30 de mayo de 2013

Rendición y suspensivos

(Estoy que pateo el tablero y me pongo a coser la bandera blanca de la rendición, 
pero voy a dejarlo ahí, por lo menos por ahora…)

¿Les cuento una infidencia? Hablé conmigo misma esta mañana, linda charla, instructiva, cordial, me reservo “lo agradable”…
Me sentí una estúpida, disculpen la palabra, pero otras "irreproducibles" pasaron por mi cabeza mientras prendía el segundo cigarrillo y me tragaba el café, que de haber sido agua ni cuenta me daba.
Bueno, les sigo contando la infidencia. Hace días que vengo revisando algunas cosas y por ahí resulta que creo que se me mezclaron todas y las veo borrosas (las letras y las cosas) pero debe ser porque me resisto a usar lentes, o porque por ahí no tienen que ver con “ver” exactamente...
La cuestión es que en esos “hojeos revisteriles” y con toda la objetividad de la que soy capaz, he decidido contra mi voluntad, pero sólo porque mi historia así lo indica, ser cortés que dicen lo valiente no quita.
No sé bien si me entienden, pero no se preocupen porque hay momentos en donde hasta yo me pierdo y no me entiendo y sutilmente patino un desgano bizarro porque tengo lisas las suelas de los zapatos...
¿Hora de parar rotativas? Sí, hora de descanso y no tanto, hora de hacer fila de pensamientos y “encolumnarlos” para compararlos.
Gracias, ya me siento un poco mejor, hablar conmigo es sedativo, sentirme una estúpida es relativo…


(La rendición la dejo para más tarde y en cuanto al tablero…
y la verdad es que estoy que lo pateo…)

29 de mayo de 2013

Orquesta

Hoy el árbol no me deja ver el bosque y el bosque no me deja ver el árbol, pero es simple, no veo a ninguno de los dos porque no quiero verlos, porque tengo los ojos cerrados, porque no quiero abrirlos, porque no, no y no.
¿Enojo, desilusión, pasmo, aturdimiento, azoro? Todo, es todo eso y más que en el diccionario de sinónimos no logro encontrar.
¿Qué siento? Que son míos esos sentimientos, que no me gustan, que me incomodan, que por ahí me asustan o me sorprenden y me agarran desprevenida porque no puedo ocultar lo que gritan mis tripas y porque me delatan la voz, la mirada o algún gesto que al fin revelan sin filtro lo que siento.
¿Qué sé? Que la orquesta es una sola, que hoy suena confundida y que no sé cómo seguir la melodía.

26 de mayo de 2013

En donde

Se levanta el vestido y descalza sale. Se sienta en el medio de uno de los escalones y se mira los pies, busca de alguna manera las respuestas a las preguntas que la han estado rondando todo el día como un abejorro ronda un frasco de miel. No las ve, y menos mirándose los pies.
Apoya los codos en las rodillas y levanta la vista, el agua barrosa de su río la seduce, callada y ociosa, y la invita a meter las manos, pero ella no es tonta y haciéndose la distraída esconde rápido los dedos ante solapado atrevimiento.
No quiere saber hace cuánto tiempo tiró todas las fichas sobre la mesa para hacerle jaque a la reina, pero se le está haciendo largo y en cada jugada se le va el alma y hace agua y el achique duele y en el aire queda suspendido el  gesto de barrer todo con el brazo porque sabe que el desastre está al acecho, como una víbora, esperándola, enroscado en su cuello.
No quiere saber, no, ya no quiere ni pensar. Este “a todo o nada” está lejos de terminar y hasta que, solo, se aclare el lodazal, el show debe continuar.
Se levanta, ya es de noche y tiene frío. Deja las preguntas al rescoldo del infinito y descalza entra a su cobijo con las manos en los bolsillos.

El destino intacto la mira desde la mesa de la cocina. ¡Vaya acertijo!

