13 de julio de 2026

180º

El contexto se borró por completo.
No sé qué hora es y mis uñas no están pintadas, pero estoy vestida de negro, lo único que permanece inalterable, intacto y sin mácula cada vez que, sin aviso, la vida da un giro de 180º y yo quedo mirando exactamente para el otro lado.
Sin embargo hay algo interesante en estos eventos, y es que conservo la presencia de ánimo, aunque no el garbo ni los tacos. De afuera puedo parecer enloquecida, hasta perdida, pero mis tripas son un estanque. Poseo una lógica que ordena y establece prioridades, una voz helada en mi cabeza resuelve y acomoda, desconectada por completo de lo que le pasa a mis emociones.
Entiendo que este rasgo tan mío es el que me mantiene en pie cada vez que mi mundo se da vuelta y me pone en estas situaciones impensadas. Por momentos algo me impulsa a espiar qué viene, entonces una mano me toca el hombro y una voz dulce me susurra al oído que no pierda el tiempo y abra los ojos, porque acá también hay tesoros.
Recién, mientras me fumaba un cigarro de cara al sol del invierno, entendí que solo puedo ver el presente, y que estoy completamente ciega cuando intento contemplar el futuro.
Este es otro viaje, uno más de no sé cuántos, otro capítulo de la saga de mi historia.
Volver a mi centro en algún momento del día, frenar unos segundos, hacer un repaso y respirar es mi mayor logro. Es la puesta en acción de todo el autoanálisis que, a puro huevo y candela, me hice a mí misma estos últimos años.
No fue joda, no fue fácil. Sigue no siéndolo.
Hoy lo que hay es “la vida pasando”, pero esta vez siento la satisfacción de vivir con conciencia mi propia creación.

26 de abril de 2026

La orquesta del silencio

Alguna vez escribí acerca de los distintos silencios, pero nunca dije nada acerca de él mismo.
El diccionario dice que es “abstención de hablar” o “falta de ruido”, entre otras definiciones.
Sin embargo hoy se me ocurrió barajar la posibilidad de su inexistencia. Y digo esto porque estoy sola en casa y por consiguiente no estoy hablando, y acá podría decir, como hago siempre, que mi amado silencio me acompaña, pero al escribir estos divagues, mis uñas, perfectamente negras, están haciendo ruido al golpear las teclas, o sea que estoy en silencio porque nadie está hablando y a la vez no.
Pero voy a ir más allá en mi elucubración. Supongamos que me tapo los oídos y del exterior no llega ningún ruido. No sé ustedes, pero en mi cabeza el silencio brilla por su ausencia.
Y me voy a detener acá porque en definitiva era a donde quería llegar. Nunca con “n” de jamás estamos en silencio. Puede haber ausencia de sonidos del exterior, podemos tener problemas de audición, podemos ser sordos, y aun así no hay silencio.
Y les pregunto: ¿Los pensamientos hacen ruido? En teoría no, en la práctica sí. Por lo menos mis pensamientos son una orquesta, a veces afinada y a veces, las más, enloquecedoramente desacompasada.
Los pensamientos no hacen ruido porque afuera de nuestras cabezas no hay nadie que los escuche, pero hablan y nunca se detiene esa charla, ese ruido constante. Ni siquiera en mis meditaciones logro que esa vorágine se evapore por un solo segundo.
Por eso concluyo que si silencio es la abstención de hablar o la ausencia de ruido y mi cabeza no para nunca, como calculo que la de ustedes tampoco, al silencio no tenemos el placer de conocerlo.
La verdad señores, la mía claro está, es que el silencio es otra de esas palabras que yo llamo “sin sustancia”. En teoría existe para definir algo, pero en la práctica no define absolutamente nada.

20 de febrero de 2026

Como vine al mundo

Hace días que esquivo el teclado y para ser sincera, no solo no encuentro el motivo sino que ni siquiera me importa.
Sin embargo hoy anduvo rondando mi espacio una palabra, un sustantivo más precisamente, que yo en mi amada locura, osé convertir en verbo.
¿Y por qué hice esto? No lo sé, solo lo hice, solo me nació del alma. Tal vez porque lo necesitaba, cosa de la que no estoy segura, pero de la que tampoco tengo dudas, o tal vez porque quien siempre fui, solo tenía que ser.
¿Y cuál es el sustantivo? La soledad.
¿Y por qué lo convertí en verbo? Porque la puse en acción y eso, claramente, no es posible con un sustantivo, de ahí mi alocada conclusión.
¿Y cómo puse en acción la soledad? Me sacudí, literalmente. Tal cual un perro se sacude cuando se moja. Esa es la sensación.
Fue algo así como si la soledad con la que nací y con la que voy a morir, ella misma toda, hubiera cobrado vida por sí misma y se hubiera sacado de encima con los dedos cada ser “respirante” que tenía pegado.
Quiero decir que esto no pasó de un día para el otro, fue lento, casi imperceptible, pero constante.
Muchas veces me negué e insistí sumando “respirantes”, pero ella fue implacable, así como yo agregaba, ella se sacudía.
Con el paso del tiempo fui perdiendo el impulso innato que me llevaba a rodearme de gente buscando lo que sea que buscara, y ella fue ganando terreno, centímetro a centímetro, hasta hace poco, que dio una sacudida fuerte que me dejó algo perpleja, más que nada porque no la esperaba.
La soledad en acción no es para cualquiera, pero sí es para mí. La necesitaba, tenía que darle oxígeno, vida propia, movimiento. Tenía que convertirla en verbo.
Hoy hay todo de mi misma. Puedo mirarme en el espejo sin velos, sin cuestionamientos, casi sin deberías ni pendientes, casi sin juicios.
Hay momentos en donde transitar el desierto se pone áspero, casi tanto como antes, cuando transitaba los embotellamientos de “respirantes” que había pegado diligentemente en cada milímetro de mi piel.
Insisto, el sustantivo soledad no es para cualquiera, por eso estamos enloquecedoramente acompañados, aunque estemos, y de verdad se los digo, solos desde que nacemos hasta que damos el último suspiro.

