están bien, pero yo todavía no aterricé, y si hay algo que no puedo hacer es disimular y sonreír todo el día como si fuera una tonta, porque no sólo se me nota, sino que aparte no aporta.
¿Me quejo de llena? Tal vez, pero nadie está en mis pies.
¿Debería ya haber pasado todo? En teoría sí, pero la práctica dice otra cosa.
¿Fui yo la que elegí este camino? Sí, y estoy en paz con la decisión que tomé.
¿Y entonces por qué todavía no aterricé?
Porque parece que no es fácil despojarse de la piel y porque la inercia hace que siga buscando el tacho de basura en el rincón y porque en el despegue no pude medir ni vi venir lo que iba a sentir.
La cuestión es que todavía estoy acá, con muchas preguntas, muchos porqués, mucha paciencia, mucho pucho y un montón de café.

6 de septiembre de 2013

Ambigüedades

Se sienta con la espalda pegada a la pared y se abraza las piernas. Atenta, escucha un interesante diálogo que se ha filtrado a su lado, aprovechando este momento que, como todos, vive mortalmente condenado.
La muda conversación que la tiene atrapada es un fantástico cruce entre su dios y su diablo, el cual transcurre sin pausa, en un silencio suave y liviano, que la tiene a ella como única escucha, cómplice, testigo, juez y jurado.
Preguntas y respuestas vuelan en el aire como saetas y se incrustan, ajenas, en ningún lado. Sólo la raíz de un reverencial respeto hace que nadie, de todos, le ceda su terreno al otro.
Ella los mira entre extasiada y abstraída, ajena por completo a su protagonismo, el cual, por otro lado, es el que ocasiona este duelo del que no se hace cargo, pero porque hoy está simplemente mirando y no le importa explicarse cómo es que adentro suyo moran voces tan disímiles, una tan lógica y recta y la otra tan llena de nada, tan vacía, tan sonriente y a la vez tan certera como la primera.
Ellos creen que la tienen entre las cuerdas, pero ella, impávida y fría, sólo los observa. Sabe que ninguno va a ganar en esta reyerta y que las preguntas y respuestas quedarán suspendidas en el vano de la puerta, hasta que el tiempo, viejo y sabio, venga despacio y con paciencia, las disuelva.


29 de agosto de 2013

Descripciones

Soy una señora. Una mezcla de Godiva, Jolie, Bovary y chica Almodóvar. En la cacerola hay una pizca de todas pero el guiso tiene gusto a “mí” sola.
No sigo una línea. Zigzagueo en la vida, con el “tal vez” instalado y el “nunca” mutado en sonrisa.
Hoy estoy, mañana no sé ¡Bah! Eso siempre fue así, pero por lo menos ya lo entendí.
A veces voy y a veces me llevo. Más voy, porque el me llevo es “debo” y de él trato de huir lo más que puedo.
Entendí esto de la acción sin acción, lo del efecto. Todavía me cuesta pero me tomo el tiempo, aunque a veces me llene de desespero.
Me gusta el negro. En el café, en el té, en los autos y en la ropa. Debe ser porque nací en la noche que el oscuro me llama, como me llaman el fuego, los caballos, las soledades y los silencios.
Soy rutinaria y me molesta el desorden, el propio, claro, porque el ajeno me tiene sin cuidado.
Perceptiva cuando tengo ganas, cuando estoy centrada.
Uno de mis tesoros son mis tiempos y porque son míos los uso, los dejo o los pierdo pero siempre por mí, en eso mi egoísmo es asqueroso.
El otro tesoro es mi paciencia, de ella huelga decir que no hay nada que haya probado que sea a la vez tan dulce y tan amargo.
También soy lenta, pero me salva esto de, en algunas cosas, no dar vueltas.
Llena de defectos que no sé si balanceo y que sí acepto. Pero porque entendí que es lapidario no hacerlo, como es lapidaria la estructura de la que carezco y que no me permitiría el cambio.
Trato en lo posible de mirarme en los demás como en un espejo, y reconozco que muchas veces me resulta doloroso.
Negocio y hago trueque. Soy cómplice y complaciente. Algo así como una planicie en pendiente.
Estoy, pero cuando me voy, desaparezco para siempre.
Mis manos hablan y dicen lo que mi alma. Algunas cosas escondidas a la vista son más que directas, es sólo cuestión de entenderlas. Pero nunca los susurros de mis dedos son conversaciones pendientes ¡eso jamás! Si tengo algo que decir lo digo sin rodeos y en ese momento no pienso. Si hay algo de lo que carezco es de la diplomacia en cuanto a lo que siento.
Yo no sé si es posible entenderme, pero suelo avisar que el silencio obvio es catastrófico y que mis palabras no son más que una licencia que me tomo como algo jocoso.
Por eso digo que soy una mezcla, una mezcla rara de tacos y alpargatas, maquillaje y cara lavada, tapado italiano y camperas usadas, medias gastadas y remeras manchadas, silencios y carcajadas, nudos en la garganta y calma, pasión y aspereza, bronca e indiferencia, y la verdad es que a veces todo me llega y esquivo balas a diestra y a siniestra y otras nada me interesa.
En fin, como dice mi madre: Soy “una mezcla rara de Musetta y de Mimí”, una loca cuerda, suelta por ahí, que escribe sólo por el gusto de escribir.