16 de mayo de 2013

Aclaro, así no oscurece


Este escrito es un expreso pedido de mis padres, pero sirve también como aclaración para el resto del mundo.
Se me ha dicho que mis relatos son tristes, que escriba de alegrías y que le ponga humor a mi vida.
En honor a la verdad debo decir que soy una mujer alegre y positiva, pero también soy realista y aunque no parezca tengo “ambos dos” pies en la tierra. Yo no escribo ficción, escribo lo que siento, lo que me pasa, lo que me pesa, lo que me duele, lo que aprendo y lo que veo. Lo mío no es un cuento.
En “Desatando la locura” escribo en primera persona y en “Relatos” lo hago a través de “Ella”. En cualquiera de los dos estoy solita mi alma, a veces me desnudo mucho, a veces me tapo, a veces dejo que fluya en un tiro por elevación y en otras ocasiones vomito sin asco letras a diestra y a siniestra.
Escribir evita que pague un psicólogo, yo hago catarsis con los dedos, podría decir que el teclado es mi diván, las piernas cruzadas son el florero de la mesita, el cenicero lleno de colillas bien podría ser el sillón y la taza de café pongámosle que es el especialista.
Si me ven llorando o arrastrándome o cayendo o lo que sea que haya escrito, no quiere decir que todo mi día haya transcurrido así. Son momentos, es así de simple y si no escribo me ahogo. Pero ¡ojo! Un relato no es un retrato de mi vida cada segundo del día, sino sólo “un rato” de mi vida.
Y para concluir sólo quiero decir que cada párrafo es una hora de diván que yo me ahorro y que otros tienen que pagar. 

Para mi padre Pascual y para mi madre Norma. Los amo. 

15 de mayo de 2013

Un par de amigos...


Dicen por ahí que el miedo y los fantasmas, de cerca, son más chicos de lo que parecen, pero también es cierto que son feos hasta el espanto y es por eso que desde hace horas y del susto, mi corazón anda galopando desbocado y no puedo hacer nada para pararlo.
Están tan cerca que anoche me acosté vestida de pies a cabeza, con todo y medias, pero rondaron entre mis sábanas y sin misericordia escarcharon para siempre mi alma.
Alguna vez escribí acerca de estos dos personajes, ahora sé que no cabalmente, porque hoy son mi aire y podría definirlos hasta el más nimio detalle.
Estos muchachos no son buenos consejeros, más bien un par de diableros, vándalos y ventajeros, que a mi tren se subieron y no sé cómo se convirtieron en mis únicos pasajeros.
La verdad es que peco por andar sin destino, hoy siento que salté al abismo y estoy desafiando en el camino al mismísimo vacío. 

13 de mayo de 2013

Revisando


Estuve revisando en estos días mis “bagayos”, aquellos que moran mi alma, los que he escrito y también los pensados, y me sorprende (y no tanto) la precisión con que se repitieron las cosas este último año ¡Pero ni que las hubiera calculado!
Inocente de mí, una estúpida fui ¡Qué manera de sufrir, y todo para llegar al mismo lugar desde el que salí!
¿Cómo no lo vi, para dónde estaba mirando?
Estoy enojada, enojada conmigo, enojada con mi inocencia porque me está pasando de nuevo y porque al final eso de que todos los caminos conducen a Roma es absurdo sí, pero ¡tan cierto!
Voy vestida de una furia confundida después de tanta penuria, vestida de un enojo que tiñe de rojo todo lo que toco, como si de golpe me hubieran puesto frente a los ojos un dibujo pintado por mí y que recién reconozco.
Soy un metro ochenta con tacos de ira galvanizada, setenta kilos de mufa materializada y dos puños que golpearía contra mi cara si no fuera lo único que casi sin huella me queda, después de tanta pelea.
No hay consuelo ni excusa que valga la pena ¿Qué podría decir que no sepa de mí, cuando ya es tarde para no reincidir? Nada, nada en absoluto que por mis huesos no haya pasado en todos estos meses en los que estuve yendo para ningún lado.
Hoy siento que mi cordura, mi paciencia, mi locura y mi desesperación se mezclan en el aire y sin misericordia se clavan como dardos en mi carne.
¿Vienen a mostrarme? Sí, vienen a mostrarme lo tonta que fui y lo obvio que no vi.