18 de diciembre de 2025

Noche sagrada

Doce de la noche, la hora perfecta para escribir.
Pijamas negro, pantuflas, uñas blancas, algo de té en la taza, un cigarro que recién se va en la ventana y una hermosa sonrisa en la cara.
Los cincuenta y nueve ya están acá y puedo decir que estoy dejando atrás a una Amalia que, sobre todo en estos últimos cinco años, fue la artífice única e innegable de esta nueva versión.
Más solitaria que nunca, más clara, más roca y también más agua.
Con tiempo ilimitado para pensar, para sentir y también para bucear en este profundo mar que soy yo misma, el único en el que puedo darme este maravilloso lujo.
Hay de todo en esta inmensidad mía. Desde diablos y dragones hasta dioses y hadas de bellos colores.
Cada recoveco que descubro, cada abismo en el que me sumerjo, cada ola que surfeo y cada tormenta que me arrecia, se llevan y me dejan el sabor salado de las lágrimas o el calor del sol en la cara.
Cada brazada que doy me confirma que la libertad es una elección. Que ser quien soy nunca fue suerte y definitivamente sí, una elaborada y trabajosa deconstrucción.
Hasta acá me traje yo misma, haciendo desde que recuerdo, lo mejor, lo que sabía, lo que me salía.
Sigo afirmando que siempre soy yo y nunca es el otro, esto significó hacerme responsable y les juro que fue lo más duro de hasta acá esta historia. El resultado: libertad.
Esto me llevó a ponerle límites al afuera y salir de la prisión en la que yo estaba. Tímidamente al principio, ahora con meticulosa determinación.
Sigo buceando, creo que voy a hacerlo el resto de mi vida. Deporte solitario si los hay, pero ya no tengo miedo, mi otra versión lo usó todo.
Sé que dejé mucho en esta cruzada, pero en el camino me encontré a mí misma, que era a quien sin saberlo, buscaba.
Hoy siento que las palabras son mi mundo, que el silencio es mi universo y, que la esencia con la que nací, vuelve a perfumar mi piel.
Haberme encontrado supuso un desafío, un cambio radical, otra piel, un diálogo amable conmigo misma, un reconocimiento, el fin de la hostilidad, paciencia ante todas las emociones, negociaciones con mi dios y con mi diablo, aceptación y risa ante mis incoherencias, un pacto flexible con todos mis “yoes”, y un amoroso cuidado con quien me trajo hasta acá: mi noble cuerpo.
Sé que cada segundo es diferente, pero hay un lugar adentro mío que permanece inalterable, un lugar que siempre estuvo ahí, un lugar al que antes, cuando el mundo me dolía, accedía para abrazarme. Hoy estoy más ahí que afuera y, aunque me lo cuestiono porque así es la mente de perversa, lo elijo.
A veces me incomoda, no voy a mentir, en ocasiones suelo llevarme mal conmigo y es nada más llegar y no hacemos más que discutir, pero entendí que todo eso también es parte de mí.
En este tiempo dejé de pedirme disculpas por ser yo, por mi intensidad, por mi vehemencia y entablé conmigo misma un diálogo.
Me bajé del banquillo de la acusada, de la defectuosa, de la de los errores, de la del juicio constante de mí hacia mí.
Y a puro huevo y candela y solita mi alma fui perdiendo capas, poses y caretas, hasta que perdí de vista a la Amalia que era.
En el camino me encontré con las sombras más temibles, sombras de las que decidí no huir, sombras a las que enfrenté aterrorizada y con las que me senté a conversar.
Yo soy todo lo que encontré, lo que me gustó y lo que no. Lo que decidí aceptar y lo que cambié.
La negociación no siempre fue amable. Mi ego se interpuso más veces de las que puedo enumerar. La lucha fue a muerte, aun hoy y creo que hasta que ya no esté por acá, voy a seguir peleando esas batallas, porque esto no se terminó, no me iluminé ni soy un maestro zen.
Con el tiempo todo va resultando más suave, menos escarpado, más colina y no tan acantilado.
Soy yo siendo yo misma, en un mundo en el que estoy y al que, por alguna misteriosa razón, no pertenezco.
El precio que pagué fue altísimo, no voy a negarlo, aun así valió cada centavo.

