23 de julio de 2013

Los fuegos

Cuando sentada en la cocina de mi casa aquel diez de junio, decidí darle al “antes” un final, me dispuse a revisar todo lo que “prolijamente olvidado” había guardado ni yo sé a qué destino destinado.
De muchas de esas cosas me desprendí sin más trámite que un “ya fue”, pero con otras dudé y hete aquí que mientras la pila de lo que se iba crecía, la de lo que se quedaba no se achicaba, hasta que llegó el momento en donde no había más “lo que se iba” y no tuve más remedio que enfrentarme con la que se quedaba. Parada en la cocina reconocí que estaba en un atolladero y que más vueltas no iban a resolverlo.
Nada mejor para estos casos que la contundente y certera bala entre los ojos de mi hijo mayor, a quien recurrí  explicándole en un par de palabras lo que me pasaba. Su contestación fue concluyente: “Dáselas al fuego, son tus cosas, a vos te corresponde el entierro.”
Entonces me senté frente a la chimenea, íntima y serena, y en reverente ritual convertí en cenizas todo aquello que había acumulado durante años. Se fueron entre lenguas de fuego desde dibujos de mi infancia hasta fotos y cartas, partieron citas y poesías que con paciencia y hermosa letra había escrito en tinta china y cuadernos repletos de lágrimas y penas. En polvo gris se convirtieron libros enteros, sobres con recortes, lápices de colores, agendas obsoletas, cestas, flores secas, música, nombres, muchas caras y algunas viejas cuentas.
Entendí durante el fuego que no necesitaba una muñeca para recordar a mi padre, ni la fotocopia de una mano para pensar en mi hermano, ni un chupete rosa para sonreírle a mi hija, ni un dibujo de líneas rectas y colores para sentir a mi madre, ni un te amo dibujado para mirar a mi hijo menor y menos un gancho celeste para volver a parir al mayor.

Solo sé dos cosas con seguridad: una es que voy a morir y la otra es que adentro mío hay cuarenta y seis años que no puedo volver a tocar y que, intransferibles, son imposibles de olvidar. 

19 de julio de 2013

Humo

Es temprano y tengo algo de tiempo. Afuera brillan diamantes de escarcha y sobre el agua, una bruma blanca hace “fiaca” mientras espera que el sol la saque de la cama.
Desde hace días siento que un silencio suave y blando se cierne sobre mis manos, tal parece que a mi alma se le cerraron las páginas y yo me quedé sin palabras. Es por eso que se me hace cuesta arriba la hoja en blanco, pero es costumbre de ambas llamarnos y así es como nos sentamos, las dos en el mismo banco, cruzamos las piernas y entre café y café “con-jugamos”.
Últimamente se me están haciendo escasos los segundos para sumergirme en mí misma, pero no me he perdido, sé que este “nadar afuera” es la bocanada de aire que necesito para afinar la orquesta, para que la desesperación mute, para que la paciencia descanse, para que el camino se despeje, para que la luz me muestre, para que las cortinas se abran, para que caminar descalza no duela, para que el frío se derrita y para juntar los pedazos de mí que han quedado regados por ahí.

Hoy ya estoy sentada en la otra orilla y, junto a lo poco que ha ido a la par, estoy viendo cómo se termina de quemar, junto a los maderos del puente que acabo de cruzar, todo lo demás.

13 de julio de 2013

Eco

Entro. La casa está vacía. Paseo los espacios y no hay ladridos ni risas, sólo escucho el eco de mis pasos que confirman que los recuerdos no están escritos en un ladrillo, sino adentro de mis bolsillos.
La verdad es que no siento el dolor de la partida, pero debe ser porque raramente me fui yendo sin irme con el cansancio de los días.
Hoy estoy sentada en “otra mi casa”, sola pero acompañada, tengo las piernas cruzadas y descansan sobre la mesa la taza de café vacía y el cenicero lleno de colillas. La luz que entra por los ventanales ilumina mis manos y la lluvia bendita toca monótona una melodía que hace que de a poco mi alma tullida vaya despertando de nuevo a la vida.

Se fueron hace unos días más de veinticinco años de historia
  y algo así como mil vueltas alrededor de la tierra
de pasos en la cocina.
Me llevo entre la ropa
las lágrimas de escuchar aletear fuera del nido a mis crías
las de ver partir para siempre a mis negros
y las de haber echado al río dos sortijas.
Se quedan en los rincones
los susurros de conversaciones dolorosas
la toma de duras decisiones estando sola
y las risas más hermosas de hasta acá esta historia.