11 de mayo de 2013

Ambas


Está feo el día y es temprano, pero parecen las siete de la tarde. El viento sopla fuerte a mi pedido, quiero que se lleve mis delirios y me deje sola y en silencio con mis notas y mis libros. Nada más que eso pido.
Por eso hoy voy a su encuentro y me abre la puerta Ella, mi otra parte, mi “quisiera” y sonríe mientras la cierra, para que no se cuele nadie y para que yo pueda despatarrarme y llenarle de miradas que sólo ella entiende, las paredes.
No es posible ni queriendo que interrumpan el misterio. La dirección es vaga pero cierta y su cara se desliza entre tantas como una más, imposible de identificar.
Hoy vengo a llenarle el espacio de disparates, porque quiero deshacerme un rato de ellos y que ella los cargue y para eso no hacen falta palabras, el alma no tiene letras, es una partitura bella, llena de música pero sin corcheas.
Mi espalda está pegada a la pared y la de ella lleva todo lo que le endilgué. Su calma se suma a mi asombro porque sus hombros llevan mi peso y ella lo carga sin pensar en que puede ser un estorbo.
La miro, ahora sé qué hacer con mis escombros.

10 de mayo de 2013

Mi respuesta


Cuando te pregunté qué habías sentido al leer mi relato, tu ¿y yo? fue instantáneo. Igual te expliqué, pero me faltó algo y me quedé masticando tu sentir, porque no te voy a mentir, fue el mismo que el mío cuando habiéndolo terminado de escribir, lo releí.
En él hablo de un círculo que se está cerrando, de una etapa de mi vida que por momentos se hace demasiado larga y que en ese instante en que todo se detuvo y el silencio cayó pesado sobre mi mesa, vos desapareciste porque en entre esas nostalgias no estabas.
No hay más que eso, fue un segundo de sentir cómo caía sobre mi cabeza un balde lleno de historia, fue verme decidiendo siempre sola y arrancándome de la cama cada mañana porque la vida seguía girando y porque ni siquiera me tenía que importar lo que fuera que hubiera pasado ocho horas atrás.
Eso nada más. Un antes y un después. Un antes que tarda en irse y un después que tardó en llegar pero que ya está acá y que en ese relato no me permití mezclar. 

4 de mayo de 2013

Recién


A veces el silencio pesa, el café no alcanza, las cosas que debería hacer sobran, el sol no entibia, los cigarrillos se acumulan en el cenicero, las listas se alargan, la música molesta, el siguiente paso duda, los estantes se vacían, los libros se llenan de tierra, el día no dura y la noche se esfuma.
Recién se detuvo un instante mi vida, mi historia, mi respiración y no hay palabras para describir lo que siento. Sólo estoy sentada, con las piernas cruzadas y en la cocina que tanto amé pero que ya no siento como mía. Sobre la mesa está el bendito block que me ayuda a no olvidar lo cotidiano, la birome, la billetera, el control, la taza vacía, la canasta llena de fruta, el estuche con los cigarrillos y el zippo, el cenicero lleno de colillas y sobre las piernas tengo una cartuchera de jean que me hizo mi madre cuando iba a la secundaria.
La casa está vacía, mis hijos lejos, yo más vieja, más lenta, más real, más fría y dolorosamente sensible.
Me están matando el silencio, las ausencias, los espacios vacíos, las cosas guardadas, las camas desarmadas en el altillo, la cocina ordenada, las voces que no escucho y los abrazos que no siento. Me faltan los besos de mi hijo mayor en el cuello, el perfume de la piel de mi hija, el ruido de la patineta del chiquilín y las miradas de mis negros hermosos, Luna y Athos, que ya se fueron y que descansan en el jardín trasero de casa.
Un segundo, un sólo segundo se detuvo mi mundo, y pasaron como una ráfaga cuarenta y seis años de nostalgias y un mar de lágrimas.