Sensibilidades

Hay días en los que todo me resbala y nada me mueve ni me produce escozores, es como si estuviera encerada, lejos de todos y cerca de nadie. Pero hay otros en donde hasta una caricia me mata. Son esos momentos en los que quiero perder a propósito la memoria, cortar de un hachazo los cuestionamientos y hacer desaparecer del vocabulario los porqués, los cómos y los entonces. Pero no puedo, no es algo que esté en mis manos, no es volitivo, es simplemente algo sentido en donde la mente no entra por más que haga el esfuerzo de repetir como un loro el “no debo” dichoso.
Sentir forma parte de otro universo, y lo que siento en esos momentos en donde la cera se derrite y el “a flor de piel” aparece, no puedo evitarlo.
A veces suelo hacerme la distraída pero no tarda mucho en volverme a la tierra el puño de fuego en la boca del estómago, y no es por la cantidad de café que tomo, ni por todo lo que fumo, no, la realidad es que “la realidad” es siempre un bicho enorme e inocultable que ni siquiera puedo disfrazar.
Pero pasa, yo sé que pasa. Es sólo cuestión de esperar que los días se lleven esa parte del vocabulario que no puedo hacer desaparecer ni perdiendo a propósito la memoria y que hoy no me nace hachar.


27 de agosto de 2013

Intemporalidad

Camina relajada. No hay anteojos, taco aguja ni lluvia, sólo pura soltura.
El viento borra los pasos que ella deja en la arena blanda, como se borran para siempre los segundos cuando pasan.
No hay una forma, no hay palabras y sí un sentido imperceptible y casi tímido que le muestra que la manera concreta no existe, porque en este lugar no hay espacio para la lógica, ni para las letras o las voces dando explicaciones.
Lo que siente no se ve ni se toca, al fin lo insustancial es lo que mueve las cosas y las acomoda.
Y así, sin pausa ni medida cierta, el sutil intemporal presente, va dibujando y desdibujando esta pintura, y el viento se la va llevando, sin prisas y con toda soltura, como se lleva las huellas que ella va dejando en la arena.

13 de agosto de 2013

Vagabunda

Sale descalza y se sienta. Eléctrica, se agarra el pelo con las manos y lo retuerce para que no se le pegue en la cara.
Un saco largo y viejo de lana colorada la aleja un poco del viento, pero el frío, implacable, se cuela igual por entre los puntos abiertos.
Todavía tiene la mirada perdida, está como nublada, ausente, lejana. Le cuesta concentrarse, alinearse y ordenarse y aunque el alboroto ya es casi un susurro imperceptible, siente que después de tantos años de escucharlo, no puede sacárselo.
Pero hoy no es sólo eso lo que le molesta, y enojada, entra.
Se para en el medio de la sala con los brazos en jarra y se observa. Algo le falta. 
Es su sonrisa, que no por nada, se está haciendo la vaga.

7 de agosto de 2013

Otro lugar

Estoy en otra mesa, en esta “otra”, ya mi casa. Hice de un rincón de ella mi escritorio, por ahora itinerante, en donde descansan mis dos gruesos diccionarios, la taza de café y una violeta de los Alpes con flores blancas que me mira mientras escribo pero que no me habla. A mi izquierda están mis papeles, un puñado de héroes que lograron no hace mucho la increíble hazaña de escaparse de las llamas, y también me acompaña, infaltable, el segundo cigarrillo del relato que, acostado en el cenicero, espera tranquilo mis pitadas mientras hago el esfuerzo de viajar a mi centro.
Me miro, estoy más tranquila, más sosegada y sin embargo sigo disgregada y un poco desordenada.
Me hundo más adentro, trato de escarbar para ver lo que hay, pero es dura la última capa y necesito tiempo para volverme a hallar.
En el camino de este corto viaje, me encuentro con mi paciencia. Está sentada. ¡Pobre! Le pedí tanto estos últimos años que se quedó sin aliento después de tanto desencuentro y ¡tanto remo! Y allá está mi alma, la veo algo lejos y llegar a ella me cuesta. Entre nosotras se interpone este cansancio tan destilado que tengo, artífice innegable que impide que nos toquemos.
Aguzo el oído y hago mutis de pensamientos. Oigo que afina los instrumentos la orquesta. Sonrío. ¡Al fin se están encontrando las corcheas!
Observo con detenimiento a mis amadas manos. Me duelen. Están ajadas, lastimadas y secas pero aun cuando sangran, no cejan.
Miro para abajo. El suelo yermo se está quebrando, signo de que algunas semillas están brotando…

Acabo de dar una vuelta por mí.
Afuera hay orden
pero adentro pasó un huracán.