27 de noviembre de 2025

Paz endiablada

Si en mi vida hay una hora rara para escribir es ésta. Mediodía.
Paso del cuaderno en el que escribo a diario, al teclado. Tal vez toca exorcizar, tal vez no, pero no lo sé. Así estoy hoy.
Los cincuenta y nueve casi están acá y me estoy replanteando la otra mitad de mi vida.
Filosofo en silencio, que es algo así como cambiar de lugar los pensamientos, lo que siento, lo que “emociono”, lo que me pasa, lo que pasa.
Es como que soy una gran biblioteca, toda yo, a la que accedo para reacomodar los mismos libros constantemente, en un orden que es solo mío y que yo sola entiendo. O no…
Busco explicaciones, razones, motivos y respuestas para darle lógica a este estado. Por momentos los encuentro y me siento plena, como si la vida se vistiera a tono. Pero hace unos días perdí la brújula, alguien se metió a mi vestidor, desparramó todo en el piso, se mezclaron los colores y les juro que esto está resultando en un atuendo de lo más impactante. Una mezcla rara, una asociación ilícita de cosas que yo no recuerdo haber colgado de ninguna percha.
Intento relajarme y me repito que todo está bien, que todo es perfecto así como es, incluida yo misma, pero no es consuelo y tampoco me relaja.
Tal parece que la filosofía no sirve, no llena, no explica, no es real, porque la vida siempre se escribe desde cero, porque no hay un libreto y menos un manual.
Entiendo que lo que hay es apenas un esbozo borroneado e ilegible de distintas voces que en algún punto me resuenan, pero que al final no dibujan absolutamente nada.
La verdad es que en este momento no sé si estoy asustada, sorprendida o ambas cosas al mismo tiempo.
Me abstraigo, salgo de mi metro cuadrado para verme y no hay palabras, es como que todo es una perfecta “insustancia”.
Entonces me siento al borde del camino, al lado mío, me abrazo, no me digo nada, no hace falta enfurecerme, ni siquiera me miro, solo me abrazo en esta carretera vacía, mientras el silencio, majestuoso y eterno, me tararea al oído una melodía que habla de lo incierta que es la vida.

6 de noviembre de 2025

Simple (Escrito el 26 de mayo de 2014)

No entiendo muy bien mi propio desglose, me veo irreconocible por momentos y me siento a mí misma en otra época volviendo a superar superaciones.
Equilibro de a ratos. Escribir y ver llegar la oscuridad me calman, se atenúa el galope desbocado de mi corazón y en la autopista, los pensamientos dejan la hora pico.
Raros estados de un “yoísta” pasado que por estas letras discurre casi invisible, pero que siento venir a paso redoblado. Un desafío que no será el último, una consecuencia de una causa que sé no es injusta.
El malón viene andando despacio, es inevitable el encuentro y también la desesperación de no saber en qué momento.
Repaso una y otra vez, viajo al centro y buceo, mientras él se toma todo su tiempo y a mí se me hunde el pecho.
Nunca sé qué va a venir, adelantarme a los hechos no es uno de mis defectos, pero atisbar armada de paciencia me ha salvado más de una vez de morir en el intento.
Igual hoy no es momento, todavía no me tiene acorralada, pero logra hacerme sentir el desequilibrio y el “des poder” de entender sin entender por cuál paso ando.
Grande se hizo este “yo” tan mío. Grande como me hice alguna vez para defenderme por andar siempre al revés. Tan, pero tan grande es, que mirarlo me asusta, hoy es mi enemigo íntimo más temido, él, que tanto me ha ayudado y al que tanto he querido.
Quién hubiera dicho que justo ahora iba a venir el susodicho a malograrme en más de un sentido, pero no todo está perdido, no sé dónde ni cuándo, pero estoy decidida a dar el paso y enfrentarlo.
Sé que quedarán en el camino “del cuesta abajo” más de mis pedazos, que me desnudaré de la piel que volvió a crecer en mis manos y que dejaré jirones de lágrimas entre las zarzas cuando haga pie justo en el fondo del pozo, justo ahí en donde está el fango, el lugar justo en donde pegar el salto.

5 de noviembre de 2025

Explicaciones

Me embarga en estos días el silencio más amoroso, la oscuridad de las cortinas cerradas y ese estado de retiro conocido, amado y tan mío.
Pensaba hace un rato en las explicaciones, de las que ya en alguna ocasión he escrito, y se me ocurrió que de todas las que di en mi vida, hubo pocas que me fueron pedidas. Más bien anduve explicándome a mí misma, obedeciendo a un nefasto mecanismo instalado, como si tuviera que justificar cada paso.
La verdad es que no sé a qué se debe y a esta altura de mi vida no me interesa analizarlo, solo me basta decir que lo vi y no me gustó, es más, dar explicaciones le abrió las puertas a una incontable cantidad de personas a opinar, cuestionar, tergiversar y juzgar mi propia existencia.
Hoy estoy parada en otro lugar.
Entendí que no contar es sano para mí y que cuando alguien me cuestiona, aunque yo no haya abierto la boca, lo que dice habla más de él que de mi persona.