2 de mayo de 2013

Al viento


Sale del encierro en el que estuvo enterrada todo este tiempo. Abre la puerta y descalza y sin abrigo se asoma al invierno.
El frío la deja sin aire, se le eriza la piel de los brazos y un alboroto de viento le desacomoda el pelo a los manotazos.
Los primeros pasos le cuestan, los escalones están mojados igual que la hierba y los charcos reflejan, en la estepa de arena, una luna blanca llena de pecas y pena.
Encuentra un lugar en donde sentarse, necesita mirarse de cerca, busca un espejo que la muestre y aguza el oído esperando esa voz que la despierte y la aleje de la muerte.
Invisible pasa el tiempo a través de su cuerpo y Ella le pide que arrastre lejos la zozobra de sentirse inerte, más él le cuenta que ya ha hecho el intento y como agua se le escapó de las manos lo vano de estos últimos veranos, lo cierto de tantos de desconciertos, los gritos mudos del silencio, la caída libre desde lo más alto del cielo, las lágrimas de su llanto eterno, el ahogo del desconsuelo y la sensación de estar nadando en los fuegos del mismísimo infierno.
Desencajada lo mira, acaba de escuchar una conversación fusilada, un diálogo con el dios-diablo, un cruce de palabras de una confusión bien entendida, una sorpresa sabida de una patinada que terminó en caída.
Se levanta, no hace frío pero tiene el alma helada. Entra a la casa con los pies mojados, la cabeza gacha y el pelo pegado en la cara. Está oscuro adentro, adrede no descorrió las cortinas para no verse y adrede también, se sienta en el rincón más lejano de la habitación para esconderse de tanta desolación.

20 de abril de 2013

"Ella"


Hace un tiempo me despedí, me fui y la dejé sentada en sus escalones blancos con la brisa acariciando su pelo largo y la cara apoyada en sus hermosas manos. Partí pensando en no volverla a ver y anuncié que iba a intentar desnudarme yo sola, pero para no desnudarnos a ambas.
Con las manos en los bolsillos me alejé sin voltear para mirarla y Ella se quedó ahí, sin inmutarse y sin siquiera una palabra.
Creí que con el tiempo iba a olvidarla hasta que me di cuenta que, cada tanto, un susurro me traía su intención en algún relato. Escribía en tercera persona, la nombraba sin darme cuenta y hasta se me escapó ese “estar sentada y con las piernas cruzadas” que en algún párrafo debe estar dando vueltas porque me resistí a borrarlo.
La extraño, extraño los anteojos negros, el ruido de los tacos en las esquinas solitarias, el silencio de las noches de lluvia, la taza vacía, la brisa salada, los almohadones color naranja y ese risueño andar descalza en la arena, cansino y suelto, que tanto quiero.
La verdad es que hay días en los que la necesito para no quedar tan despedazada, para sentir que no siento sola y para que me ayude a juntar todo lo que se desparrama sin tener que explicarle nada.

(Creo que en un punto Ella es lo que yo quisiera.
Es ponerme los vestidos blancos que no uso
es caminar la arena que no piso
es el silencio que no tengo
y es también rozar la locura de este invento
que sabemos las dos es algo cierto.)

Vuelvo sí, estoy volviendo y Ella me está esperando.
No hay un día para el encuentro ni un momento fijado, sólo Ella y yo, cinco escalones gastados y cuatro pies descalzos.  

17 de abril de 2013

En partes


Un comentario inspira hoy este relato. Un comentario que me enfrenta con la verdad (esa verdad que no quiero ver) contemplada desde otro espejo y tan real que me golpea con una fuerza que me resisto a reconocer.
Estoy desdoblada y anquilosada, ociosamente cansada y, valga la redundancia, circulando en círculos alrededor de nada.
¡Cómo me leíste entrelíneas mujer! Ni yo vi con claridad lo que ante tus ojos apareció como una instantánea de mí. Recién me di cuenta de la encerrona en la que me metí y de la que no puedo salir, recién, hace dos minutos, cuando pusiste entre mis cejas esas palabras que, como una bala certera, por un instante helaron la sangre en mis venas.
Me diste en qué meditar, abriste así, como quien no quiere la cosa, una puerta por la que no quiero pasar, porque en un punto creo que dejé de caminar, porque todo es demasiado largo, porque el pozo es tan hondo que siento que no tiene fondo, porque la oscuridad me ahoga y me ciega, porque las ganas de desaparecer son, como bien me describiste, las ganas que tiene Harry de suicidarse a cada instante.