Hoy la casa es la cáscara de la jugada más larga,
es la mitad de mi vida cerrada
y el jaque a la reina que tanto esperaba.

1 de julio de 2013

Escombros e historia

Hace mucho que me estoy vaciando, varios años, nueve para ser exacta. Empecé afuera, intercalé con el adentro y navegué entremedio. Hubo momentos de oleaje intenso, otros fueron menos densos pero los cambios se notaron hasta en mi cuerpo. Las huellas son imposibles de ocultar, tengo marcados a fuego la piel y los huesos, pero mi alma, cansada y algo silenciosa, está intacta.
Cada día, desde la decisión del cierre, estoy menos llena de “cosas”, tirando los últimos lastres por la borda y desatando los cabos que me mantuvieron detenida en este puerto gastado y deshabitado, otrora mi refugio y mi nido, ahora vacío.
Parto casi sin nada, muy poco es lo que me llevo, en un ladrillo no están los recuerdos. Ellos viajarán en mis bolsillos adonde quiera que vaya y serán míos hasta que dé el último suspiro.
La puerta del “antes” rezonga mientras se cierra, como rezongan a cada paso mis piernas cansadas, mi espalda anquilosada y mis manos paspadas.

Algunas lágrimas ruedan por mis mejillas
y mis ojos verdes brillan
pero una mano cálida me sostiene,
es la otra mitad de mi vida.


29 de junio de 2013

Cierre

Debo aclarar que este relato lo escribí el 10 de junio.

Hoy llegué a casa. Colgué la campera, guardé la cartera y las alpargatas y abrí todas las cortinas. Me hice un café, prendí el primer cigarrillo del día y me senté. Mi hijo no estaba y como viene pasando desde hace tiempo, sentí que el techo me pesaba. Se llenó de pensamientos la cocina, y yo de sensaciones encontradas.
Levanté la vista, hasta ese momento incrustada, y vi que un vacío muerto, mantenido hasta el último suspiro y arrastrado sin sentido por mi cuerpo, se dibujó en el aire, trazo a trazo hasta hacerse prístino.
Seguí mirando y sintiendo, latiendo cada rincón, y lo mismo se me mostró.
Logré al fin entender el ahogo, las lágrimas, la desesperación, el maldito frío, el gris eterno, la melodía desentonada, la incomodidad de no poder respirar, el desgano de mis tacos, el agua revuelta y el dolor constante, inmisericorde y amargo, de la paciencia.
Sé que rumiar es un desgaste, pero cerrar me lleva tiempo. Son mis tripas las que deciden que es momento de patear el tablero, son ellas las que me dan la fuerza y me dicen con certeza que es momento de barrer con todo y hacerle jaque a la reina.

Hoy, a casi veinte días de haber escrito esto, agrego que lo que sigue es desconocido y distinto, y que lo que vislumbré esa mañana, sentada en la cocina de mi casa, no fue ni remotamente un delirio mío

fue oxígeno


18 de junio de 2013

Punto cero

Hoy no estoy inspirada pero la página en blanco me llama. Mis dedos quietos están haciendo un esfuerzo de mala gana y adentro mi alma está sentada, suspirando y desenterrando volutas inconclusas mientras la orquesta no suena, porque no han llegado a un acuerdo las corcheas.
El segundo cigarrillo, acodado en el cenicero, fuma pitadas de “te espero” y el café viene caminando lento, como dándome rodeos.
La orden sigue sin llegar de mi centro, pero debe ser por el desorden que tengo adentro, quiero creer que es por eso que a mis dedos les huelga el movimiento.
Ahora no hay ruidos, todo es puro silencio, tal parece que mi mente estacionó en la banquina y se bajaron todos los pensamientos…
Creo que voy a destiempo, abducida por la inercia del “yendo”, patinando en el hielo, charlando con nadie, caminando suelo yermo.