27 de octubre de 2025

Cinco años después

Un día como hoy, hace cinco años y con el último pedacito de voluntad y amor propio que me quedaba, me fui de donde estaba.
Anoche, cigarros de por medio en la ventana, pensaba en esa última cena, en el insulto, en la vuelta a casa, en el momento en el que me levanté de la cama, me fui al living y me senté con un vaso de agua y las cortinas cerradas a mirar hasta las cuatro de la mañana la exacta nada, mientras en mi cabeza caía la última ficha de la última jugada.
Unos días después me fui, pero la puerta quedó entreabierta durante casi un año, tal vez porque me negaba a entender que podía seguir amando a alguien que no quería ver nunca más en mi vida de tanto que me había lastimado.
Fue duro verme destruida como nunca antes, a ese nivel, y tengo que reconocer que, aun hoy, sigo encontrando nefastos pedacitos de situaciones, de frases y de miradas, como quien encuentra bajo un mueble pedacitos de vidrio después de años de haber estallado el vaso.
Como digo siempre, estoy lejos de agradecer ni una sola milésima de segundo ese infierno, así como tampoco voy a decir que esto me pasó porque tenía que aprender algo. No señores, no aprendí nada y no hay nada que pueda extraer y usar como enseñanza. La pasé mal mientras y la pasé mal después.
Hoy estoy en paz, sola, tranquila y sana y, sin lugar a dudas, volví a ser yo misma.
No me arrepiento de nada de lo que hice hasta ahora, yo elegí, y como todas las elecciones en la vida, las consecuencias eran desconocidas, y a medida que fueron pasando, las viví, hasta que un día decidí elegir otra cosa. Ese es el nivel de simpleza.
Es inevitable el análisis, por eso este relato, este exorcismo con la hoja en blanco, este encuentro conmigo misma cada vez que mis manos tocan el teclado, este mirarme en el espejo y entender que mi hermosa esencia no fue destruida, solo se escondió de tanto dolor y esperó, pacientemente, que la tormenta pasara y volviera a salir el sol.

11 de octubre de 2025

Desván

Son las dos de la tarde y, como siempre digo, es una hora rara para escribir.
Luto riguroso hasta en las uñas, un cigarro que recién se va y un café a medio tomar.
Recién meditaba acerca de los recuerdos y pensaba que, en mi caso, son eventos que guardo en cajas etiquetadas y perfectamente acomodadas en lo que yo llamo el desván de mi memoria y al que, de pronto y por algún tipo de magia, llego en menos de lo que tarda un pestañeo.
Alguna vez dije que cualquier cosa puede prender la chispa que ilumina la caja en cuestión, desde una cara hasta un olor, desde una emoción hasta un dolor, inclusive ciertas fechas ofician de chispa y, en lo que tarda la nada misma, me veo materializada en otra época, como si este momento no existiera.
A veces me cuestiono la vuelta a esas cajas, y me pregunto si serán etapas aun no cerradas, dolores no resueltos o alegrías extrañadas.
Tal vez el universo está jugando a los dados conmigo y avanza y retrocede casilleros (o cajas) y voy desde ese estar sentada en el banco de plaza de mi casa con la pared en la espalda y el sol de la mañana en la cara, al perfume inconfundible de cada uno de mis hijos al besarlos, a la suavidad de las orejas de mis perros al acariciarlos, a mi abuelo bajando del avión con la guitarra, al pelo engominado de mi otro abuelo, a las manos de mi abuela haciéndome cosquillas en la espalda para que me duerma, a mi padre sentado en el piso de mi casa instalando los muebles de la cocina, a mi madre haciendo la comida y escuchándome leer en voz alta, a las carcajadas de las reuniones de amigos, al silencio de la escritura cuando mis hijos ya dormían, al día que bailé con mi primer marido y padre de mis hijos una canción de Phil Collins, a cuando apareció de sorpresa dos días antes mi segundo marido, a cuando abracé a mi tercer marido, a mi vida en solo treinta y cinco cajas y mis mudanzas, a la cara de todos los hombres que tocaron mis labios, al día que me pinté las uñas a escondidas, a los discos de pasta que escuchaba en el taller de mi padre, al primer cigarro que prendí o al momento exacto en el que fría como un hielo les comunique a mis maridos que hasta ahí llegaba.
Tal vez, y solo tal vez, el desván de mi memoria sea la sala de juegos en donde el universo y yo nos encontramos para jugar a los dados, mientras nos reímos y lloramos por todo lo que hemos pasado.