Para Adriana Fernandez

12 de abril de 2013

Inconclusiones


Agenda abierta, listas, papeles dando vueltas, días tachados en el calendario y la mente en blanco.
Se me escapa el centro, desenfoco, gira la calesita y no saco la sortija.
Las letras están desparramadas, las ideas “yiran” y los párrafos a doble espacio me miran, desconcertados, pidiéndome que haga algo.
Vuelve “Ella” y yo me voy o nos quedamos las dos viendo cómo pasan apurados los segundos en el maldito reloj.
La idea de nada, la acción de estar parada, la mandíbula apretada, el nudo en la garganta y en el estómago un puño de sangre que se hace agua.
Estoy desencajada, helada y arrinconada. Soy un tigre furibundo en una jaula.

No quiero entender ni entenderme.
Detesto explicar lo inexplicable, no puedo,
(porque) “lo siento”

10 de abril de 2013

Perfume a incertidumbre


Ayer cuando me abrazaste te dije al oído: “hoy no me puse perfume, pero tengo olor a cigarrillo e incertidumbre”. Te reíste y después te fuiste, y en el aire quedó flotando una invitación que recién esta mañana se hizo palabras y que ayer creí no hacían falta.
Pero me voy a la charla suave que nos debíamos, a la que nos llevó por caminos que en silencio y cada uno por su lado, veníamos recorriendo a tientas con “casi” la intención de encontrarnos y en los que hoy, y sin querer, coincidimos en darnos la mano sembrando luces allí en donde un diablillo había cultivado con esmero algunos acertijos.
Reconozcamos que somos un par de porfiados y que nos seguiremos midiendo y que cada tanto deberemos espantar los miedos que vayan surgiendo para seguir creciendo, porque como te dije hace un rato: nuestras miradas hablan, pero a algunas vamos a tener que subrayarlas con palabras.

2 de abril de 2013

Mil silencios


Desde hace un tiempo y como si fueran fantasmas, rondan mil silencios los rincones de mi casa. Me miro las manos, algo las inquieta. Paso por delante del espejo y no me gusta lo que veo.
Algo hace ruido en la quieta estatua de mi alma.
Siento que un alboroto callado recorre veloz los laberintos de mis venas y una nebulosa eterna descansa incómoda sobre mi cabeza.
Esta calma no es mía, el río no lleva en su cauce mi agua, las orillas están más lejos, los árboles no visten el verde ropaje de siempre, algo entorpece mi ahogo, alguien se llevó mis remos y arrancó de mis ojos la última lágrima de aliento.
Estoy segura de adónde voy pero no sé si elegí el sendero correcto. Caminé a tientas toda mi vida pero hoy estoy asustada porque jamás sentí esto. Quiero retirarme a lugar seguro pero no puedo, algo oscuro está parado en la entrada de mi centro y no me permite el acceso.

28 de marzo de 2013

Abanico


Imaginate una situación a resolver y escribila en tu muñeca.
Abrí la mano. Separá los dedos.
Mirá lo que escribiste y empezá a subir.
¿Se ramifican las opciones no?
¿Faltan más? Agregalas.
¿Se complica? Ni te cuento si se te ocurre preguntarle a la gente que tenés cerca, te alarmaría saber que ni un millón de dedos serían suficientes.
Pero hagamos algo, considerá sólo algunas.
¿Por cuál te decidirías?
¿Esa te parece la mejor? Pensalo bien, por ahí la tercera sea la correcta o la que te dijo éste o aquél, pero ¿y si resulta que es la cuarta, o la quinta?
¿Decime si no es un juego perverso y diabólico?