16 de junio de 2013

Ilación desunida

Sentada, piernas cruzadas, café, cigarrillo, sol, frío, ojos pintados, sin anillos, pelo recogido, varios relatos leídos y ninguno concluido.
Trato de unirlos pero están como yo, desparramados, desenganchados, separados y flotando en un vicioso hastío mareado.
Cada vez que los leo, los veo como un rompecabezas sin principio ni final, todas las ideas están mezcladas y cuando quiero armarlas y veo que es un trabajo tan grande, meto todo de vuelta en la caja y la vuelvo a guardar, con la obvia y absurda excusa de que tal vez mañana o algún día quizás…
De todo lo que tengo sin terminar y con todas las historias de mi vida que no logro cerrar se me ocurre que podría hacer un alocado libro, pondría las páginas en cualquier lugar, con la última haría la tapa y a todas las dejaría sin numerar. Le pediría a la imprenta que dejara las hojas atadas pero sueltas para que se pudieran leer también del revés, y les diría que usaran tinta deslizable, resultaría divertido ver patinar a los adjetivos en una oración de puros verbos y tratando de conjugar una familia “poligámica” de sustantivos.
Podría suceder también que al sacudirlo, los párrafos que yo no puedo unir encontraran a su par y mis ilaciones desunidas tendrían así algo de sentido.
En fin, imprimiría todo lo que he escrito y que ustedes todavía no han leído y terminaría las historias que no he cerrado y que navegan sin rumbo en mi humilde barquito, metería todo en una botella y se la daría de postre a mi río para que con su vaivén acomode las letras y me haga visible el destino.

14 de junio de 2013

Gris diablo

Baja los cinco escalones gastados y camina la arena blanda, alguien va a su lado, andando a su mismo paso, dejando marcadas otro par de huellas y sosteniéndola con firmeza para que no caiga.
Es honesta consigo misma, ahora lo necesita, como lo necesitó aquella vez cuando decidió subirse para manejar su propio tren, y como lo necesitó tantas otras veces, después.
Ella no lo llama, él aparece así, de la nada, y tirando con fuerza la rescata. No precisa convencerla ni mentirle, se conocen desde hace años y, cuando no hay blancos ni negros y todo se nubla y el entorno es un monótono color ceniciento, ella se permite esto para que se libere el acceso, para volver a ver los extremos, para rozar el equilibrio y sacudirse los grises intermedios.

Hoy, dos pares de huellas cruzan el puente,
son Ella y el Diablo,
y van de la mano.

13 de junio de 2013

Inercia

Voy, estoy yendo, ya casi llego. No voy porque quiero, estoy yendo por inercia. ¿Llego? Y… no sé, por eso puse “ya casi”, porque no sé si la inercia alcance.
¿Susto? Un poco sí, esto de que la vida maneje mi carro para mí es raro, por eso voy sentada así como dura y calculando, pero sólo por si tengo que bajarme de un salto.
Ya no tengo mandíbulas ni espalda de humana, de acero son ambas, de ese metal plateado y brilloso en el que a veces, también, se convierten mis ojos.
¿Cansancio? Tal vez algo, pero es más como haber bajado los brazos ¡bah! Es una mezcla, un cóctel sin nombre de “varios”.
Una locura sana me persigue, una locura desvariada y considerada, una locura que hace que tenga que anotar todo y no me acuerde de nada, una locura que me avisa que estoy en el tope tocando fondo, una locura que me mantiene a flote, una locura razonable que le pone nafta a mi inercia y hace que yo siga sentadita en el borde del asiento y con todos los músculos tensos por si tengo que pegar el salto para que el “casi” quede resuelto.


3 de junio de 2013

Espejos y calesitas

Leí recién un comentario de uno de mis relatos que decía: “El después no llega si el antes no se va”. Otra vez mi querida Adri me pusiste contra la pared, otra vez levantaste el espejo para que me viera. ¿Y si lo rompés?
Te veo sonreír, no lo vas a romper y me vas a seguir poniendo contra la pared porque sólo leyéndome sabés que ando metida en una encrucijada, parada en el medio de la nada, con todo por resolver o como se dice en la jerga “con el pescado sin vender”.
También me dijiste por ahí que todo es relativo. Sí, es verdad, sentirme una estúpida es relativo, buscar el equilibrio entre el instintivo lobo y mi Yo civilizado o entre la asceta y la esteta que viven en mí también son relativos.
¿Y si me ayudás a parar la calesita un ratito? Es que la rueda gira tan rápido que no alcanzo a ver quién es que tiene la sortija ¿no serás vos no? Porque entre que le pido al viento que se lleve mis delirios, la desentierro a Ella para no quedar yo tan despedazada, tengo conversaciones fusiladas, una orquesta confundida, camas desarmadas, escombros para regalar, más fantasmas y miedos que pecas, cosas que explicar, destinos que alcanzar, “despuéses” y antes por la mitad, y libros que no sé en dónde guardar, estoy, te juro, que me voy de acá.