10 de octubre de 2025

Dicotómica

Estoy dicotómica, así como lo leen, o debería decir que me siento dicotómica, no importa, espero ustedes entiendan.
El tema es que una parte de mi vive una cosa y la otra parte quiere otra cosa, y así, entre la realidad y el deseo voy remando la olas.
Si me detengo un momento, un inevitable y simple “esto es lo que hay” aparece palpable, prístino e incuestionable.
Otra cosa que aparece, abarcándolo todo, etérea y hermosa, es la verdad, la mía, claro está.
¿Y cuál es mi verdad? Mi verdad es eso que entendí no hace mucho. Mi verdad es que esa parte de mí que “desea” está teñida por un contexto que no me representa, que jamás me representó y, lo que es peor, que muchas veces me confundió.
Lo que hay hoy no es casualidad ni suerte, jamás me identifiqué con esa explicación cómoda de las cosas.
Lo que hay hoy es un resultado, es mi construcción.
Sepan que en mis divagues mentales sigue apareciendo, impúdica y desvergonzada, la fantasía del deseo, como apareció hoy, perfumada hasta el hartazgo del dulzor irresistible de la posibilidad más real, como si estuviera viviendo el hecho consumado, como si no fuera solo un sueño endiablado.
Quiero decir con esto, que la verdad de la realidad es palpable en la misma medida en que es palpable el aire que respiramos.
Sentimos que no estamos viviendo lo que estamos viviendo, que eso que siempre digo de que “cuando hay lo que hay, hay lo que hay” no es lo que está pasando, que lo que está pasando es un inconveniente que se interpone entre la estúpida lucha de “hay esto, pero yo quiero esto otro”.
Señores, la verdad de la realidad, la mía claro, es haber entendido que el deseo mora entre las llamas del mismísimo infierno.

26 de agosto de 2025

Todo y más también

Un té me acompaña esta noche, y también un cigarro que se acaba de ir en la oscuridad helada de mi ventana, y cómo no, el legendario pijama negro y las uñas perfectamente blancas.
Los años le agregaron anteojos a mi cara, y algunas arrugas y también una ansiedad que voy acompañando con el paciente trabajo de las palabras que me dicta el alma.
Pasan rápido los días, y también pasan rápido los años, y para variar renací otra vez de mis cenizas, aunque ahora sé que no será la última, como pensé en las demás ocasiones.
Ahora todo se me antoja diferente y también conocido, como si ya lo hubiera vivido, tal vez porque lo viví imaginando y hoy lo tengo entre las manos.
No sé de qué va la cosa, creo que imaginé algo estático y sin embargo acá estoy, subida a unos tacos invisibles, con los anteojos puestos, las manos arrugadas, una sonrisa extasiada en los labios y cabalgando una ansiedad casi domada que a veces corcovea y me despeina el alma.
Acá estoy. Distinta. Igual. Sola. Inconclusa. Interrogante. Monosilábica. Incrédula y rebelde como nunca. Con terrores que solo se atreven a asaltarme en la noche cuando estoy dormida, y sueños que aparecen y me hipnotizan durante el día.
Entendí que esto nunca se termina, por fin lo entendí y por eso perdí el miedo. Hoy sé que nada es como me lo contaron.
Soy aquella que fui y soy ésta y, cuando por alguna razón, caigo en el bucle eterno de pensamientos inconexos y sinsentidos, respiro, y respiro, y sigo respirando.
Cambio, mi vida es un eterno cambio. Mi lucha siempre fue parar ese movimiento perpetuo, pero no lo logré, no pude, no se puede, y tuve que entenderlo porque no podía seguir peleando, no quería.
Y es que la pelea es densa, es oscura, es pesada, es un drenaje constante de energía. No pelear no fue rendirme, no pelear fue inteligente de mi parte. No pelear significó estos resultados.
Perdí el miedo, como dije antes, y se abrieron un montón de puertas y encontré que los secretos no tienen sentido y descubrí que la libertad de no tenerlos, no tiene precio.
Me pintaron una realidad que no existe, y a pesar de saberlo desde que nací, lo creí, y en mi inocencia hasta puse mis pinceladas. Eso se terminó hace tiempo, no hay tal cuadro, no hay tal realidad, las cosas no son como dice cualquier trasnochado. Las cosas son como yo las veo, como yo las siento, como a mí me pasan, como a mí me pesan.
No sé si hay aprendizajes, sí sé que la vida es un millón de caminos que jamás se repiten.
Hay un hermoso silencio en casa y también rico perfume, nada desentona, nada desafina, nada molesta, aun así el desafío es constante, como es constante el remanso.
Sepan que no hay nada afuera, todo está adentro y eso me costó entenderlo, y llegó. Llegó hace un tiempo, en esa epifanía maravillosa, ese día en el que supe que afuera es toda una puesta en escena y que adentro mío estaba en casa.
Pasé años sacando cosas de una caja de Pandora que jamás iba a vaciar, de la que jamás iban a terminar de salir cuestiones que acomodar. Más de cincuenta años haciendo ese titánico trabajo hasta terminar agotada, y solo para darme cuenta de que todo era un gran circo y que tenía que dejar de aplaudir a los payasos.
Después del salto se detuvo el mundo y hasta no hace mucho no supe en dónde pararme. Toda una vida de vueltas me habían dejado chamuscada, confundida, mareada y asustada.
Reconozco que aun hoy, hay momentos en los que la dinámica de la rueda me atrae como un imán, pero ya no me subo al desquicio.
No soy como todos, creo que nadie lo es, pero hoy yo lo sé.
No hay errores ni aciertos, siempre lo digo. Tampoco hay eso de que “las cosas pasan para que aprendas”, porque jamás se repite lo que pasa, así que dejemos de romantizar estupideces.
Mi rebeldía es no creer y no repetir lo que se dice por ahí por más que salga en la organización más prestigiosa del mundo o la diga un maestro zen o baje el mismo dios a contármela, no señores, ya pasé por ahí y la única verdad es la que yo me digo.
No confío y no creo en nada y en nadie, no comulgo con ese tipo de comodidad.
Hay por ahí alguna cosa romántica con esto de aprender de los errores y no sé cuánta historia. De agradecerle al que me lastimó porque gracias a eso me di cuenta de lo que estaba haciendo o de mi error o de lo que sea. ¡No! Les juro que lo que duele, duele y punto. Y todas las veces que me dolió yo solo esperaba que pasara.
Las cosas son simples, la vida es simple.
Los problemas son una construcción de la mente, en la realidad no están, yo les juro que no están porque los busqué y nunca los encontré.
Es esto o lo otro, es izquierda o derecha, es blanco o negro, es arriba o abajo, es simple, sé que es simple.
Hay opciones y hay elecciones y hay resultados de esas elecciones. No es malo ni bueno, lindo ni feo. Es lo que es y siempre tuve la oportunidad de quedarme o irme.
Muchas cosas me gustaron y muchas no y nada, de todo lo que viví estos cincuenta y ocho años, se volvió a repetir. Ninguna sonrisa, ninguna lágrima, ningún dolor de estómago, ninguna sensación, ningún vacío ni ninguna plenitud pasó por el mismo motivo.
Si me preguntaran qué aprendí en estos años les diría que no lo sé. Lo único que sé es que viví una infinitud de cosas, que reí y también que sufrí. Que todo lo que vino se fue y que un segundo jamás fue igual a otro.
No hay nada que corregir en mí y nunca lo hubo, nací perfecta y sigo siendo perfecta.
Tampoco tengo que seguir ningún camino, ni vestirme de una forma concreta, ni comer a horarios estipulados, ni callar lo que pienso o siento, ni estar o no estar con alguien. Tampoco tengo que querer a determinadas personas porque una ley universal dice que así debe ser. Ni tolerar ideas estúpidas ni aceptar que la historia es como está escrita en los libros o que la tierra es redonda y que el hombre llegó un día a la Luna. No, no creo nada. Yo no fui a la Luna, ni vi desde otro planeta a la Tierra, ni viví la historia ni nada de todo eso que se cuenta por ahí.
Me niego a aceptar algo solo porque otro lo dice, siempre me negué y siempre cuestioné, solo que ahora lo digo porque ya nada me asusta.
A fin de cuentas yo no sé para qué estoy acá, ni porqué vine, ni de dónde, ni para qué. Y si me permiten y se animan al vértigo, ustedes tampoco.