Ahora te propongo que cierres la mano, te olvides de todos y del millón de opciones y viajes a tu centro, justo en donde está el “quiero” y lejos del maldito “debo”, pero teniendo en claro que, sea lo que sea que decidas hacer, la responsabilidad y las consecuencias van a ser sólo tuyas y no sólo eso sino que vas a tener que pagar por ello un precio alto e incierto, el cual puede acercarte demasiado al abismo o alejarte en la misma medida de él.
También tenés que saber que nunca vas a poder ver todas las opciones, perderías un tiempo precioso en un trabajo estéril, porque las circunstancias cambian, porque uno cambia, porque la vida es un constante fluir y ningún día es igual a otro. Nada de lo que pase hoy es pasible de la misma solución que le diste a alguna situación del pasado. Por eso no pienses, no escuches a nadie y no uses la lógica, date cuenta de que no sirve para resolver la vida, y otra cosa, tampoco mires para afuera y no cometas el fatídico error de abrir el abanico.
Mirar para adentro, decidir y ser responsable de uno mismo asusta, es por eso que el “quiero” suena tan egoísta y se evita, pero sé egoísta y no pasees por prado ajeno, porque va a crecer la hierba en el tuyo y después tu única opción va a ser responsabilizar de “tus yuyos” al resto del mundo.
Es más fácil, sí, no lo niego, pero también es más que estúpido.

24 de febrero de 2013

Otoño ilógico


Todavía estamos en febrero, pero llueve y hace frío. No es mi hora de escribir pero estuve leyendo algunas de mis letras y mis dedos se pusieron en alerta. En la mesa descansan el cenicero lleno de colillas y la taza de café, y mi hijo me dijo antes de salir que había demasiado silencio. Nunca es demasiado le contesté, como nunca es demasiado el café.
Se me ocurrió después de leer y no sé porqué, que tenía que explicar un montón de cosas, pero sonó justo el timbre y al levantarme pensé ¿explicar qué? aquel que me conoce, sabe, y el que no, por más que le explique no va a saber.
También tuve el impulso de borrar algunos de los relatos, pero ellos forman parte de mis “bagallos” y cuando los toqué retrocedí al momento en el que los escribí, a las piernas cruzadas, a la bata o a las manos frías, a si estaba maquillada o a cara lavada, tranquila o alterada y a todas y cada una de las noches abrigadas en que fueron concebidos y paridos como hijos de mi alma.
Debo reconocer que sonreí ante mi reflejo y que, gracias al cultivo esmerado del precioso don de la paciencia, carezco del defecto de la reacción por arrebato, porque de otra manera hoy sería cenizas y no estaría escribiendo esto.
Creo que es por eso que a simple vista parezco lerda, detenida, haciendo nada, como si estuviera posada en alguna nube de un cielo sin alas, pero aprendí a no cuestionármelo y dejé de intentar explicarlo porque aunque para mí sea claro, para el resto es raro y no entenderían que se trata de un simple desencuentro de universos.
Y entre todos estos desvaríos y la música de la lluvia en el tejado se me ocurrió dejar de lado algunas cosas irresueltas y me he invitado a mirarlas y a esperar a que se caigan de la mesa.
Tal vez ahora salga de casa despeinada y con la ropa manchada y me olvide el cigarrillo prendido o el auto abierto. Quizás ordene los papeles acumulados en ese cajón que se hizo demasiado chico o corte para siempre los hilos que me unen todavía a personajes sin tino.
Por ahí decido correrme de lugar y hasta me arriesgo a entregar una de las riendas y no contesto el teléfono y me voy a caminar mi locura con las medias puestas y desprendida de todo, para olvidar la historia y cerrarle los ojos al destino.

Me regalo este momento, me pongo un moño en el pelo, me pinto las uñas de negro, me lleno de anillos los dedos, descruzo las piernas, tomo el último sorbo de café, cierro las cortinas, prendo el séptimo cigarrillo del relato, entra mi hijo, me da un beso, un “te amo” rompe el silencio, es sábado, son las cuatro y cuarto de la tarde, apago la máquina un rato, dejo la “lógica” irresuelta sobre la mesa y me olvido la puerta abierta.