Salvedades

Sale de la casa envuelta en su chal, pero no es que haga frío sino que el frío la acompaña desde hace rato y no sabe muy bien cómo hacer para sacárselo. Se queda parada apoyada en la baranda con los brazos cruzados y los pies descalzos, uno sobre otro, en descanso.
No hay mucho que ver, es de noche y está oscuro, pero igual su mirada se dirige hacia “allá” y “allá” es muy vago pero siente que es el lugar exacto.
Piensa, se desliza, flota, trata de respirar. Está incómoda, incómoda adentro y con la sensación de no pertenecer a su cuerpo.
Busca, pero sigue sin encontrar el lugar físico en donde anclar, donde quiera que esté no encuentra el espacio en donde ella y sus libros puedan caber. Se le erizan los pelos de la nuca, siente el peligro de haber llegado a un punto crítico, en el que inmune, todo le da lo mismo.
Son un cúmulo de eventos que acarrea y no termina de soltar. Son los cambios que tiene que masticar, son todas esas cosas que no pueden darse por sentadas y necesitan de su constante “acomodar”. Son demasiadas, tal vez no tantas, pero en su hartazgo y cansancio le llenan la canasta.
Parpadea y entra. Se sienta y deja caer la cabeza. Ahí se queda, ni fuerza para levantarse de vuelta.

30 de mayo de 2013

Rendición y suspensivos

(Estoy que pateo el tablero y me pongo a coser la bandera blanca de la rendición, 
pero voy a dejarlo ahí, por lo menos por ahora…)

¿Les cuento una infidencia? Hablé conmigo misma esta mañana, linda charla, instructiva, cordial, me reservo “lo agradable”…
Me sentí una estúpida, disculpen la palabra, pero otras "irreproducibles" pasaron por mi cabeza mientras prendía el segundo cigarrillo y me tragaba el café, que de haber sido agua ni cuenta me daba.
Bueno, les sigo contando la infidencia. Hace días que vengo revisando algunas cosas y por ahí resulta que creo que se me mezclaron todas y las veo borrosas (las letras y las cosas) pero debe ser porque me resisto a usar lentes, o porque por ahí no tienen que ver con “ver” exactamente...
La cuestión es que en esos “hojeos revisteriles” y con toda la objetividad de la que soy capaz, he decidido contra mi voluntad, pero sólo porque mi historia así lo indica, ser cortés que dicen lo valiente no quita.
No sé bien si me entienden, pero no se preocupen porque hay momentos en donde hasta yo me pierdo y no me entiendo y sutilmente patino un desgano bizarro porque tengo lisas las suelas de los zapatos...
¿Hora de parar rotativas? Sí, hora de descanso y no tanto, hora de hacer fila de pensamientos y “encolumnarlos” para compararlos.
Gracias, ya me siento un poco mejor, hablar conmigo es sedativo, sentirme una estúpida es relativo…


(La rendición la dejo para más tarde y en cuanto al tablero…
y la verdad es que estoy que lo pateo…)

29 de mayo de 2013

Orquesta

Hoy el árbol no me deja ver el bosque y el bosque no me deja ver el árbol, pero es simple, no veo a ninguno de los dos porque no quiero verlos, porque tengo los ojos cerrados, porque no quiero abrirlos, porque no, no y no.
¿Enojo, desilusión, pasmo, aturdimiento, azoro? Todo, es todo eso y más que en el diccionario de sinónimos no logro encontrar.
¿Qué siento? Que son míos esos sentimientos, que no me gustan, que me incomodan, que por ahí me asustan o me sorprenden y me agarran desprevenida porque no puedo ocultar lo que gritan mis tripas y porque me delatan la voz, la mirada o algún gesto que al fin revelan sin filtro lo que siento.
¿Qué sé? Que la orquesta es una sola, que hoy suena confundida y que no sé cómo seguir la melodía.