9 de agosto de 2025

La vida misma

Hace meses que estoy ausente y, aunque las letras sean mi cotidiano, nada de eso que he escrito puede ser mostrado.
Lo que sí puedo contar es que pasa la vida misma, con sus subidas y sus bajadas y con más silencios que palabras, silencios que por otro lado me mostraron que estaba peleando otra de esas guerras que jamás iba a ganar.
Para resumir, entendí que en mí no hay nada “errado, fallado o defectuoso” de nacimiento, nada, absolutamente nada. Tampoco tengo que parecerme a ustedes, o a todos, o a alguien, ni quedar bien, ni ninguna de esas estupideces.
Desde siempre he tratado de encajar, porque eso se me dijo, y en ese sinsentido anduve a contramano de mí misma, llena de miedo a quedarme sola, a no ser querida, a no ser aceptada. Sometida a una voluntad que parece estar en todos lados, pero que en realidad no existe en ninguno, intentando caber en un molde rancio y desdibujado, sacando esto y aquello, corrigiendo lo otro, callando mi voz y lo que es peor, tratando de cambiar a la fuerza mi hermosa esencia.
Pero eso no sucedió, así que lo siento señores, conmigo no pudieron armar ese Frankenstein, y ahora ya es tarde.

1 de mayo de 2025

Un placer

Casi las cinco de la tarde, atuendo negro y uñas haciendo juego. Afuera llueve con una placidez apenas audible, adentro hay silencio, paz, sosiego y perfume a café recién hecho.
Llevo un tiempo alejada de las miradas, aunque no así de las letras, que demás está decir, son el oxígeno de mi alma.
Hace un rato pensaba en los cincuenta y ocho que cumplí en diciembre y se me dio por darle la espalda durante un rato a lo que viene y, acodada en la barandilla, ponerme de frente a toda el agua que pasó bajo el puente.
En mis labios se dibuja una sonrisa.
Un placer conocerme.

8 de junio de 2024

Tanto tiempo

Hace mucho que no escribo, tal vez porque no tenía nada que decir, tal vez porque estoy mirando lo que pasa y tratando de entender.
Me extraño y no sé cómo explicarlo.
Extraño esa chispa mágica que prende el fuego de mis manos y que me lleva sin demora al exorcismo con la hoja.
Extraño lo irresuelto, la incomodidad, el cansancio, los malos entendidos, las discusiones, las largas conversaciones de mis “yoes”, las puteadas llenas de sustancia y porqué no, la bronca no manejada.
Extraño lo que fui porque me aterra la hoja en blanco, la parálisis del teclado, la mirada perdida y tranquila, el silencio tan mío, los pasos vacíos, el sol en la espalda y también, la incontinencia contenida.
Extraño.
Extraño las uñas pintadas, el color negro, los tacos, a mis laderos.
Extraño.
Extraño con una extrañeza nunca antes sentida, una extrañeza que me aprieta el estómago y me asusta porque no sé si me está avisando algo.
Extraño.
Extraño el torbellino de pensamientos, las curvas de los “y si”, el abismo de las decisiones y el barro de las justificaciones.
Extraño.
Y es un “extraño raro” porque me extraño a mí misma sin buscarme, como asumiendo que lo que extraño de mí es mi recuerdo, mientras camino un nacimiento que insisto, todavía no entiendo.