(tal vez a la noche cuando llegue la encuentre desierta)

20 de febrero de 2013

Enjaulada y perdida


Hace unos días partió mi hija. La despedida fue corta, inusual, distinta y con sólo alguna lágrima perdida. Sin embargo, cuando estuve a solas, lloré sin querer la sal de mi vida y la bronca de no entender las vueltas de las horas.
Jose estaba tomando mate al sol cuando llegué. Nos abrazamos y volví a llorar, otra vez, con esa facilidad con la que últimamente lloro y que ya no me cuestiono.
Entramos, café y cigarrillo para mí, él siguió con el mate. Nos sentamos e hicimos una mesa redonda de dos. Hablé. Él me escuchó y “me escuché” yo también.
Casi no nos mirábamos, en realidad era un monólogo dialogado en donde salieron, alborotados y despeinados, treinta años de historia enredados entre el humo de varios cigarrillos y las miradas de soslayo que, entre mate y mate, Jose me hacía para ver si podía hacer algo.
En algún momento levantamos la vista y vimos que sobre la mesa y entre todo el revoltijo estaba mi “yo”, mi temido, altivo, odiado y amado, pero desgastado, cansado y harto “yo”, erguido y sentado en el medio del banco del carro y con las dos riendas en las manos.
Con mi hijo tratamos de desmenuzarlo e intentamos cambiarlo por algunos verbos y sustantivos: orgullo, ego, necesidad, responsabilidad, delegar, miedo, decisiones, tiempos, ruta, jaula, refugio y hasta la picada de una montaña. También quisimos atenuarlo con adjetivos, pero fue en vano, no pudimos, el señor estaba ahí y no hubo forma de ocultarlo.

Cambió todo en estos últimos años, cambió todo tanto que cualquier cosa es demasiado. No me di cuenta de que al tomar ciertas decisiones iba a sentirme indefensa y vulnerable, perdida y a la vez presa y con la sensación de no tener un lugar físico adonde llegar para descansar.
Vacié mi vida y mi casa, me despojé hasta de mi cama para no cargarla, vendí, regalé, quemé y rompí todo lo que sentí que pesaba y me quedé desnuda, entre la niñez y la vejez, con un montón de cosas hechas y otro tanto por hacer.
Ya no dependo de mis tiempos y sé que tengo que ceder una de las riendas, pero no sé cómo se hace porque siempre me eché el morral al hombro, apreté los dientes y caminé delante de todos.
Tendría que sentarme un rato y dejarle paso a los que vienen atrás, mi cuerpo me lo pide a gritos pero siento que si paro no me levanto más.

Mis hijos ya están grandes y aunque jamás les negué la palabra, ésta vez sentí que muchas me fueron dichas sin reparo y que aprendieron a defender su metro cuadrado.
Me cuesta verlos, debo ser sincera, y es que siento que los pierdo y me da miedo. La verdad es que todo es distinto cada día aunque yo quiera detener un rato la calesita.
Hoy me planteo un montón de cosas. Sigo al mando pero ya algunos se han bajado, se supone que el carro va liviano pero no consideré que al haberse vaciado, el traqueteo y los saltos iban a ser tan notorios que me iba a doler el alma en cada promontorio. Estoy en el medio de la nada y una espada sobre mi cabeza pende de un hilo mientras en la única mesa que queda en la casa hay mil cosas por resolver. Sé que no faltarán momentos en donde quiera barrer todo con el brazo y desaparecer de la faz de la tierra de un plumazo, pero hay una voz, certera y conocida, un susurro que nace del fondo de mis tripas que hace que detenga la manija antes de tener que lamentarlo el resto de mi vida.