26 de mayo de 2013

En donde

Se levanta el vestido y descalza sale. Se sienta en el medio de uno de los escalones y se mira los pies, busca de alguna manera las respuestas a las preguntas que la han estado rondando todo el día como un abejorro ronda un frasco de miel. No las ve, y menos mirándose los pies.
Apoya los codos en las rodillas y levanta la vista, el agua barrosa de su río la seduce, callada y ociosa, y la invita a meter las manos, pero ella no es tonta y haciéndose la distraída esconde rápido los dedos ante solapado atrevimiento.
No quiere saber hace cuánto tiempo tiró todas las fichas sobre la mesa para hacerle jaque a la reina, pero se le está haciendo largo y en cada jugada se le va el alma y hace agua y el achique duele y en el aire queda suspendido el  gesto de barrer todo con el brazo porque sabe que el desastre está al acecho, como una víbora, esperándola, enroscado en su cuello.
No quiere saber, no, ya no quiere ni pensar. Este “a todo o nada” está lejos de terminar y hasta que, solo, se aclare el lodazal, el show debe continuar.
Se levanta, ya es de noche y tiene frío. Deja las preguntas al rescoldo del infinito y descalza entra a su cobijo con las manos en los bolsillos.

El destino intacto la mira desde la mesa de la cocina. ¡Vaya acertijo!

16 de mayo de 2013

Aclaro, así no oscurece


Este escrito es un expreso pedido de mis padres, pero sirve también como aclaración para el resto del mundo.
Se me ha dicho que mis relatos son tristes, que escriba de alegrías y que le ponga humor a mi vida.
En honor a la verdad debo decir que soy una mujer alegre y positiva, pero también soy realista y aunque no parezca tengo “ambos dos” pies en la tierra. Yo no escribo ficción, escribo lo que siento, lo que me pasa, lo que me pesa, lo que me duele, lo que aprendo y lo que veo. Lo mío no es un cuento.
En “Desatando la locura” escribo en primera persona y en “Relatos” lo hago a través de “Ella”. En cualquiera de los dos estoy solita mi alma, a veces me desnudo mucho, a veces me tapo, a veces dejo que fluya en un tiro por elevación y en otras ocasiones vomito sin asco letras a diestra y a siniestra.
Escribir evita que pague un psicólogo, yo hago catarsis con los dedos, podría decir que el teclado es mi diván, las piernas cruzadas son el florero de la mesita, el cenicero lleno de colillas bien podría ser el sillón y la taza de café pongámosle que es el especialista.
Si me ven llorando o arrastrándome o cayendo o lo que sea que haya escrito, no quiere decir que todo mi día haya transcurrido así. Son momentos, es así de simple y si no escribo me ahogo. Pero ¡ojo! Un relato no es un retrato de mi vida cada segundo del día, sino sólo “un rato” de mi vida.
Y para concluir sólo quiero decir que cada párrafo es una hora de diván que yo me ahorro y que otros tienen que pagar. 

Para mi padre Pascual y para mi madre Norma. Los amo. 

15 de mayo de 2013

Un par de amigos...


Dicen por ahí que el miedo y los fantasmas, de cerca, son más chicos de lo que parecen, pero también es cierto que son feos hasta el espanto y es por eso que desde hace horas y del susto, mi corazón anda galopando desbocado y no puedo hacer nada para pararlo.
Están tan cerca que anoche me acosté vestida de pies a cabeza, con todo y medias, pero rondaron entre mis sábanas y sin misericordia escarcharon para siempre mi alma.
Alguna vez escribí acerca de estos dos personajes, ahora sé que no cabalmente, porque hoy son mi aire y podría definirlos hasta el más nimio detalle.
Estos muchachos no son buenos consejeros, más bien un par de diableros, vándalos y ventajeros, que a mi tren se subieron y no sé cómo se convirtieron en mis únicos pasajeros.
La verdad es que peco por andar sin destino, hoy siento que salté al abismo y estoy desafiando en el camino al mismísimo vacío. 

13 de mayo de 2013

Revisando


Estuve revisando en estos días mis “bagayos”, aquellos que moran mi alma, los que he escrito y también los pensados, y me sorprende (y no tanto) la precisión con que se repitieron las cosas este último año ¡Pero ni que las hubiera calculado!
Inocente de mí, una estúpida fui ¡Qué manera de sufrir, y todo para llegar al mismo lugar desde el que salí!
¿Cómo no lo vi, para dónde estaba mirando?
Estoy enojada, enojada conmigo, enojada con mi inocencia porque me está pasando de nuevo y porque al final eso de que todos los caminos conducen a Roma es absurdo sí, pero ¡tan cierto!
Voy vestida de una furia confundida después de tanta penuria, vestida de un enojo que tiñe de rojo todo lo que toco, como si de golpe me hubieran puesto frente a los ojos un dibujo pintado por mí y que recién reconozco.
Soy un metro ochenta con tacos de ira galvanizada, setenta kilos de mufa materializada y dos puños que golpearía contra mi cara si no fuera lo único que casi sin huella me queda, después de tanta pelea.
No hay consuelo ni excusa que valga la pena ¿Qué podría decir que no sepa de mí, cuando ya es tarde para no reincidir? Nada, nada en absoluto que por mis huesos no haya pasado en todos estos meses en los que estuve yendo para ningún lado.
Hoy siento que mi cordura, mi paciencia, mi locura y mi desesperación se mezclan en el aire y sin misericordia se clavan como dardos en mi carne.
¿Vienen a mostrarme? Sí, vienen a mostrarme lo tonta que fui y lo obvio que no vi.