Y en este maremágnum sin precedente
que me dejó el sabor de la hiel en los huesos
el frío del hielo en el cuerpo
el pelo lacio revuelto
y en donde jugaron conmigo sus vientos
como si yo fuera un muñeco
desarticulando cada uno de mis pasos
sacándome el piso a cada rato
y tirándome al abismo sin asco:

crucé el puente
corté las sogas que me estaban ahorcando
y ahora que terminé

me estoy buscando…



6 de agosto de 2013

Los relatos y yo

Sigo revisando bagayos y hoy le tocó de vuelta el turno a los relatos, a todos los que ya escritos, siguen flotando entre el antes y el ahora, como brotes que no llegan a hoja o minutos que no suman para hora.
Pero, y como siempre hay un “pero”, por instinto los dejo, y es que me da pena borrarlos, porque de muchos me gustan pedazos, a otros sólo les falta el último coletazo y todos esbozan un tiempo y un estado y me remontan y riman y a Ella o a mí nos pintan.
Les cuento que a veces me tienta publicarlos, así como están, sin tomarme siquiera el trabajo de arreglarlos, pero mucho me temo que la confusión resultaría peor que el entripado, aunque avisara de antemano que al leerlos podrían morder el asfalto y caer a los tumbos y sin remedio por el acantilado.
En fin, con ellos hago lo mismo que conmigo misma, se los doy en las manos a la vida y me siento, y cada tanto los leo, y espero.
Espero porque, como dicen, “todo es por algo” y por eso algunos tienen sólo el título (como mi vida) y el resto de la hoja está en blanco…



23 de julio de 2013

Los fuegos

Cuando sentada en la cocina de mi casa aquel diez de junio, decidí darle al “antes” un final, me dispuse a revisar todo lo que “prolijamente olvidado” había guardado ni yo sé a qué destino destinado.
De muchas de esas cosas me desprendí sin más trámite que un “ya fue”, pero con otras dudé y hete aquí que mientras la pila de lo que se iba crecía, la de lo que se quedaba no se achicaba, hasta que llegó el momento en donde no había más “lo que se iba” y no tuve más remedio que enfrentarme con la que se quedaba. Parada en la cocina reconocí que estaba en un atolladero y que más vueltas no iban a resolverlo.
Nada mejor para estos casos que la contundente y certera bala entre los ojos de mi hijo mayor, a quien recurrí  explicándole en un par de palabras lo que me pasaba. Su contestación fue concluyente: “Dáselas al fuego, son tus cosas, a vos te corresponde el entierro.”
Entonces me senté frente a la chimenea, íntima y serena, y en reverente ritual convertí en cenizas todo aquello que había acumulado durante años. Se fueron entre lenguas de fuego desde dibujos de mi infancia hasta fotos y cartas, partieron citas y poesías que con paciencia y hermosa letra había escrito en tinta china y cuadernos repletos de lágrimas y penas. En polvo gris se convirtieron libros enteros, sobres con recortes, lápices de colores, agendas obsoletas, cestas, flores secas, música, nombres, muchas caras y algunas viejas cuentas.
Entendí durante el fuego que no necesitaba una muñeca para recordar a mi padre, ni la fotocopia de una mano para pensar en mi hermano, ni un chupete rosa para sonreírle a mi hija, ni un dibujo de líneas rectas y colores para sentir a mi madre, ni un te amo dibujado para mirar a mi hijo menor y menos un gancho celeste para volver a parir al mayor.

Solo sé dos cosas con seguridad: una es que voy a morir y la otra es que adentro mío hay cuarenta y seis años que no puedo volver a tocar y que, intransferibles, son imposibles de olvidar. 

19 de julio de 2013

Humo

Es temprano y tengo algo de tiempo. Afuera brillan diamantes de escarcha y sobre el agua, una bruma blanca hace “fiaca” mientras espera que el sol la saque de la cama.
Desde hace días siento que un silencio suave y blando se cierne sobre mis manos, tal parece que a mi alma se le cerraron las páginas y yo me quedé sin palabras. Es por eso que se me hace cuesta arriba la hoja en blanco, pero es costumbre de ambas llamarnos y así es como nos sentamos, las dos en el mismo banco, cruzamos las piernas y entre café y café “con-jugamos”.
Últimamente se me están haciendo escasos los segundos para sumergirme en mí misma, pero no me he perdido, sé que este “nadar afuera” es la bocanada de aire que necesito para afinar la orquesta, para que la desesperación mute, para que la paciencia descanse, para que el camino se despeje, para que la luz me muestre, para que las cortinas se abran, para que caminar descalza no duela, para que el frío se derrita y para juntar los pedazos de mí que han quedado regados por ahí.