Mi hijo me dijo que nacemos y morimos solos, pero que en el medio necesitamos estar acompañados. Creo que por costumbre me estoy  resistiendo al cambio, porque mi espalda da para todo y para todos pero yo detesto ser una carga. La línea es muy delgada y siento que si cedo, me pierdo.
Mi gran desafío es el nosotros, es animarme y correr el riesgo, es entender que puedo ser la rezagada de la manada y que eso no significa nada.
Mi tesoro son 46 años de duro caminar cuesta arriba y estar viva, aunque ya no me quede resuello y esté arrastrándome con los codos por el suelo.
Lo que me pasa es simple e inocultable, la sensibilidad ya duele y no me acostumbro al nudo en la garganta permanente.
Sé que va a llegar el momento  en donde pueda sentarme a ver crecer el pasto, pero se hace largo y voy descalza, mis zapatos volaron hace rato y aunque mi cuerpo siga andando, mi alma se está cansando y las riendas se me están escapando de las manos.
Por primera vez en mi vida soy consciente de que no sé lo que me espera ni hacia donde voy. No tengo planes ni estructuras, las paredes de mi casa fueron traspasadas y caminadas por decenas de personas. Todos saben qué perfume uso, de qué color es la cortina de mi baño y que colecciono latas.
Me siento desprotegida, demasiado abierta y cada susurro que escucho me ataca aunque sólo sean palabras.

Ésta es la transición más difícil de mi vida, el momento en donde, veintitantos años después, vuelvo al punto de partida.
Nada puedo suponer, cada día sé menos que cuando me acosté, no hay nada escrito y no tengo forma de ver si adelante hay un valle o una escalada.
Así y todo, me levanto cada mañana y trato de dibujarle una sonrisa a mi cara.

8 de enero de 2013

Ausencia presente


Y en estas horas de ausencia, cargadas de pausados y desgastados minutos que veo caminar hasta perderse en lo vasto de la historia, siento que no falta nada. 
Porque hay un tiempo eterno en este remanso, y es aquel de las miradas que guardo, es el que lleno de palabras y significados callados me llenan de silencios que pintarían un cuadro.
Está acá, conmigo, cerca… tan cerca que puedo palparlo, aunque su esencia se encuentre en otro universo y aunque mis manos no toquen la piel de sus labios.
Fue un abrazo la causa de la consecuencia más asombrosa, fue el destino el que con sus trazos cruzó nuestros caminos, fue una pausa en el cansancio, fue la llamada instintiva de un perfume jamás imitado, fue el olvido de lo dicho en el apuro de algo no calculado, fue la llegada de lo esperado cuando hasta la desesperación ya se había ido a otro lado.
Hoy es todo aquello que no decimos, es lo que ya vivimos y no repetimos, es quedarnos para no irnos, es no saber aún siendo testigos.

29 de diciembre de 2012

Nada


Estoy sentada viendo lo que acontece. Palabras de Cortázar, Gurdjieff y Hesse se escurren entre mis dedos pálidos y fríos, mientras los días languidecen, como languidece el ocaso de mi sombra con el paso de las horas.
Mi mente busca en donde no hay nada que encontrar y siento que me ensucio las manos de tanto hurgar. No hay tierra a la vista, no hay lugar en donde anclar, debe ser por eso que hoy tengo que pensar qué teclas apretar.
Aburrimiento, hambre, hastío, desgaste. Un coma cierto de cuatro años, un lastre de puro y calcificado arrastre.
Tarda, todo en mi vida tarda en llegar. Tardo en digerir, demoro el cerrar, guardo antes de tirar, estudio antes de soltar y siempre me tienen que esperar, pero nunca tanto como en mi vida tardaron las cosas en llegar.
Lo que no está pasando por momentos nubla lo que camina a mi lado. Tal vez esté pisando la soga de alguna historia y es por eso que no puedo avanzar, quizás tenga que olvidarme de mí para encontrarme o perderme y dejar de buscar.
Mis dedos recorren el relieve de las letras y hallan a tientas lo que tengo para decir. No es mucho, sólo sé que es un proceso lento y que mis semillas, aún bajo suelo yermo, siguen latiendo.

(Sigo caminando con el alma cansada de dolores,
pero olisqueo el aire
 y huele a flores)