11 de mayo de 2013

Ambas


Está feo el día y es temprano, pero parecen las siete de la tarde. El viento sopla fuerte a mi pedido, quiero que se lleve mis delirios y me deje sola y en silencio con mis notas y mis libros. Nada más que eso pido.
Por eso hoy voy a su encuentro y me abre la puerta Ella, mi otra parte, mi “quisiera” y sonríe mientras la cierra, para que no se cuele nadie y para que yo pueda despatarrarme y llenarle de miradas que sólo ella entiende, las paredes.
No es posible ni queriendo que interrumpan el misterio. La dirección es vaga pero cierta y su cara se desliza entre tantas como una más, imposible de identificar.
Hoy vengo a llenarle el espacio de disparates, porque quiero deshacerme un rato de ellos y que ella los cargue y para eso no hacen falta palabras, el alma no tiene letras, es una partitura bella, llena de música pero sin corcheas.
Mi espalda está pegada a la pared y la de ella lleva todo lo que le endilgué. Su calma se suma a mi asombro porque sus hombros llevan mi peso y ella lo carga sin pensar en que puede ser un estorbo.
La miro, ahora sé qué hacer con mis escombros.

10 de mayo de 2013

Mi respuesta


Cuando te pregunté qué habías sentido al leer mi relato, tu ¿y yo? fue instantáneo. Igual te expliqué, pero me faltó algo y me quedé masticando tu sentir, porque no te voy a mentir, fue el mismo que el mío cuando habiéndolo terminado de escribir, lo releí.
En él hablo de un círculo que se está cerrando, de una etapa de mi vida que por momentos se hace demasiado larga y que en ese instante en que todo se detuvo y el silencio cayó pesado sobre mi mesa, vos desapareciste porque en entre esas nostalgias no estabas.
No hay más que eso, fue un segundo de sentir cómo caía sobre mi cabeza un balde lleno de historia, fue verme decidiendo siempre sola y arrancándome de la cama cada mañana porque la vida seguía girando y porque ni siquiera me tenía que importar lo que fuera que hubiera pasado ocho horas atrás.
Eso nada más. Un antes y un después. Un antes que tarda en irse y un después que tardó en llegar pero que ya está acá y que en ese relato no me permití mezclar. 

4 de mayo de 2013

Recién


A veces el silencio pesa, el café no alcanza, las cosas que debería hacer sobran, el sol no entibia, los cigarrillos se acumulan en el cenicero, las listas se alargan, la música molesta, el siguiente paso duda, los estantes se vacían, los libros se llenan de tierra, el día no dura y la noche se esfuma.
Recién se detuvo un instante mi vida, mi historia, mi respiración y no hay palabras para describir lo que siento. Sólo estoy sentada, con las piernas cruzadas y en la cocina que tanto amé pero que ya no siento como mía. Sobre la mesa está el bendito block que me ayuda a no olvidar lo cotidiano, la birome, la billetera, el control, la taza vacía, la canasta llena de fruta, el estuche con los cigarrillos y el zippo, el cenicero lleno de colillas y sobre las piernas tengo una cartuchera de jean que me hizo mi madre cuando iba a la secundaria.
La casa está vacía, mis hijos lejos, yo más vieja, más lenta, más real, más fría y dolorosamente sensible.
Me están matando el silencio, las ausencias, los espacios vacíos, las cosas guardadas, las camas desarmadas en el altillo, la cocina ordenada, las voces que no escucho y los abrazos que no siento. Me faltan los besos de mi hijo mayor en el cuello, el perfume de la piel de mi hija, el ruido de la patineta del chiquilín y las miradas de mis negros hermosos, Luna y Athos, que ya se fueron y que descansan en el jardín trasero de casa.
Un segundo, un sólo segundo se detuvo mi mundo, y pasaron como una ráfaga cuarenta y seis años de nostalgias y un mar de lágrimas.