Hoy ya estoy sentada en la otra orilla y, junto a lo poco que ha ido a la par, estoy viendo cómo se termina de quemar, junto a los maderos del puente que acabo de cruzar, todo lo demás.

13 de julio de 2013

Eco

Entro. La casa está vacía. Paseo los espacios y no hay ladridos ni risas, sólo escucho el eco de mis pasos que confirman que los recuerdos no están escritos en un ladrillo, sino adentro de mis bolsillos.
La verdad es que no siento el dolor de la partida, pero debe ser porque raramente me fui yendo sin irme con el cansancio de los días.
Hoy estoy sentada en “otra mi casa”, sola pero acompañada, tengo las piernas cruzadas y descansan sobre la mesa la taza de café vacía y el cenicero lleno de colillas. La luz que entra por los ventanales ilumina mis manos y la lluvia bendita toca monótona una melodía que hace que de a poco mi alma tullida vaya despertando de nuevo a la vida.

Se fueron hace unos días más de veinticinco años de historia
  y algo así como mil vueltas alrededor de la tierra
de pasos en la cocina.
Me llevo entre la ropa
las lágrimas de escuchar aletear fuera del nido a mis crías
las de ver partir para siempre a mis negros
y las de haber echado al río dos sortijas.
Se quedan en los rincones
los susurros de conversaciones dolorosas
la toma de duras decisiones estando sola
y las risas más hermosas de hasta acá esta historia.

Hoy la casa es la cáscara de la jugada más larga,
es la mitad de mi vida cerrada
y el jaque a la reina que tanto esperaba.

1 de julio de 2013

Escombros e historia

Hace mucho que me estoy vaciando, varios años, nueve para ser exacta. Empecé afuera, intercalé con el adentro y navegué entremedio. Hubo momentos de oleaje intenso, otros fueron menos densos pero los cambios se notaron hasta en mi cuerpo. Las huellas son imposibles de ocultar, tengo marcados a fuego la piel y los huesos, pero mi alma, cansada y algo silenciosa, está intacta.
Cada día, desde la decisión del cierre, estoy menos llena de “cosas”, tirando los últimos lastres por la borda y desatando los cabos que me mantuvieron detenida en este puerto gastado y deshabitado, otrora mi refugio y mi nido, ahora vacío.
Parto casi sin nada, muy poco es lo que me llevo, en un ladrillo no están los recuerdos. Ellos viajarán en mis bolsillos adonde quiera que vaya y serán míos hasta que dé el último suspiro.
La puerta del “antes” rezonga mientras se cierra, como rezongan a cada paso mis piernas cansadas, mi espalda anquilosada y mis manos paspadas.

Algunas lágrimas ruedan por mis mejillas
y mis ojos verdes brillan
pero una mano cálida me sostiene,
es la otra mitad de mi vida.


29 de junio de 2013

Cierre

Debo aclarar que este relato lo escribí el 10 de junio.

Hoy llegué a casa. Colgué la campera, guardé la cartera y las alpargatas y abrí todas las cortinas. Me hice un café, prendí el primer cigarrillo del día y me senté. Mi hijo no estaba y como viene pasando desde hace tiempo, sentí que el techo me pesaba. Se llenó de pensamientos la cocina, y yo de sensaciones encontradas.
Levanté la vista, hasta ese momento incrustada, y vi que un vacío muerto, mantenido hasta el último suspiro y arrastrado sin sentido por mi cuerpo, se dibujó en el aire, trazo a trazo hasta hacerse prístino.
Seguí mirando y sintiendo, latiendo cada rincón, y lo mismo se me mostró.
Logré al fin entender el ahogo, las lágrimas, la desesperación, el maldito frío, el gris eterno, la melodía desentonada, la incomodidad de no poder respirar, el desgano de mis tacos, el agua revuelta y el dolor constante, inmisericorde y amargo, de la paciencia.
Sé que rumiar es un desgaste, pero cerrar me lleva tiempo. Son mis tripas las que deciden que es momento de patear el tablero, son ellas las que me dan la fuerza y me dicen con certeza que es momento de barrer con todo y hacerle jaque a la reina.

Hoy, a casi veinte días de haber escrito esto, agrego que lo que sigue es desconocido y distinto, y que lo que vislumbré esa mañana, sentada en la cocina de mi casa, no fue ni remotamente un delirio mío

fue oxígeno