6 de abril de 2024

Arrogancia

Hoy tuve un encuentro cara a cara con la mismísima arrogancia, por eso decidí inmortalizar en no más de media página esta gran “bizarrada”.
La persona tiene nombre, aunque voy a obviarlo, no sea cosa que logre identificarse en el relato y reviente como un sapo.
Para ponerlos en contexto les cuento que conocí a un señor, no en persona, sino en una larga conversación entre ayer y hoy y hasta hace una media hora, que fue cuando decidí, amablemente claro, ponerle fin a esta pesadilla de hartazgo.
La cuestión es que el “don” solo hablaba de él, fue como chatear durante dos largos e hilarantes días con el mismísimo Narciso resucitado.
Tengo que decir que en todas estas horas hice lo que predico: “escuché a mi bendita incomodidad”, y sí, estuve incómoda desde la tercer palabra del chat, que fue cuando se me prendió la alarma, pero seguí, no solo porque decidí darle una oportunidad, sino porque no quise ser cortante tan solo por un comentario.
Para ampliar un poco más la información les cuento que en ningún momento me preguntó cómo estaba, ni qué hacía, ni nada de nada, asumo que lo que yo escribía tenía para él cero importancia, digamos que fue la parodia de un diálogo o, para ser más explícita, un monólogo suicidado.
Señores estoy anonadada, no salgo de mi asombro, no sé porqué la vida insiste en ponerme a estos pelotudos importantes o P.I como los llamo desde hace añares, en el camino.
En fin, acá termina una historia abortada desde la tercer palabra, otro “intenticidio” de no sé cuántos, otro señor que todavía no entendió que ser pelotudo no es obligatorio, aunque sea gratis.

20 de diciembre de 2023

Vacío (Este relato lo escribí siete meses después de mi último divorcio)

Hace siete meses salté. La cortina que hacía más de dos años venía bajando despacio, chirriando y quejándose tocó el piso con fuerza y me obligó a dar el paso al vacío más anunciado y menos querido de mi vida.
El más anunciado porque ya no quedaba casi nada de mí y, si después del insulto me quedaba, ya no iba a poder salir, y el menos querido porque a pesar de todo no me quería ir.
No fue fácil entender que en mí podían convivir el amor y el odio, pero logré saltar, y sigo cayendo y flotando y tratando de aferrarme a algo. No hay nada alrededor, salvo una niebla densa que me ciega y a la vez me protege de una forma que no sé explicar.
Hoy entendí que todo esto tiene sentido, recién hoy pude ver con claridad cegadora la historia ancestral que me urge acomodar.
Por momentos me duele y me cansa y quiero renunciar y desaparecer y no volver más, pero intento estar alerta, escuchar lo que siento en las tripas y no hacer caso a lo que pienso.
En estas últimas seis horas rondó mi espacio la seguridad de que esto que estoy pasando es otra vida de ahora en más. Que este estar sola es la limpieza que le debo a las mujeres que me anteceden en el linaje. Que este amor propio que tengo que conquistar y alimentar es la ofrenda que todas ellas necesitan para descansar en paz.
Ya no me aterra el próximo paso. Recién hace pocos minutos hice las paces conmigo misma y me perdoné tanto destrato, tanto insulto, tanta desvalorización y tanto hartazgo, al mismo tiempo que agradecí a todos los que han estado, tanto a los que me mostraron que dolía, como a los que me sujetaron cuando caía.
Me bastó ver las caras de las mujeres que me precedieron para sentir que yo llevaba en mi espalda la historia de la sumisión, del silencio, de los ojos tristes, del sometimiento enojado, de la dependencia y de las manos ajadas de tanto limpiar y tocar agua.
Sé que tengo que recorrer un camino nuevo, y que esta vez no hay guía, ni parámetros y tampoco mandatos.
Lo que tímidamente titulé “cosas raras” es esto, es lo nuevo, lo distinto, lo desconocido, es volver a tener suaves las manos.
Inicio un viaje sin equipaje, con solo hojas en blanco bajo el brazo y más de mil preguntas tatuadas en los labios.

Escrito el 13 de mayo de 2021

14 de diciembre de 2023

Ni un café frío

Hoy no hay mucho contexto, mis uñas, raramente, no están pintadas desde hace una semana y parece que mi alma se niega al dictado, tal vez porque huelga una explicación, tal vez porque no sé cómo contarles que la incomodidad es una sensación sutil, casi inaudible y difícil de detectar, que en mi caso se manifiesta como un ruido silencioso, noble y emperrado que hasta no hace mucho me negué a escuchar y que se convirtió en el diablo enardecido y furibundo al que me enfrenté durante años sin saber que jamás lo iba a vencer, porque en realidad era yo misma gritándome con toda el alma: “esta gente con la que te estás relacionando, estos lugares a los que estás yendo, esto que estás haciendo, esto que estás pensando, esto que estás diciendo, no te hace bien”.
Confiar en mi incomodidad fue la clave que me llevó a casa, porque me enseñó con qué y con quienes no tomaría más ni un café frío.
En el camino quedaron un montón de cosas y también muchas personas, así como quedó atrás el vértigo que tenía el día que empecé a poner las cosas en su lugar, el día que empecé a dejar atrás a personas que jamás iban a sumar.
En fin, no sé si me pude explicar, pero esto es lo que hay.

Hoy no hay té

Estoy en pijamas, pero no hay té en mi escritorio sino una copa de cristal llena de champagne.
La ventana está abierta porque ya no hace frío y, mientras pensaba este relato y me fumaba un cigarro, la luna me miraba casi acostada desde lo alto.
Hoy se termina una larga cruzada, sí, hoy, de ahí la champagna que hace más de un mes tenía guardada.
Se mezclan risas y lágrimas, pero me dejo sentir, porque ya estoy cansada y rendida y no me quiero resistir.
Cierro un capítulo y empiezo a escribir otro. Sigo siendo yo misma, y Ella también sigue siendo ella misma, pero cada vez nos parecemos más, aunque todavía seamos distintas.

5 de diciembre de 2023

Como a los diecisiete

Recién, mientras me fumaba un cigarro en la ventana, pensaba que nací para irritar a la gente. Sé que suena feo, pero no me importa, desde el metro setenta y dos que mido y, a mis hoy cincuenta y siete, no me interesa lo que piensen, es más, entendí que irritar a los diablos es mi misión en esta vida.
Desde que tengo recuerdos soy la contra, la rebelde, la solitaria, la loca, la seria, la gritona, la de pocos amigos, la oveja negra, la bruja, la mala, la egoísta. Durante mucho tiempo oculté y hasta quise cambiar estos atributos, por llamarlos de alguna manera, pero no pude, porque no se puede, porque no es posible que un olmo dé peras.
Me llevó media vida entenderme, aceptarme, amarme así como nací, así como soy.
Media vida me llevó perderle el miedo al qué dirán, al juicio ajeno, a la sentencia maldita por no ser una más del montón.
Media vida me llevó dejar de justificar quién soy, cómo soy.
Media vida me llevó hurgar en mi propia mugre para descubrir mi sombra y entender que sin ella no hay balance posible.
Media vida me llevó cortar lazos, soltar amarras y ser el artífice de mi propio destino.
Media vida me llevó entender que estar mal está bien, que quejarme no es una tragedia, que no estar para nadie es estar para mí, que puedo decir no, sin explicar porqué, que hablo de lo que me molesta hasta que me deja de molestar y que cuando me lastiman tardo en irme, porque sé que cuando me voy no vuelvo más.
Hoy empiezo a pisar otro año, y no sé lo que hay adelante.
Estoy llena de interrogantes y vacía de certezas.
No me asusta decir que no tengo planes porque jamás los tuve, sí tengo sueños, pero no sé cuál de ellos va a brotar, por eso solo los riego y los dejo.
Igual que a los diecisiete, me queda media vida por delante, ella verá lo que me trae, yo veré lo que elijo, y, mientras me fumo otro cigarro, respiro presente, respiro lo que hay, respiro lo que es, respiro lo que surge, respiro, solo respiro y dejo que las “pensaciones” se vayan por la ventana como el humo de cada cigarrillo.

26 de septiembre de 2023

Sumas que restan

Parece un chiste, pero sí señores, hay sumas que restan o mejor dicho, hay personas que suman para restar.
Hasta no hace mucho yo era, en algunas ocasiones, una de esas personas.
Me arde un poco reconocerlo, pero no les voy a mentir, aunque en mi defensa tengo que decir que lo heredé y lo ejercí hasta que me di cuenta de lo desagradable y doloroso que es.
No puedo precisar el momento en el que cambié, lo que sí puedo hacer es decirles que me alejé de la gente que tiene esa manera de relacionarse porque me hace mal, siempre me hizo mal y, aunque en mi ignorancia dejé pasar esos comportamientos alegando una infinidad de excusas y volviéndome a someter una y otra vez a sus palabras hirientes, un día decidí dejar de poner el cuerpo.
En mi caso no sirvieron largas conversaciones y menos mis lágrimas, todo lo contrario, eso alimentó la insaciable voracidad de la que hacen gala creyéndose poseedores indiscutidos de la verdad y del derecho a opinar, enjuiciar y sentenciar sin que jamás yo se los solicitara y, lo que es más nefasto aún, ofendiéndose si se me ocurría contradecir sus dichos y, encima de todo, esperando que me disculpara por la osadía.
Ya no más mis queridos, ya no más.
Regué con una incontable cantidad de gente la vera del camino de mi historia, sí, digo bien, regué, porque hoy mi senda florece como florezco yo, sin miedo a estar sola, sin miedo al qué dirán y sin el dolor indecible que me provocaron solo porque les abrí el corazón.
Hoy la puerta sigue abierta, pero el permiso para entrar solo lo otorgo yo.